Las consignas del 8M: memoria que se grita, justicia que se nombra

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Por Fátima Córdova /Edufem, Asociación de Educación Feminista A.C. / @EduFem

El 8 de marzo no nació como una fecha conmemorativa; nació como una exigencia. Sus raíces se hunden en las luchas obreras y sufragistas de principios del siglo XX, cuando mujeres trabajadoras comenzaron a organizarse para reclamar condiciones laborales dignas, jornadas más justas y el derecho al voto. Aquellas primeras demandas no eran simbólicas: eran urgentes, materiales, profundamente políticas.

Las primeras consignas del movimiento feminista moderno sintetizaban reclamos concretos: “Votos para las mujeres”, “Mejores salarios para las trabajadoras”. Eran frases breves, sí, pero cargadas de potencia.  Nombraban lo que estaba negado. Decían en voz alta lo que el orden social insistía en callar.

Hoy, más de un siglo después, las consignas han cambiado de forma, pero no de raíz.

¿Pero entonces qué es una consigna?

Una consigna es una frase breve, un mensaje, una exigencia, que condensa una demanda política o social. Es un llamado a la acción, una voz que se une a muchas voces, que invita, que exige, que nos une. Es una síntesis del descontento y, al mismo tiempo, una afirmación de esperanza. Pero decir que es solo una frase sería simplificarla demasiado.

Una consigna es un puente, que nos une, a ti, a mí, a todas.

Es el momento exacto en que mi experiencia individual —ser mujer adulta, trabajar ocho horas diarias, pasar casi cuatro horas en el transporte público, vivir con mi madre porque el salario no alcanza para una renta— se encuentra con la experiencia de otra que no conozco, pero que siente algo parecido. La consigna logra que mi historia se reconozca en la suya. Y en la de ella. Y en la de todas.

Por eso, cuando las gritamos, cantamos, escribimos, la piel se eriza. 

No es casualidad. Es identificación colectiva, es verme en ti, en nosotras, en todas. 

De la demanda laboral a la denuncia estructural

Las consignas evolucionan porque las condiciones históricas cambian, pero conservan una constante: la exigencia de derechos y justicia.

Si en los inicios del siglo XX se gritaba por el sufragio y mejores salarios, hoy resonamos con fuerza:

“México feminicida”
“Por las que no pudieron volver a casa”
“Ni una más”

Estas frases no surgen de la nada. Son respuestas a contextos específicos de violencia estructural. Nombran una realidad que muchas veces se intenta diluir en estadísticas o discursos oficiales. Cuando gritamos “Por las que no pudieron volver a casa”, no solo recordamos a las víctimas de feminicidio; convertimos el duelo en denuncia pública.

La consigna transforma el dolor, el enojo, la impotencia, en acción política.

Y eso es profundamente disruptivo.

El poder sonoro de la memoria

Hay algo que me conmueve cada 8M: esa canción que nadie quiere cantar, excepto nosotras. Esa que no aparece en los informes gubernamentales ni en los discursos protocolares. Esa que se transmite de voz en voz, de marcha en marcha.

Cuando gritamos:

“¡Alerta, alerta al que camina, la lucha feminista por América Latina!”

no solo hacemos eco en las calles; tejemos una red transnacional de memoria. Recordamos que esta lucha no empezó con nosotras y que tampoco terminará aquí.

Las consignas son memoria viva, porque nosotras somos memoria viva. Son herencia de mujeres que lucharon antes y que nos abrieron caminos. Pero también son actualización constante: cada generación las resignifica según las heridas de su tiempo.

Por eso siguen haciendo sentido tantos años después.
Porque las desigualdades persisten.
Porque la violencia de género no es un vestigio del pasado.
Porque las estructuras que sostienen la precariedad laboral y la inseguridad siguen vigentes.

¿Pero por qué nos estremecen?

Desde la teoría social sabemos que los movimientos colectivos se sostienen no solo en demandas racionales, sino en emociones compartidas. Las consignas movilizan afectos: indignación, rabia, esperanza, sororidad, unión. 

Son performativas: al pronunciarlas, no solo describimos una injusticia, la denunciamos. Al corearlas juntas, creamos comunidad, ya no soy yo o tú quien las canta, somos nosotras, somos todas. El espacio público, históricamente masculinizado, se transforma por unas horas en territorio de mujeres que se reconocen entre sí.

Una consigna está diseñada —consciente o intuitivamente— para que cualquiera pueda apropiarse. No importa si eres estudiante, madre, trabajadora, académica o migrante. La frase es suficientemente amplia para incluirnos, pero suficientemente concreta para interpelar.

La consigna logra reconocimiento.
Nos nombra.
Nos une.
Se adapta.
Crea lucha desde un punto mutuo.

Continuidad y transformación

Si algo nos enseña la historia del 8M es que las consignas cambian, pero la exigencia permanece. Ayer fue el voto. Hoy es la vida. Ayer fue la jornada laboral digna. Hoy es la erradicación del feminicidio y la violencia estructural.

Cantamos y exigimos justicia antes.
Cantamos y exigimos justicia ahora.

Pedimos por ti y por todas.

Porque en el fondo, las consignas del 8M no son solo gritos. Son memoria y exigencia; no son eco de un pasado lejano, sino la voz de una lucha que continúa aquí y ahora para transformar estructuras de violencia y desigualdad.

Y cada vez que las gritamos, algo se acomoda dentro de nosotras: el entendimiento de que no estamos solas. Que la rabia compartida se convierte en fuerza colectiva. Que la historia nos atraviesa, pero también la escribimos.

Sin importar la consigna —la gritamos, la cantamos, la escribimos, la compartimos— lo hacemos por mí, por ti, por nosotras.

Y mientras sigan siendo necesarias, seguiremos levantando la voz.

***
Fátima Córdova es activista y Coordinadora de Proyectos en Edufem, Asociación de Educación Feminista.

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