“Lo más difícil fue no saber”: un joven relata cómo vivió la violencia y la incertidumbre en Jalisco

Los bloqueos y la violencia registrados en Jalisco este domingo 22 de febrero no sólo paralizaron vialidades y servicios, también dejaron a miles de personas sin certezas sobre cómo moverse, regresar a casa o protegerse. Para Pablo, un joven que intentaba volver a su hogar, ese día se tradujo en horas de espera, miedo y ausencia total de información oficial.

Por Aletse Torres Flores / @aletse1799

Pablo es un joven que, como muchos otros, salió de casa ese domingo sin pensar demasiado en la hora de regreso. No llevaba un plan rígido ni una ruta excepcional: iba a moverse por la ciudad y volver más tarde. El día no tenía una carga especial. Nada hacía suponer que regresar a casa se convertiría en un problema.

“Sales pensando que regresas normal”, dice.

“No sales con la idea de que algo se va a salir de control”.

Durante la mañana, Guadalajara todavía se movía con el ritmo habitual de un domingo. Menos tráfico, más calma. Pablo recuerda que incluso cuando empezó a notar pequeños cambios, calles más vacías, algunos negocios cerrando antes de tiempo, no los interpreta como señales de alerta. Pensó que eran ajustes normales, exageraciones, rumores que siempre aparecen y se diluyen.

“Al principio creí que era eso”, cuenta.

“Que estaban diciendo cosas, pero que no iba a pasar a más”.

Mientras Pablo avanzaba con su día, el contexto en Jalisco comenzaba a cambiar. En distintos municipios del estado se reportaban bloqueos, incendios de vehículos y cierres preventivos derivados de hechos violentos. En la Zona Metropolitana de Guadalajara, las autoridades activaron un “código rojo”, lo que implicó el despliegue de fuerzas de seguridad, la suspensión de actividades y el cierre parcial de vialidades y servicios.

Nada de eso llegó de inmediato a la gente como Pablo. La información no apareció de forma clara y ordenada. Llegó fragmentada, tarde, envuelta en ruido. El teléfono empezó a vibrar con más frecuencia. Audios reenviados, capturas de pantalla, mensajes alarmistas que no coincidían entre sí. Nadie decía exactamente qué estaba pasando, dónde ni por cuánto tiempo.

“No sabías qué creer”, dice.

“Un mensaje decía una cosa y el siguiente decía otra. Todo era confuso”.

Intentó buscar información oficial. Esperaba encontrar un comunicado claro, una indicación concreta que le permitiera tomar decisiones. No lo encontró en ese momento. Los avisos institucionales llegaron horas después, cuando muchas personas ya estaban resguardadas o, como él, varadas.

“Eso fue lo que más me desesperó”, recuerda.

“No tener información oficial. No saber si moverte estaba bien o mal”.

El regreso que deja de ser opción

En algún punto del día, Pablo decidió regresar a casa. No por pánico, sino por intuición. Pero cuando intentó hacerlo, se dio cuenta de que ya no dependía solo de él. El transporte no pasaba como siempre, algunas rutas estaban interrumpidas y otras simplemente habían dejado de operar.

“No fue que yo dijera ‘ya no quiero volver’”, explica. “Fue que ya no se podía”.

La suspensión del transporte y los cierres viales, derivados de los bloqueos y de la quema de vehículos en distintos puntos del estado, comenzaron a sentirse en la vida cotidiana. Las opciones para moverse se redujeron rápidamente. Cada intento por avanzar encontraba un obstáculo distinto.

Esperar parecía más seguro que moverse, pero quedarse quieto también generaba ansiedad. Estar afuera empezó a sentirse pesado, no por el cansancio físico, sino por la sensación de no tener control.

“Te empiezas a hacer preguntas muy básicas”, dice. “Dónde te quedas, cuánto tiempo, qué haces si se pone peor”.

Pablo pasó horas sin poder volver a casa. Horas sin estructura clara, porque no había información que marcará un antes o un después. La espera se volvió el estado natural: esperar a que alguien avisara algo, a que llegara una noticia confiable, a que la ciudad diera una señal de que se podía volver a circular.

“No es solo quedarte afuera”, explica.

“Es no saber cuánto tiempo vas a estar así”.

Mientras tanto, la ciudad cambiaba frente a él. Menos gente en las calles, más cortinas abajo, un silencio raro que no suele aparecer en pleno día. Restaurantes cerrados, comercios apagando luces, personas caminando rápido, mirando alrededor.

“Se siente diferente”, dice.

“Como si la ciudad ya no fuera la misma”.

Decidió dejar de revisar grupos de WhatsApp. Cada audio sumaba miedo, pero no claridad.
“Ahí solo te llenas de pánico”, cuenta. “No te ayudan a tomar decisiones”. 

La falta de información oficial atravesó toda la experiencia. Pablo no esperaba que alguien le resolviera el día, pero sí que hubiera una voz clara que explicara qué estaba pasando. Algo que pusiera límites al rumor y al miedo.

“Lo más fuerte fue no saber”, dice.

“No saber si ya había pasado lo peor o si apenas estaba empezando”.

Ese vacío hizo que el miedo creciera de otra forma. No como un estallido, sino como una presencia constante. Pablo reconoce que no vivió violencia directa, pero eso no hizo la experiencia menos intensa.

Cuando finalmente logró regresar a casa, el día no se cerró. El cuerpo llegó, pero la cabeza siguió en alerta. Durmió poco. Al día siguiente, aunque la ciudad intentaba recuperar su ritmo, algo se había movido.

“Regresas, pero no es como que ya pasó”, dice.

“Te quedas con la sensación de que puede volver a pasar”.

Lo que más le pesó fue entender lo frágil que es la rutina. Lo rápido que se rompe algo tan básico como volver a casa. Lo poco preparado que uno está para enfrentar una ciudad sin información ni opciones claras.

“A veces creemos que estas cosas les pasan a otros”, reflexiona.

“Hasta que te toca quedarte afuera”.

Para Pablo, ese domingo no quedó marcado por un hecho específico, sino por la suma de horas de espera, por el silencio institucional y por la experiencia concreta de no poder volver. Una vivencia que no siempre aparece en los comunicados oficiales, pero que define cómo se vive la violencia en lo cotidiano. Ese día entendió que una ciudad puede cerrarse sin aviso y dejarte, por horas, sin saber cómo volver a casa.

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Aletse Torres
Aletse Torres
Vivo de café, amo los gatos, no creo en las etiquetas. Desde niña quise ser periodista por Spiderman, me invento unas fotos, cubro cualquier tema con pasión, respeto y verdad.

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