Entre un rodaje sobre desaparición forzada y una ciudad paralizada por el miedo, la violencia dejó de ser noticia para convertirse en experiencia directa.
Texto y fotos por Yohan Rodríguez Saldaña / IG: @yohnfoto
El domingo comenzó antes de que amaneciera.
A las 5:30 de la mañana salimos en moto rumbo al Parque Revolución, el “Parque Rojo”. Íbamos a grabar la última escena de un cortometraje sobre desaparición forzada. Yo estaba a cargo de la foto fija. A las seis en punto inició el rodaje.
Trabajamos con cuidado, con respeto. Hablar de desaparición en Jalisco no es ficción: es una herida abierta. Terminamos alrededor de las 8:40 a.m. Nos sentíamos satisfechos por el trabajo realizado. No imaginábamos que, mientras representábamos una crisis humanitaria, otra escena de violencia comenzaba a desplegarse en la ciudad.

Nos trasladamos a la casa de la directora, cerca de la Línea 2 del Tren Eléctrico. Eran alrededor de las 9:10 a.m. Yo no tenía datos móviles. Cuando entramos y nos compartió su internet, lo primero que vi fueron historias de WhatsApp de amigos preocupados por bloqueos en distintos puntos de Guadalajara.
Consulté medios confiables. Los reportes empezaban a multiplicarse: vehículos incendiados, cierres viales, tensión en varias zonas. El Gobierno de Jalisco activó el Código Rojo.
Intenté concentrarme en la producción, pero la atención estaba afuera. Cancelé mis clases de fotografía documental en Zapopan: uno de los bloqueos se reportaba cerca de esa zona. Comencé a avisar a mi familia y amistades para saber si estaban bien. Ellos estaban seguros. Yo no sabía cuánto lo estaba.

A lo largo del día circularon versiones sobre enfrentamientos y sobre la supuesta muerte de un líder criminal. Sin confirmación oficial en ese momento, la información se movía entre trascendidos y especulaciones. Desde el medio donde colaboro, decidimos esperar datos verificados.
Mientras tanto, lo que sí era real eran los bloqueos, los incendios de vehículos y los ataques a tiendas de conveniencia en distintos puntos de la ciudad.
Lo más inquietante fue la ola de audios y cadenas en WhatsApp que advertían “levantones” masivos o ataques programados a determinadas horas. Nada de eso fue confirmado por autoridades. Sin embargo, el pánico ya estaba sembrado.

En escenarios de violencia, la desinformación se convierte en una segunda arma.
Hacia la tarde, algunos compañeros lograron regresar a sus casas cuando se rehabilitaron ciertas rutas del tren. Yo permanecí en la casa de la directora hasta el lunes.
El transporte público comenzó a operar alrededor de las 9:30 am. Algunas autoridades anunciaron suspensión de actividades laborales en ciertos sectores.
Decidí regresar a casa. Llevaba visible mi gafete de prensa de SomoselMedio. Al llegar a Periférico Sur, me detuve a fotografiar la ciudad.
Nunca imaginé documentar una Guadalajara casi vacía.
Los puestos ambulantes no estaban. El Walmart de Centro Sur permanecía cerrado. Varias tiendas Oxxo habían sido incendiadas o saqueadas. El silencio urbano pesaba. Verlo en redes sociales no es lo mismo que caminarlo.

Mientras tomaba fotografías, pensé en cómo la violencia modifica el paisaje cotidiano en cuestión de horas.
En el trayecto final, desde el Macro Periférico, observé un grupo de personas encapuchadas en vehículos todoterreno. No tenía datos móviles. Por un instante sentí vulnerabilidad absoluta. No ocurrió nada, pero el miedo fue real.
Llegué a casa cerca del mediodía. Abracé a mi hermano menor. Pensé en lo frágiles que somos frente a estas dinámicas.
Los hechos de ese domingo no pueden leerse como un episodio aislado. Jalisco es uno de los estados con mayor número de personas desaparecidas en el país. La violencia del crimen organizado no es nueva; lo que cambia es la forma en que irrumpe.

La posible muerte o captura de un líder criminal no significa el fin de una estructura. La experiencia en otros estados muestra que estos movimientos suelen reconfigurar disputas internas y generar nuevas escaladas de violencia.
Pero hay otra dimensión menos visible: el desgaste emocional.
Los periodistas, fotógrafos y comunicadores también procesamos el miedo. También tenemos familia. También necesitamos descanso mental. Cubrir violencia no nos vuelve inmunes a ella.

Si algo me dejó esta experiencia es la certeza de que la normalización es peligrosa. Cuando una ciudad aprende a convivir con bloqueos, incendios y rumores masivos como parte del calendario, algo estructural está fallando.
La violencia no puede convertirse en paisaje permanente.
Esa noche dormí intentando ordenar lo vivido. El lunes Guadalajara retomaba lentamente su ritmo. Pero algo había cambiado: ya no era una noticia distante.
Era experiencia propia.


