Mientras la ciudad se “detiene” entre el desconcierto y el caos: testimonios de personas trabajadoras del sur de Jalisco

La mañana del 22 de febrero, distintos municipios del sur de Jalisco registraron bloqueos carreteros, quema de vehículos y ataques a establecimientos comerciales. Entre los puntos afectados se encuentra Ciudad Guzmán. 

De acuerdo con reportes oficiales y cobertura de medios locales y nacionales, los hechos ocurrieron tras operativos de fuerzas federales en la región dirigidos en contra integrantes del Cártel Jalisco Nueva Generación. Durante varias horas circularon versiones en redes sociales sobre un presunto operativo contra su líder, Nemesio Oseguera alias “El Mencho”, lo que incrementó la incertidumbre entre la población.

En ese contexto, con información fragmentada, rumores y presencia de hombres armados en distintas zonas, miles de trabajadores que habían salido de casa para cumplir su jornada dominical quedaron en medio de una ciudad alterada.

Por Farah Medina /@_dtfarahm

Algunos nombres fueron modificados para resguardar su seguridad.

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El día que el camión no pasó

Karina

Para Karina, una de las más de 30 mil personas trabajadoras en la ciudad, el domingo laboral comenzó como siempre: lista para salir y tomar el transporte cerca de su casa. Sin embargo, aquella mañana algo se sentía distinto.

“Se empezó a sentir raro el día porque se escucharon helicópteros (…) yo no sabía nada, ni siquiera me metí a redes sociales”, cuenta.

Cerca de las 9:20 a.m. Caminó desde su hogar, ubicado en una de las avenidas principales, hacia la parada del camión. Notó la ciudad particularmente vacía, aunque lo atribuyó al domingo, cuando la actividad suele comenzar más tarde. Lo que sí rompía su rutina fue encontrar ahí a una compañera, quien normalmente toma una corrida anterior.

Tenía rato esperando. Ningún camión pasaba.

Pensaron que era un retraso más, algo común en la ciudad. Minutos después, distinguieron a lo lejos una de las rutas que podía llevarlas al trabajo. Levantaron la mano, pero el camión no se detuvo, el chofer les negó el servicio con un gesto.

Fue entonces cuando Karina buscó un lugar para revisar el teléfono en busca de otro medio de transporte. Las noticias comenzaron a llegar, bloqueos en El Grullo y Autlán, municipio del que es originaria, bloqueos en Ciudad Guzmán, suspensión del transporte público. En redes sociales circulaban imágenes de llamas y violencia.

La urgencia por llegar al trabajo comenzó.

Vive a más de cuatro kilómetros de su empleo. Caminar implicaba más de una hora. Su compañera decidió avanzar a pie hacia el centro. Karina optó por intentar en taxis privados.

Al cuarto intento, y “gracias a dios”, uno respondió.

Durante el trayecto, ella y el conductor compartieron lo poco que sabían. Les llamó la atención la cantidad de motocicletas circulando por la ciudad. Casi al llegar, un aviso en la radio del conductor los alertó, se hablaba del cese de actividades y de un retén en una de las salidas de la ciudad cercanas a su lugar de trabajo.

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Trabajar mientras la ciudad se detiene

Germán

Germán sabe que sus domingos no son como los del resto. Vive en uno de los extremos de la ciudad, lejos de las avenidas principales, y tiene claro que ese día el transporte inicia más tarde de lo habitual.

Desde la noche anterior preparó su comida y calculó el tiempo que tendrá que pasar para llegar a la plaza comercial donde trabaja, más allá del centro de la ciudad. Tiene tres opciones: caminar casi una hora; tomar una ruta que lo deje en el centro y avanzar veinte minutos más a pie; o esperar el camión que llega directo a la plaza. Elija la que elija, suele llegar poco después de las 7 a.m., cuando inicia su turno.

Ese domingo llegó como siempre. La soledad de las calles no le pareció extraña, es la misma de cada fin de semana. Entró, comenzó las tareas habituales y se alistaron para la apertura. Todo parecía normal.

Cerca de las 11 de la mañana notó algo distinto: menos clientes y compañeros mirando insistentemente sus teléfonos. En el supermercado es común estar ajenos a lo que ocurre afuera, incluso del clima, pero cuando algo importante y difícil de ignorar ocurre afuera, la información corre rápido, como un chisme.

En su departamento era el único trabajando, el resto parecía concentrado en otra cosa. Decidió revisar su celular. Así se enteró de lo que, según circulaba, estaba ocurriendo en la ciudad. No había claridad, ni entre empleados ni gerentes. Ante la incertidumbre, sólo atinó a preguntar si debía continuar con sus labores o detenerse.

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Informar en medio de la incertidumbre

Andrea

Andrea comenzó el domingo en casa, atenta a asuntos personales que quizá la llevarían a Guadalajara.

Cerca de las 8:30 de la mañana llegaron los primeros mensajes. Conforme despertaban las redacciones, también lo hacían las alertas. Con más de diez años como periodista, supo que tenía que salir, estar en el lugar de los hechos.

No era la primera vez. Cubrió los bloqueos en Autlán de Navarro años atrás y, mientras vivía en la Ciudad de México, reportó tras el sismo del 19 de septiembre. En ambos casos entendió la importancia del trabajo periodístico, y la situación que comenzaba a crearse no representaba una preparación diferente.

 “Yo no le pedí a nadie de mi equipo que saliera, pero pensé: tengo que informar”, cuenta.

Se sentía tranquila. Para ella, Ciudad Guzmán es un lugar pequeño donde todos se reconocen, incluso los autos. Esa familiaridad le daba confianza. Pero ese domingo 22 de febrero fue la primera vez que sintió miedo.

Como lo ha hecho desde 2014, tomó su auto para recorrer la ciudad y acercarse a los puntos donde se reportaban reacciones violentas tras el supuesto abatimiento de Nemesio Oseguera “El Mencho” en un operativo en Tapalpa, a pocos kilómetros. No fue sola, alguien fuera del gremio periodístico decidió acompañarla. No sabe si por solidaridad o preocupación.

Se dirigió a un punto que consideró despejado. No lo estaba. “Me dio miedo que me bajaran del vehículo”, recuerda. Se retiró hacia otro sitio, un Banco del Bienestar que reportaban estaba en llamas. No conserva detalles precisos de camionetas o movimientos, pero sí la imagen clara de personas encapuchadas y armadas al llegar al lugar.

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Código rosa

Karina vio cómo, poco a poco, sus compañeros lograron llegar a la tienda, la mayoría en transportes alternos. Cuando casi todos estuvieron presentes, una gerente anunció el “código rosa”, operación parcial, resguardo inmediato de efectivo y alerta ante cualquier comportamiento sospechoso.

Minutos después alguien recibió la llamada de una compañera. Cerca de su casa había tiendas en llamas y disparos en la zona del tianguis municipal. La calma comenzó a desaparecer. Los gerentes permanecían en constante alerta, se hablaba de vehículos sospechosos rondando.

Las noticias alcanzaron también ese extremo de la ciudad y la ansiedad llegó a Karina.

No había transporte. Se reportaban personas armadas y establecimientos incendiados. Pensó en cómo volvería a casa, probablemente sola. Ese era su mayor miedo.“Pensé, hoy yo no me quiero morir, no sé cómo lo haré, pero hoy yo no me quiero morir”, dice.

Les señalaron zonas de resguardo dentro del establecimiento: baños y bodegas. Mientras escuchaba el sobrevuelo constante de helicópteros, Karina sola pensaba en el riesgo de los tanques de gas y los circuitos eléctricos de la tienda. Finalmente, anunciaron la suspensión de labores.

Afortunadamente, no regresaría sola. 

Un compañero que vivía cerca aceptó acompañarla a pie, otra compañera con trayecto más corto, se unió. Antes de salir tomaron precauciones, compartieron ubicación con personas de confianza y cubrieron la camiseta de la empresa. Karina la llevaba puesta, la ocultó, fotografió su vestimenta y pertenencias y dejó visibles sus identificaciones, por si algo ocurría.  El supuesto aviso de ataque a civiles que circula en redes y WhatsApp viene mermando su tranquilidad desde hace varios minutos.

Se encomendaron a Dios y avanzaron por calles vacías. Apenas comenzaban cuando una camioneta oscura, sin placas, con hombres encapuchados, los detuvo. Les preguntaron a dónde iban. “A casa, cerca del IMSS”, respondieron.

“Nos dijeron que nos apuráramos”.

Siguieron caminando, sin detenerse y evitando las avenidas principales.

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Sin protocolos de seguridad claros

Germán dentro de la tienda se encuentra, junto al resto de sus compañeros, sin certeza.

A pesar de tener códigos y protocolos, ninguno fue activado y tampoco tuvieron órdenes específicas de qué hacer o cómo actuar, los pertenecientes a brigadas de protección debían actuar, pero no se les dijo bajo qué medidas, detectó a compañeros que no tienen la capacitación dentro de estas mismas.

Él se encontró platicando con otros compañeros, intentando saber el estado de las personas, preguntando sobre el contacto con familias, noticias, si tenían medio de transporte para llegar a casa, ya que las noticias siguen llegando.

El resto de la plaza comercial ya ha sido desalojada, excepto ellos. Ante la mala comunicación entre gerencia y ellos, deciden preparar todo para el cierre prematuro, y aunque ya se habla de regresar a casa, para él, no es una opción, no hay forma de que llegue hasta su hogar y caminar no es viable, cree que es mejor quedarse dentro.

Avisó a su familia que estaba bien y resguardado, aunque dentro de la tienda las salidas de emergencia permanecían cerradas y el acceso a pertenencias bloqueado, mientras las puertas al público seguían abiertas, una decisión que contradecía el protocolo.

Cuando la ansiedad creció y preguntaron si podían irse, la gerente de protección respondió con burla: “¿A poco tienen miedo de morirse?, ¿de qué se preocupan? si se mueren tienen seguro de vida a su familia le van a pagar”, lo que aumentó la frustración entre los empleados. 

Cuando los accesos estuvieron liberados, las personas comenzaron a cerrar. Era opcional irse.

Su departamento tomó la decisión conjunta y solidaria de irse, y gracias a compañeros que ofrecieron asilo o raite es que toma la decisión de volver a casa.

Aunque la gerente no impidió que se retiraran, reiteró la advertencia: “Si se van entiendan que el seguro de vida no les dará nada”, recuerda Germán.

Salió de la tienda a la 1 de la tarde, un compañero lo llevó en auto, aunque implicara desviarse de su ruta a casa.

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Reportear con miedo

Andrea mantiene comunicación constante con su equipo. Comparten ubicaciones y actualizan información en tiempo real. Después de aquel encuentro, continúa su recorrido por la ciudad, visitando puntos afectados y coincidiendo con otros colegas. Entre ellos intercambian datos sobre qué zonas es más seguro documentar.

En un momento de calma, la duda regresa. Se pregunta si sabrán quién es, si ser reportera podría ponerla en riesgo. Reconoce que el temor proviene tanto de lo que ve en las calles como de la saturación informativa que circula.

Se detiene unos minutos, aplica medidas de cuidado y retoma el trabajo. Aunque se retire de los puntos de riesgo, la cobertura no termina, desde casa organiza videos, contrasta datos y redacta. Su labor apenas comienza.

Sabe que la situación es tensa, pero cuenta con herramientas para priorizar su autocuidado y mantener la claridad. En el periodismo regional, dice, informar con datos verificados es fundamental para la ciudadanía.

Pasadas 24 horas, Andrea sigue en alerta. Sea lo que sea, insiste en que “debo informar”.

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Caminar para volver a casa

Karina y sus dos compañeros continúan el largo trayecto. Cerca de uno de los lugares más concurridos de entretenimiento en la ciudad, vuelven a detenerlos. Un grupo de motocicletas los rodea, hombres encapuchados preguntan su destino.

Creen que decir la verdad puede protegerlos. Repiten lo mismo que la primera vez, la advertencia es la misma y continúan su trayecto, ahora, más alterados. 

Camino al centro observan vehículos sospechosos, tiendas cerradas y personas que se dicen entre sí, “Hoy nos tocó descansar, ¿verdad?, hay que resguardarnos”. La frase, detecta Karina, funciona como una forma de reconocerse, y saben que todos buscan lo mismo, llegar a casa.

La sed los obliga a detenerse en la única tienda abierta. Ahí escuchan más versiones de lo ocurrido mientras compran agua, pero no dejan de estar alerta, a lo lejos se logran ver fumarolas. Unas calles más adelante encuentran una calle cerrada por policías. Algo se quemaba. Karina no distingue qué es, su compañera le dice que se trata de una sucursal del Banco del Bienestar.

Entre los transeúntes, alguien les aconseja evitar avenidas principales como Miguel Hidalgo, Federico del Toro y Colón. Karina vive en una de ellas. También les sugieren avanzar por calles menos transitadas y compartir ubicación en tiempo real, recomendaciones que, según les dicen, provienen de un policía.

Al pasar el centro, el grupo se reduce a dos. Karina y su compañero continúan. Poco después, una camioneta grande, oscura y sin placas vuelve a interrumpirles el paso. Hombres encapuchados repiten la pregunta.

Otra vez responden lo mismo. Otra vez reciben la misma instrucción, que se vayan rápido a casa.

No saben si se trata de buenas o malas intenciones, pero siguen caminando, con tensión, apuro y miedo mientras los mensajes en redes sociales y WhatsApp que alimentan la incertidumbre y el pánico.  Metros adelante ven cómo la misma camioneta detiene a otros transeúntes.

Cuando por fin llegan a su zona, se despiden.

Para Karina, cruzar la puerta de su casa significa liberar la tensión acumulada. Se sabe alterada, nerviosa. Más aún cuando se entera de que una amiga cercana vivió la misma situación, pero con disparos y fuego más cerca. Intenta mantenerse serena para ofrecerle contención.

La información que continúa circulando la abruma. “Me puse a valorar mi vida, mi pensamiento : erayo sólo quiero vivir una noche más”. Al recordarlo, habla con calma, pero reconoce el miedo que la invadió durante aquellas horas.

Agradece que en su trabajo hayan reaccionado a tiempo. Al día siguiente no asistirá, será tomado como su día de descanso y descontado de la siguiente semana.

No está de acuerdo.

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Llegar y no mirar atrás

Germán cuenta que varios compañeros se quitaron el uniforme como medida de protección, igual que Karina. Él decidió conservarlo como forma de identificación.

El trayecto en auto tampoco fue tranquilo. La ciudad estaba vacía y avanzaban a baja velocidad para no llamar la atención, aunque la urgencia por llegar a casa fuera compartida.

Cerca de su destino apareció un auto de lujo, sin placas, que circulaba frente a ellos. Zigzagueaba entre calles, subía por una y bajaba por la siguiente. En un momento frenó de forma abrupta. Ellos continuaron, pero el comportamiento errático del conductor les alarmó.

Por un tramo creyeron haberlo perdido. Metros más adelante lo vieron nuevamente, estacionado. Al pasar, el vehículo arrancó y quedó detrás de ellos, como si los siguiera.

No supieron si fue amenaza o paranoia. Germán llegó a casa. Su compañero también. Del auto no volvieron a saber.

Después de avisar que estaba bien, lo único que quiso fue dormir.

Al día siguiente es su descanso. El resto de sus compañeros debe asistir con normalidad. Él regresará el martes por la mañana. Planea tomar taxi para llegar al trabajo.

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El día 22 de febrero de 2026 en el sur del estado de Jalisco estuvo marcado por una intensa jornada de violencia y movilidad tras un operativo federal en el municipio de Tapalpa que terminó con la muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, Nemesio Oseguera, “El Mencho”.

Durante la mañana y la tarde se registraron más de 10 bloqueos carreteros, quema de vehículos y cierres de vías en diversas partes de Ciudad Guzmán. En distintos tramos de la libre Acatlán de Juárez–Ciudad Guzmán, y otras carreteras importantes se reportaron vehículos incendiados, lo que obligó a cerrar accesos y complicó la movilidad.

La quema de sucursales de Bancos del Bienestar también marcaron la jornada, en municipios como Gómez Farías, Tecalitlán y Ciudad Guzmán sufrieron ataques. La central de autobuses de la ciudad suspendió sus corridas desde media mañana, y el servicio de transporte público en varias zonas fue interrumpido como medida preventiva.

El Gobierno de Jalisco anunció inicialmente la suspensión de clases presenciales en todos los niveles educativos como parte del protocolo Código Rojo, así como la suspensión de actividades en comercios, y eventos masivos.

Aunque el número de bloqueos comenzó a disminuir y varios puntos fueron liberados por las fuerzas de seguridad, las actividades cotidianas se vieron interrumpidas.  El Código Rojo activado como medida de protección a la ciudadanía, ha sido levantado, lo que dio paso a la reactivación de estas actividades el 25 de febrero, así como el servicio de transporte público y la liberación de carreteras, que avanza de forma paulatina. 

Para los habitantes y trabajadores de Ciudad Guzmán, la jornada no sólo representó un cambio en su rutina, sino una experiencia de miedo e incertidumbre que acompañó su día. 

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Farah Medina
Farah Medina
Llegué al periodismo por accidente e impulsada por el ‘olfato periodístico’, las narrativas con una perspectiva de derechos humanos y la necesidad de seguir creando espacios para las voces, plumas y visión de las mujeres periodistas, me quedé.

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