El objetivo de mi viaje a Tierra Caliente era llevar a la República Checa un testimonio sobre cuál es el verdadero precio de una raya de cocaína en los clubes de Praga. La normalización cada vez más fuerte de las drogas illícitas en un lado del mundo significa el sufrimiento de gente común en el otro extremo del planeta. Y así —aunque hace tiempo renuncié al sueño de infancia de convertirme en corresponsal de guerra— en noviembre me encontré en un campo de batalla.
Textos y fotos por Václav Lang / @vac_lang15 (IG)
Debía haber estado en Michoacán ya durante el Día de Muertos, pero al final preferí posponer mi viaje unos días, para que no estuviera tan saturado como durante las fiestas. Mi intención era captar más bien la atmósfera de los días cotidianos, con el telón de fondo de la crisis de seguridad que se vive desde hace años en Michoacán, especialmente en Tierra Caliente en los últimos años, y que el verano pasado escaló con el asesinato de Bernardo Bravo, líder de la asociación de productores de limón.
Pero el otoño pasado tuvo poco de cotidiano. El 2 de noviembre, en Uruapan, ejecutaron al alcalde Carlos Manzo ante la mirada de la multitud. Precisamente él iba a ser una parte importante de mi reportaje. El miércoles 5 de noviembre tenía previsto acompañarlo en una de sus patrullas contra el crimen. En su lugar, el sábado por la noche llegó la trágica noticia de su asesinato en medio de las celebraciones del Día de Muertos.
Lo que ocurrió después es bien conocido: protestas intensas en todo el país, la rabia de los habitantes contra los políticos que, según ellos, protegen a los criminales, y el apresurado intento de apagar el incendio por parte de la presidenta Claudia Scheinbaum y su gobierno, que en los días siguientes puso en marcha el Plan Michoacán, una estrategia para restablecer el orden y la paz en un estado atrapado entre varios grupos del crimen organizado.

Aplacé mi expedición documental para la segunda mitad de noviembre, hasta que las cosas se asentaran un poco. Así llegué a Michoacán en un momento en que el lobo se había convertido por un tiempo en cordero y casi parecía que las fuerzas del Estado estaban tomando la delantera en la lucha contra el crimen.
Si tan sólo fuera así de sencillo…
Calma en el frente suroeste
“Aquí está tranquilo, desde que estamos nosotros”, se animó a decir en una breve, pero reveladora revisión uno de los soldados del Ejército Mexicano que custodiaba, temprano el martes por la mañana, un retén entre Apatzingán y Buenavista.
Y efectivamente. Yo llevaba en la región desde la mañana anterior y en todo ese tiempo no había ocurrido nada dramático. Durante el recorrido nos cruzamos con varias patrullas militares o camionetas con hombres armados en la parte trasera, que se dirigían quién sabe a dónde. Según el fixer local, los cárteles habían dado a su gente la orden de replegarse por un tiempo y no causar demasiado alboroto.

El tráfico era escaso y, aunque mi fixer intentaba constantemente sondear con sus fuentes si en algún lugar estaba pasando algo digno de registrarse, nos fuimos tras el primer día con las manos vacías.
Solo de camino a nuestra base en Apatzingán vimos todavía a dos o tres decenas de soldados del Ejército y de la Guardia Nacional apostados en una gasolinera y luego recogiendo con prisa para marcharse a un destino desconocido. No logramos averiguar nada al respecto, así que en Apatzingán esperamos a ver si algo ocurría durante la noche.
En el hotel del centro cenaban decenas de personas vestidas con camisetas del color del partido gobernante Morena y con la inscripción Plan Michoacán en la espalda. Salimos a cenar a la ciudad. Nada indicaba que ese fuera precisamente el epicentro de las luchas entre cárteles. Incluso el palacio en la plaza, contra el que unos días antes se había volcado la ira concentrada de los habitantes tras la muerte de Manzo, parecía de pronto casi intacto.
Cenamos unas excelentes chavindecas directamente en la calle y no se me habría ocurrido que este fuera el lugar del terror. Al mismo tiempo, sin embargo, tenía claro que lo que veía —o más bien no veía— a nuestro alrededor era solo como una débil curita sobre una herida profunda y supurante que no se curará con detener la hemorragia de forma temporal. Hace falta una desinfección profunda de toda la zona. Sin ella, la herida no sanará.

Las verdaderas heridas
A pesar de la aparente calma de aquellos días, no había duda de que nos encontrábamos en una zona donde la violencia se ha convertido en parte cotidiana de la vida.
Lo comprobé por primera vez ya el lunes —el primer día de mi viaje— unos cinco minutos después de llegar a Apatzingán. Nos detuvimos en un puesto de tacos a las afueras de la ciudad para desayunar. Empezamos a conversar con el dueño, hombre de unos 60 años. No pasó mucho tiempo antes de que él mismo empezara a hablar de que su hijo estaba desaparecido. Faltaban solo unos días para el cuarto aniversario de su desaparición. Aquella vez el hijo Ramón Gómez Hernández regresaba a Apatzingán desde Guadalajara, adonde había llevado a unas personas al aeropuerto.
„Pues ahí lo busqué y busqué. Mi hijo es una persona que no toma, no fuma y puro trabajo. Y ya cuando fuimos a declarar aquí a Fiscalía, lo primero que nos dicen era: ‚Su hijo andaba de halcón, delincuente.‘” Todo al lugar de que hagan ellos: a ver, vamos a hacer esto, vamos a buscarlo, vamos a algo,“ dijo su padre, Epigmenio.
Se quejó de la ayuda limitada de las autoridades:
“Se nos ha complicado mucho porque ahora se salió el otro comisionado que estaba ahí en la ciudad y que nos apoyaba batallando. Y este que está ahorita no nos quiere apoyar, puros problemas, puras promesas, que no tiene gastos, que no le han dado nada y ahorita pues aquí andamos, un negocito vendiendo comida para sacar para las búsquedas, porque de todos modos nosotros vamos a buscar hasta que lo encuentren, porque mi hijo está vivo”, añadió.
Para recuperar a su hijo daría todo:
“El dinero no es la felicidad de la vida, la felicidad son sus hijos. Yo diera todo lo que tengo por tener a mi hijo aquí junto conmigo. Todo, todo, todo. Porque era mi brazo derecho, también de mis hijos, de otros hermanos, de su hermana, de mi señora. Nos destrozaron la vida. Yo te doy todo lo que yo tengo por tener a mi hijo junto conmigo”, sollozaba.

También recordó al asesinado Carlos Manzo, con quien se habían reunido en Uruapan:
“Nunca nos dejó atrás, siempre nos daba, nos daba todo. Era el brazo de nosotros. Era un señor la verdad de buen corazón. Porque él nos daba ánimos, nos fortalecía, él nos decía: ‚No se rajen en sus búsquedas, busquen a sus hijos, sean como sean, búsquenlos. Yo los voy a apoyar en lo que yo pueda.‘ ¿Pero mira qué pasó? ¿Dónde está? ¿Dónde está el hombre? Ahora sí, es triste esto de estos gobiernos que estamos viviendo aquí en Apatzingán, México. No sabemos, la verdad, que le estamos dejando a nuestros hijos y nietos – un país lleno de delincuentes”.
Epigmenio no quiso cobrarnos los excelentes tacos. Tomamos la carretera hacia Buenavista y nos dirigimos a La Ruana.

Mora: El gobierno estatal dejó entrar los delincuentes
La plaza al mediodía parecía desierta. Las tiendas estaban cerradas o sin movimiento alguno. Bajo una banca en el parque descansaba un hombre descalzo, pero podía estar muerto, quién sabe. Guadalupe Mora, jefe de tenencia de La Ruana y hermano del asesinado Hipólito Mora, fundador de los Grupos de Autodefensas, me aseguró que no se trataba de ninguna escena fuera de lo normal. Sin embargo, insistió en que la situación de seguridad en la zona es crítica.
“Está muy mal la inseguridad. Ya tenemos aquí el cártel de Los Viagras, esos los habían corrido, pero ya volvieron a entrar y ya empezaron a hacer sus chingaderas”, me dice.
“¿Y este gobierno que está aquí? Este gobierno no está haciendo nada por correrlos, por sacarlos o por detenerlos. No están haciendo nada. Absolutamente”, añade en dirección al gobierno del estado de Michoacán.
¿Por qué? pregunto…
“Pues todos los aquí en La Ruana nos preguntamos lo mismo. Puede ser que a lo mejor ellos los dejaron entrar. A Los Viagras. Eso es lo que estamos pensando nosotros”, sugiere.
Durante nuestra conversación volvió a hacer un llamado al gobierno federal, en concreto a Omar García Harfuch, para que acudiera a ver con sus propios ojos la gravedad de la situación:
“Ojalá venga y escuche. Escuche al pueblo. No a mí, al pueblo. Para que vea. Sepa cómo está la situación, principalmente ahora que entraron los Viagras. Ya van a empezar a cobrar cuota de todo, hasta de la canasta básica”, afirmó. Y si el gobierno no va a venir a comprobarlo, que al menos refuerce la seguridad: “No queremos ningún cartel aquí en La Ruana, no queremos ninguno y es lo que hace falta, que limpien, porque esto no lo están haciendo”.
Añade que al Plan Michoacán le desea lo mejor, que ayude a mejorar la situación:
“Ojalá que sí, que funcione bien, porque si no funciona, pues va a ser la misma. Pero yo pienso que sí va a funcionar porque ya se ve, que si hicieron algo ya por lo de Carlos”.
De camino desde La Ruana nos paramos aún frente a una lujosa villa devastada. En la entrada hay un automóvil completamente quemado, y el arco y el pórtico de acceso están ennegrecidos por el fuego. Las ventanas de la casa están acribilladas y las puertas de par en par. Entramos. En el lugar encontramos decenas de impactos de bala en las paredes y en las columnas de estilo romano. Hay vidrio por todas partes, muebles destrozados, solo algunos restos dañados de la vida de lujo que probablemente se llevaba allí. Sobre la mesa de billar hay vasos a medio terminar, en la cocina botellas de whisky Buchanan’s, en el jardín cubierto de maleza otro coche destruido y una alberca vacía.


En los periódicos leo que se trataba de una villa: „Esta lujosa finca era usada por un líder de la delincuencia organizada, y ha sido hogar de capos en distintos momentos,“ dice Informa Oriente. El junio pasado fue baleada y quemada en medio de una serie de enfrentamientos nocturnos.
“La violencia nocturna que es habitual pero que anoche se intensificó, prendió las alarmas entre los habitantes, cuyos pedidos de auxilio fueron ignorados como siempre por las autoridades. El temor de los cuerpos de seguridad y Fuerzas Armadas a emboscadas nocturnas, da pie a que los grupos hagan de La Ruana su campo de batalla al cobijo de la oscuridad”, continuaba el artículo.
Documento todo rápidamente; aquí no es prudente quedarse mucho tiempo. Ahora ya estaba claro que aquella calma repentina era más bien un silencio en medio de la tormenta.

Vehículos blindados y narcomanta
Volvamos a la dotación del retén del inicio del texto, adonde llegamos temprano el martes por la mañana desde Apatzingán tras la visita del lunes a Guadalupe Mora en La Ruana. Nos levantamos antes del amanecer para tener buena luz para fotografiar los limoneros. Sin ellos, esta historia no estaría completa.
Cuando nos detenemos en el retén y esperamos a que nos den permiso para fotografiar, mi fixer les mostraba, para distender la situación, que justo en estos lugares asesinaron a Bernardo Bravo, presidente de la Asociación de Citricultores en Apatzingán.
Los soldados fueron muy amables. Muy jóvenes y muy amables, profesionales. Duros, pero se percibía empatía y también disciplina. Pero también que eran nuevos en la zona. Parecían sorprendidos. Según dijeron, habían llegado hacía poco: “Aquí está tranquilo, desde que estamos nosotros”, me dijo uno de ellos.
De nuevo esa calma aparente. Y, al mismo tiempo, todos sabíamos que era solo de fachada. Desde allí mirábamos hacia las montañas a lo lejos, donde supuestamente se libraban los combates reales. Están minadas, operan allí sicarios entrenados, supuestamente no solo de México. Cada vez tengo más la sensación de que este despliegue de retenes no los va a expulsar.

Nuestros documentos pasaban de unas manos de miembros del Ejército Mexicano a otras de mayor rango. Finalmente regresó el capitán de la unidad, no mucho mayor que los muchachos de la primera línea, y autorizó que tomáramos fotografías. En ese momento, otros hombres armados se desplegaron en posiciones. Ya había comenzado el tráfico matutino y camionetas maltrechas llegaban en ambos sentidos. Los soldados, colocados a varios metros de distancia unos de otros, les indicaban dónde detenerse para la revisión de seguridad. Luego bajaban a los ocupantes del vehículo, los registraban, revisaban los papeles y los dejaban seguir.
De nuevo, no presenciamos ningún drama mayor.
Desayunamos rápidamente en Buenavista, justo a la orilla de la carretera principal. Mientras el maestro taquero nos aseguraba que la situación estaba tranquila y que no tuviéramos miedo de volver a comer al día siguiente, detrás de nosotros pasaron dos humvees militares pesados con soldados armados con armas largas y una ametralladora lista. “Un poco más adelante incluso vimos un vehículo blindado militar con tronera, el conocido, monstruo”.
Seguimos avanzando, esta vez por la carretera que sale hacia el norte. Por fin un indicio de drama. Cuando subimos por encima de la ciudad, llegó la noticia de que en Buenavista habían encontrado una narcomanta, supuestamente firmada por el CJNG, asegurando su presencia. Pero las autoridades ya la habían retirado.

Por encima de la ciudad encontramos luego una comandancia de policía acribillada y, apenas unas decenas de metros más allá, en la salida de Buenavista, de pronto se detuvieron más vehículos de la Guardia Nacional y del Ejército y se desplegaron en el área de una gasolinera.
Esta vez no quisieron dejarnos fotografiar sin más; nos indicaron a qué distancia debíamos mantenernos. Desde lejos fotografiamos cómo detenían el tráfico y revisaban a todos los que pasaban. De nuevo, todo transcurrió sin hallazgos importantes.
Cuando seguimos más allá de la gasolinera, hacia donde habían desaparecido dos vehículos de la Guardia Nacional, nos enteramos de que solo habían ido a dar escolta a funcionarios que, en el marco del Plan Michoacán, estaban haciendo un censo y recorriendo las casas con un cuestionario sobre lo que les hacía falta. Tampoco aquí conseguimos nada.

¿De verdad está tranquilo?
Estoy de vuelta en Morelia y disfruto de la sensación de haber regresado de lugares ante los que muchos me advirtieron. Una sensación maravillosa de regresarse sin daños. Sin embargo, regresé de lugares donde, en ese momento, en lugar del ruido de las ametralladoras, reinaba un silencio ensordecedor.
¿Qué puedo decir? Vi un lugar que se ha convertido en rehén de las luchas entre grupos del crimen organizado y también —según lo que me dijeron los locales— de las élites políticas. Un lugar donde la ley existe solo sobre el papel, pero el poder real la esquiva a su antojo. Un lugar donde quienes más pagan todo esto son los más humildes.
El gobierno de la presidenta Sheinbaum presentó unas semanas después los resultados del Plan Michoacán: 307 personas detenidas, 159 armas de fuego aseguradas, más de 13 mil cartuchos, 636 cargadores, 190 artefactos explosivos, 53 kilos de material explosivo, 79 kilos de marihuana, 766 kilos de metanfetamina.
Pero, en palabras de la película mas clásica checa: ¿Será suficiente?
No lo creo. Sin duda es bueno que algo esté ocurriendo. Aunque para ello haya tenido que contribuir la muerte martirial de un político que, como pocos, tenía buenas intenciones con su región. Aun así, todo el problema está arraigado en otra parte y probablemente, tras este aparente descenso, volverá a salir a la superficie en otro lugar.
Al final, para mi reportaje ni siquiera tuve que ver tiroteos y explosiones para entender, a partir de los relatos de los habitantes y de la observación del entorno, que aquí el mañana no está garantizado. Y que los locales son rehenes de una guerra invisible que nadie declaró oficialmente, pero en la que cada día hay que luchar por sobrevivir.

Todavía duele
Permítanme un último recuerdo al final. Cuando, antes de regresar a Morelia, cerrábamos nuestro recorrido por Tierra Caliente con una visita al memorial de Carlos Manzo en Morelia, entablamos conversación con una señora que cobraba el estacionamiento.
Cuando empezó a hablar del alcalde al que quería tanto, tenía lágrimas en los ojos. „Todavía duele,“ se secaba las lágrimas: “Cuando murió, mucha gente lloró. De todos modos lo mataron los políticos, los criminales lo dejaban en paz”.
Que descanse en paz.




