“Si el mercado no abre, no como”: choferes y comerciantes de Abastos narran lo que el “Jaliscazo” les arrebató.

Tres voces desde el corazón del abasto alimentario de Jalisco cuentan cómo la jornada  violenta del 22 de febrero paralizó su trabajo, sus camiones y su sustento. 

Por: Fernando Casarín / @ferchocasarin (IG)

Gerardo Hernández lleva 50 años de su vida entre las tarimas astilladas del Mercado de  Abastos de Guadalajara. Empezó a los nueve. Ha visto de todo en ese lugar: crisis  económicas, devaluaciones, hasta una pandemia. Pero nunca había visto cerrar el  mercado. Ni siquiera el COVID lo logró. Hasta el anterior lunes. 

“Yo nunca cerré puertas”, dice con una voz que arrastra más desconcierto que enojo. “Y esto me causó de verdad un desasosiego, ¿por qué? Porque siento que está fuera de  control la situación”. 

El domingo 22 de febrero de 2026, un operativo federal en la zona serrana de Tapalpa,  Jalisco, culminó con la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del  Cártel Jalisco Nueva Generación. La respuesta del crimen organizado fue de 252  bloqueos en 20 estados del país, 65 de ellos concentrados en Jalisco. Vehículos  incendiados en avenidas principales de Guadalajara, saqueos a comercios, ataques a  gasolineras y enfrentamientos que dejaron al menos 71 personas muertas, entre ellas 25 elementos de la Guardia Nacional. 

El gobernador Pablo Lemus Navarro activó el Código Rojo. Se suspendió el transporte  público, las clases, los servicios bancarios. La zona metropolitana se paralizó. Y el lunes  23, por primera vez en sus casi seis décadas de operación, el Mercado de Abastos de  Guadalajara (el segundo más grande de México, con:  75 hectáreas, mil 800 bodegas, 60  mil visitantes diarios y un flujo de hasta 60 mil toneladas de alimentos al día) cerró sus  puertas. 

Un mercado que sostiene al occidente del país 

Para dimensionar lo que significó el cierre del Mercado de Abastos hay que entender  primero qué es ese lugar. Es el segundo centro de distribución de alimentos más grande  de México, solo detrás de la Central de Abastos de Iztapalapa en la Ciudad de México. Abastece a mercados locales, tianguis, restaurantes y supermercados de toda la región  Occidente y de buena parte de la República. 

Miles de empleos directos e indirectos dependen de ese lugar: comerciantes, cargadores,  choferes, despachadores, personal de limpieza, vigilantes. Y tras cada bodega hay una  red que se extiende a los campos de Michoacán, Colima, Oaxaca, Puebla, Veracruz.  Cuando ese engranaje se detiene, el efecto se siente en cada tienda de la esquina.

Gerardo Hernández dice:

“No se abrió el mercado un día, un día. Cuando yo fui a  comprar el lunes en la tarde a esa tienda que estaba abierta, estaba totalmente vacía. Un  día solamente. Y no había ya nada que vender en esa tienda”. 

“Me han pegado la pistola en la cabeza antes” y aun así fue diferente. 

Raúl Casillas tiene 30 años manejando camiones de carga. Es de Armería, Colima, y trabaja para un solo patrón. Cuando su jefe no vende, él no come. El camión que maneja  no es suyo, pero lo trata como si lo fuera, porque es lo único que tiene para ganarse la  vida. 

“Si no abre el mercado, pues no se puede hacer nada. Si no se vende nada, pues no  trabajo, no cargo”. 

El domingo del Jaliscazo estaba en su casa. Su patrón le marcó para decirle que no  cargara pues el mercado había cerrado. Raúl no salió a la carretera sino hasta el martes,  cuando las cosas se calmaron. Viajó de noche desde Colima. En el camino vio los restos  del suceso, carcasas de carros quemados a los costados del asfalto, ya sin fuego, ya sin  nada. Cadáveres de metal. 

Raúl no es un novato. Le han asaltado. Le han puesto una pistola en la cabeza. Conoce las carreteras de Zihuatlán, Michoacán, Oaxaca, Tecomán. Sabe que la inseguridad no empezó el 22 de febrero. Pero algo cambió ese día. 

“Cada que maten a una persona de esas, ¿va a suceder esto? ¿A dónde vamos a ir? ¿A  dónde vamos a parar?”. 

Cuando se le pregunta si tiene miedo, responde que no. “Miedo no, porque pues yo ando  trabajando, yo no le debo nada a nadie. Ando trabajando, ando para comer.” Lo que sí lo  preocupa es otra cosa:

“Que me puedan quitar el camión. Que lo puedan quemar como  han quemado. El carro no es mío, pero es mi fuente de trabajo. Como si fuera mío. A  uno lo dejan sin comer”. 

Para protegerse, viaja en convoy con otros tres o cuatro camioneros. No siempre se  puede, pero cuando se puede, se juntan. Lo único que tienen es la solidaridad. 

La noche que un hombre camión se resguardó en la carretera 

Humberto Vargas tiene 12 años conduciendo camiones de carga. Es de Zacapoaxtla,  Puebla, y pertenece a una familia de transportistas. A diferencia de Raúl, Humberto es  dueño de su propio camión. En la jerga del mercado se le conoce como “hombre  camión”: la persona que tiene su unidad y la trabaja ella misma, transportando  mercancía de varios clientes por toda la República. 

Gerardo Hernández explica un poco la diferencia de un Hombre Camión con el resto: 

“Los choferes de empresa, pues no van a tener miedo. Van a correr por su vida, pero  van a dejar el camión, se va a quemar el camión. Pero los hombres camión, no les  queman el camión, les queman la vida”.

El domingo 22, a Humberto le tocó estar en carretera. Andaba cerca de Matías Romero,  Oaxaca, cuando empezó la quema de vehículos. Se enteró por las redes sociales, como  casi todos, NO POR EL GOBIERNO, no por una alerta oficial, sino por mensajes de  WhatsApp y cadenas de compañeros camioneros. 

“Entra uno en pánico porque imagínate, todo lo que arriesga uno, vida y pues el  patrimonio de uno. Y, además, si es tu camión, pues el patrimonio se arriesga. Te dejan  con las manos cruzadas”. 

Humberto decidió parar. Se resguardó desde las 2 de la mañana hasta las 9 de la  mañana. Siete horas detenido en algún punto de la carretera, con un camión cargado de  fruta de temporada, esperando noticias por el teléfono. La comunicación entre  camioneros fue lo que lo mantuvo a salvo: “Oye, que en tal lado sigue, que en tal lado  ya está tranquilo, dale. Y eso te ayuda mucho”. 

Carga mangos. Tres días parado y la fruta se madura. No solo pierde él, también el  cliente. Es una cadena de pérdidas que empieza en el campo y termina en el anaquel  vacío de una tienda de barrio. 

Cuando se le pregunta cómo se anima a salir de nuevo a la carretera con semejante  panorama, responde con resignación “La necesidad. Si no voy yo, va otro, y pues de  momento debemos salir”. 

Gas, Tiempo y la cadena que se rompe. 

A sus 59 años, Gerardo Hernández conoce hasta los procesos químicos que arruinan su  mercancía. La fruta, explica, suelta un gas que acelera su maduración cuando  permanece mucho tiempo encerrada en un camión. Ese gas (etileno) es un reloj invisible  que corre en contra del comerciante. 

“Si tú tenías dos, tres días para vender la mercancía de verde a maduro, ahora ya  perdiste esa ventaja. Llega ya a la mitad de la maduración, perdiste a lo mejor un día o  dos de venta”. 

El cierre del lunes no solo significó un día sin ingresos. Significó mercancía que se  pudrió en las bodegas, sueldos que tuvo que pagar, aunque no hubiera ventas, clientes  que no pudieron surtirse. “Los gastos no dejan. La gente no tiene la culpa de que yo  haya cerrado mi negocio. Así que tengo que pagar. Hay una pérdida económica  importante”. 

El patrón de bodega recuerda que se enteró de los bloqueos estando en la iglesia, un  domingo por la mañana. Una amiga de su esposa le llamó para contarle que le habían  quitado la pipa y se la habían quemado. Su hermano llamó, su hijo también. La  información llegaba en oleadas, desordenada, por canales que no deberían ser los  primeros en informar.

“Hay una alarma antisísmica y yo creo que este tipo de cosas pudiera haber sido lo  suficientemente urgente como para utilizar ese tipo de alarma para decirle a la gente qué  estaba sucediendo y que se resguardara”. 

Si los transportistas paran, México se detiene 

“Si los transportistas paran, pues México se detiene. Esa es la realidad”. – Humberto  Vargas 

Los tres entrevistados coinciden en que hay un desconocimiento profundo de lo que  implica su trabajo. Los choferes de carga no son figuras visibles en la narrativa pública de una crisis. Se habla de los bloqueos, de los vehículos quemados, de la suspensión de  clases. Pero pocas veces se habla de quienes, en medio de todo eso, tienen que volver a  subirse a un camión cargado de mangos, plátanos o limones y cruzar la noche por carreteras donde no hay un solo retén de la Guardia Nacional. 

Al final, el Mercado de Abastos reabrió el martes 24 de febrero con presencia militar  reforzada. Los camiones volvieron a llegar de madrugada. Las bodegas levantaron  cortinas. La fruta volvió a los anaqueles. Pero ahora falta la certeza. La confianza en  nuestra autoridad, y para los choferes que cada noche cruzan la República con el sustento de millones, esa fractura no se repara con un comunicado de prensa.

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Somos un proyecto de periodismo documental y de investigación cuyo epicentro se encuentra en Guadalajara, Jalisco.

2 COMENTARIOS

  1. Excelente semblanza no solo lo que sucedió ese 22 de febrero, si no de la realidad que viven todos los que forman la cadena alimentaria de nuestro México.
    Felicidades Fer.

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