Movimiento que habla
Por Michelle Correa / @michelle.correaa (IG)
Hace un par de años tuve el privilegio de cursar un semestre en España. Si me lo preguntan ahora, más que una vocación académica, quería vivir la experiencia para descubrirme desde otro lugar, uno que me permitiera viajar y andar sola sin tenerle miedo a nada. Ahí aprendí a ser libre.
Por eso una idea no ha dejado mi cabeza desde que regresé a México: quiero trabajar en Europa. No solo por la persona que fui esos meses, sino porque, irremediablemente, hay mejores oportunidades laborales: no solo por los salarios, muy por encima de los que hay en México, sino porque la jornada laboral es más corta, las vacaciones son más largas y queda un poco de tiempo para simplemente vivir.
Mi experiencia como abogada me hizo darme cuenta de que un título universitario no me garantizaba nada. Hemos hablado de la precariedad laboral en México, pero ahora que estoy tratando de reorientar mi profesión hacia el periodismo, me he dado cuenta de que en este gremio, genuinamente, no se reconoce el talento. Me encantaría culpar solo al sistema, y de hecho es lo que me propongo hacer, pero antes de que me tachen de “opositora” al gobierno en turno, voy a tratar de hablar únicamente de hechos.
Me gradué con lo que en muchos países se conoce como honores: tuve un promedio final de 9.3, que, si me lo preguntas, no fue muy difícil de conseguir. No lo digo para restarme mérito, sino porque genuinamente las escuelas superiores en México no tienen la misma calidad que en otros países. Aquí la gran mayoría aprueba las materias: están los maestros que llamamos “barcos” porque no te retan intelectualmente, y están los que prefieren que los alumnos den la clase a través de exposiciones, calificando de forma general a todos sin importar el nivel de conocimiento que lograron obtener. Un ejemplo de la deuda que tiene la educación superior en México con los mexicanos es lo que acaba de pasar con los exámenes de ingreso a la UNAM, la universidad pública mejor posicionada del país: puede que los alumnos y profesores no sean culpables, pero la institución sí está atravesada por la corrupción.
Aun así, pensé que mi trabajo “godín” me aseguraba el éxito profesional. Muy pronto descubrí que la realidad es bien diferente. Como egresada con cédula profesional, ganaba $15,000.00 pesos mensuales, cifra que a priori suena suficiente si se compara con el salario mínimo mensual de $9,582.47 pesos. Pero los estudios comparados muestran que una persona titulada en países como España, con credenciales similares a las mías, gana en promedio $30,000.00 pesos mensuales, alrededor de 1,500 euros.
Es importante resaltar que mi sueldo tampoco incluía las prestaciones que por ley me correspondían: no tenía seguro médico, ni prima vacacional, y a duras penas se me pagaba puntualmente cada quincena. Lo denuncio precisamente porque soy abogada: somos de los primeros gremios en dejar de lado las leyes y los derechos humanos básicos de cualquier trabajador. Qué contradicción tan grande. Mi abuelo decía que estudiamos derecho para “vivir chueco”. No se equivocaba.
Lo más preocupante es que, a pesar de que ese ya era un salario bajo para el estándar internacional, ahora que he redirigido mi carrera hacia el periodismo me he encontrado con ofertas de trabajo que rondan los $11,000.00 pesos al mes. El periodismo es una de las profesiones más importantes que existen: es gracias a los periodistas que las personas pueden acceder al contexto en el que viven, a lo que las rodea y a lo que las atraviesa.
¿Cómo se supone que alguien sostenga un trabajo tan delicado como el periodismo con $11,000.00 pesos al mes? Es una locura. Si desglosamos los gastos básicos, sin contar entretenimiento, de una persona promedio viviendo en Guadalajara, el panorama se vería más o menos así:
- Vivienda: $5,000.00
- Canasta básica / alimentos: $3,000.00
- Servicios: $1,500.00
- Transporte público: $700.00
- Total: $10,200.00
Y eso hablando puramente de lo económico. Pero, ¿qué pasa con la violencia que se ejerce contra los periodistas? Según el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), México fue en 2025 el tercer país del mundo con más periodistas asesinados: seis casos, todos sin resolver, y con al menos un asesinato de este tipo cada año durante la última década. La censura en este país es uno de los temas de agenda política menos atendidos, y de los que más debería preocuparnos.
Uno de los pilares de cualquier periodista es poder informar de manera neutral, sin miedo ni censura, pero la realidad en México es mucho más dura. Me da miedo ser parte de esa estadística, porque no solo soy periodista en formación: también soy mujer y las instituciones no me protegen lo suficiente. No es solo el crimen organizado, que ya llegó incluso a las esferas políticas del país; es que se presume que el propio gobierno también asesina periodistas. Qué pavor da querer dedicarse al periodismo en México.
Y, sin embargo, esto solo me alienta a seguir persiguiendo el sueño, porque quiero vivir sin miedo. Quiero poder escribir sin censura, acceder a mi derecho a la libertad, denunciar los actos que violenten la vida de las personas, y coadyuvar a frenar y cuestionar el autoritarismo. Tristemente, no creo poder lograrlo en México: un país donde hacer tu trabajo puede costarte la vida, la tuya y la de tu familia; donde hablar es pecado, y escribir sobre lo que duele e incómoda puede ser una sentencia de muerte.


