La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
Si te quieres divertir
con encanto y con primor
sólo tienes que vivir
un verano en Nueva York
—El Gran Combo de Puerto Rico
Al día de hoy, la respuesta de Pablo Lemus a quienes cuestionaron lo que era una ocurrencia banquetera han volado, literalmente. Y no precisamente a Nueva York, sino al vecindario más nauseabundo donde habitan los dichos proferidos por la “clase” política.
Por si algún despistado no se dio cuenta, o por si lo quiere recordar —porque, vamos, hay cosas que es necesario no olvidar—, el chiste estuvo así: en su persistente intento por bancarizar el subsidio al transporte público a través de una institución privada —Broxel, que ha sido reprobada por la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef) y que ha sido objeto de una revisión a cargo de la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno, todo esto por sus mañosos manejos—, el gobernador de Jalisco dijo que como la tarjeta en cuestión es respaldada por Visa —otro comercial—, todas las personas que tramitaran y obtuvieran la tarjeta que promueve podrían usarla para muchas cosas, incluso para comprarse un café en Nueva York.
La declaración, escandalosa por ridícula, provocó una serie de reacciones y cuestionamientos que no le gustaron al gobernador naranja —naranja por el partido que lo respalda, no vayan a creer que por el abuso de las camas de bronceado—, quien más pronto que tarde salió a demostrar que lo que le sobra es saliva: envalentonado, se burló de que su comentario “indignó a la clase de la extrema izquierda” y no sólo eso: anunció que va a reglar tres viajes redondos entre quienes tengan la mentada tarjeta. Pero como además es chitochón, dijo que los viajes habrían de ser pagados: “De mi bolsa, con recursos míos de mí, solito; de mi lanita”.
¡Salve, oh, Pablo el Espléndido!
Afectado por la oligofrenia que suele hacer mella en las y los políticos cuando llegan al poder, Pablo Lemus no se dio cuenta, o sí se dio, de que de pronto terminó convertido en promotor de una institución bancaria cuestionada, de un consorcio internacional y de una aerolínea: en una sentada le hizo promoción a Broxel, a Visa y a Volaris, empresa que, anunció Lemus el Dadivoso, regalará otros tres viajes a Nueva York.
Seis viajes para seis personas que han tenido que regalar sus datos buscando una mejor tarifa en el deficiente transporte público jalisciense. ¡Una ganga!
Más allá de lo ridículo de la anécdota, esta permite hacerse una clara idea de cómo concibe Pablo Lemus, y en general toda la ¿clase? política, el ejercicio del poder: un espacio en el que pueden hacer y deshacer a su antojo, descalificando el disenso y diciendo gracejadas, pero, sobre todo, disponiendo de la calidad de vida de la ciudadanía, en este caso condicionando el subsidio al transporte público: quien desee pagar menos debe afiliarse, sí o sí, a una institución que, se ha documentado, podría llegar a embolsarse 16 millones de pesos cada mes, producto de los poco más de 5 pesos que cobrará Broxel por la operación de cada plástico. Nada mal.
Hace unos días, en su columna diaria el periodista Jonathan Lomelí hizo un ejercicio: calculó cuánto deberán gastar las personas “afortunadas” que se ganen alguno de los seis viajes que regalarán Lemus y Volaris: pesos más, pesos menos, quienes se lleven la rifa del tigre deberán tener disponibles en su cuenta bancaria varios miles de pesos para pagar su estadía en la Gran Manzana, a menos que el gobernador, graciosillo como se imagina que es, piense que las personas han de viajar a Nueva York, comprar el café en el aeropuerto y ahí mismo, sin comer ni trasladarse ni pagar hospedaje, esperar a que salga el vuelo de regreso. Con las condiciones en que opera el transporte público en la zona metropolitana, hay rutas que tardan más en pasar que lo que van a esperar esas personas en la sala de espera.
¿Cuántos días debería estar en Nueva York una persona para que convenga la vuelta? En función de eso habrá que ir sumando miles de pesos disponibles en la cuenta, lo que va reduciendo el número de personas que pueden verse “beneficiadas” con el magnánimo premio de Pablolaris. ¿Para quién gobierna entonces el gobernador?
Mención aparte se merece la frase esa de “la clase de la extrema izquierda”, con la que Pablo Lemus busca denostar a quienes han venido alzando la voz contra el tarifazo. Ver en la crítica y el disenso una señal de ataque no es privativo de Lemus ni patrimonio de un solo partido: es una característica de quienes ostentan un cargo público sin importar sus filias y sus colores. Si el gobernador fuera de Morena, seguro habría acusado “a los conservadores” y habría usado los mismos argumentos. Porque en realidad, en el fondo son iguales: sólo acomodan el espectro izquierda-derecha según les convenga. Visto así, es posible entender que mientras aquí Movimiento Ciudadano ha impuesto el aumento al transporte público y lo defiende y lo bancariza, en Veracruz publica desplegados y tramita amparos “para frenar el aumento a la tarifa del transporte público, luego de calificar como injustificado y sorpresivo el incremento”. En Jalisco, y en México en general, el espectro izquierda-derecha, con sus respectivos extremos, en realidad es lo mismo.
Frente a estos actos de hipocresía política, que ocurren por igual entre priístas, panistas, morenistas y movimientociudadanoistas, me acuerdo del video del ciudadano español que, confundido ante la vida política, sólo tenía una certeza: él era rojo. En una entrevista banquetera, responde:
“En la empresa, cuando exijo que se cumpla el convenio laboral y que me paguen las horas extras, mi jefe dice que soy rojo; cuando defiendo una enseñanza pública para mi hijo laica e inclusiva, los que quieren hacer negocio con la educación me llaman rojo; cuando defiendo una sanidad digna, pública y de calidad, los que quieren hacer negocio con la salud me llaman rojo; cuando considero que la mujer es la que tiene el derecho a decidir sobre su cuerpo y sobre su vida, los de la Edad Media me llaman rojo; cuando me manifiesto contra el maltrato animal, me llaman rojo”.
El entrevistador le dice: “Está claro que usted es de izquierdas…” y él responde: “Bueno, pues de izquierdas… y rojo”.
Así pues, si exigir un mejor transporte público, que no se condicione el subsidio a la bancarización, que haya transparencia en el uso de mis datos personales, que gobiernen para la ciudadanía y no para privatizar la vida pública, repito, si exigir esto significa ser de “extrema izquierda”, pues sí: hay que ser de extrema izquierda. Aunque no vayamos a Nueva York.


