Aguas

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

«Agua que no has de beber, déjala correr», dice el dicho popular. Las autoridades encargadas del servicio de agua potable en la Zona Metropolitana de Guadalajara también recomiendan dejar correr el agua sin beberla y, de preferencia, sin siquiera olerla: no hay que usarla para lavarse los dientes, mucho menos para cocinar, de preferencia ni siquiera para bañarse: el agua en la ciudad apesta y el Sistema Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado, el SIAPA, apesta todavía más: huele a muerto.

En los días recientes ha sido tema de conversación la pésima calidad del agua potable que llega hasta los domicilios de la zona metropolitana. Si en la primaria nos enseñaron (aunque no sea cierto) que entre las propiedades del agua se encuentran que esta es incolora, inolora e insípida —sin color, sin olor y sin sabor, pues—, acá estas tres condiciones son opcionales: desde hace ya varios años son recurrentes las denuncias porque el agua de la llave sale —cuando sale, claro— tan café que parece de tamarindo; por si esto fuera poco, en estos días comenzaron a crecer los reportes de agua que, además de verse turbia, también huele mal. El agua de Guadalajara falló en la prueba del color y del olor, y no creo que haya alguien tan valiente para arriesgarse a hacer la prueba del sabor, pero estoy casi seguro de que sabe mal. No pienso comprobarlo.

Los reportes recientes han vuelto a poner el foco de atención sobre una de las instituciones públicas más desprestigiadas de la vida pública en Jalisco. Ya se ha dicho muchas veces en diferentes espacios que el SIAPA es visto como una caja chica y agencia de colocación, sin importar el membrete que encabece el gobierno. Para muestra, el reciente caso de Elizabeth Castro, quien figuraba y cobraba como “asesora técnica” sin tener licenciatura y mucho menos el perfil para el cargo. La nota más reciente sobre ese caso, de hace unos días, informa que la susodicha ha pedido que se anule el procedimiento en su contra que se sigue en el Órgano Interno de Control del SIAPA porque, en todo caso, la culpa de que ella estuviera ahí usurpando funciones es de quien la contrató.

Este es apenas uno de los muchos absurdos que ocurren en la dependencia. Otro tiene que ver con la cartera vencida: el SIAPA tiene un problema severo para cobrar. Es tan absurdo todo, que contrataron empresas privadas para realizar la cobranza. El año pasado supimos que el ejercicio no sólo no funcionó, sino que salió contraproducente: además de no recuperar los 17 mil 700 millones de pesos a los que ascendía la cartera vencida el año pasado, el SIAPA fue sentenciado a pagar casi 20 millones de pesos al despacho de cobranza.

El SIAPA necesita una reingeniería urgente. Desde hace mucho. El problema es que para los gobiernos la urgencia es relativa. Si ustedes van a su navegador favorito y buscan “plan reestructura SIAPA” encontrarán entradas de agosto, de septiembre, de octubre del año pasado. “Lemus presentará plan de reestructura del SIAPA”; “Pablo Lemus alista reestructura profunda del SIAPA”; “Diputados del PRI presentan plan para reestructurar al SIAPA”; “Avanza reestructura del SIAPA; presentará Lemus proyecto la próxima semana”. La nota más “optimista”, del 3 de octubre de 2025, afirma en su titular “Presentarán en 10 días la reestructura del SIAPA”. Creo que ya andamos por los 150 días y seguimos sin conocer el plan de reestructura. Discursos y saliva aparte, en los hechos queda claro que muy urgente no es. No, al menos, para quienes tienen el poder de decisión.

Lo complicado es que el problema no sólo está dentro del SIAPA, sino también afuera. Es decir, no sólo hay que hacer una reestructura organizacional, sino que es necesario atender una serie de rezagos que tienen que ver con el servicio: la infraestructura de la ciudad es cada vez más insuficiente y la que hay, es cada vez más obsoleta. Insuficiente, porque la voracidad inmobiliaria avanza sin control y sin tomar en cuenta el equipamiento de servicios, incluido el del agua potable; obsoleta porque es vieja y no ha recibido el mantenimiento debido en muchos años. Esto, además de provocar que el agua se desperdicie por las fugas y que se contamine en el camino, hace más complicado que se atienda el problema con la velocidad que se necesita. Eso y que nadie le quiere entrar porque mantener la infraestructura es caro, molesto y no se ve: invertir en drenajes y tuberías es meterle dinero a obras que van a estar bajo tierra, y cuando las políticas públicas están pensadas en inaugurar obras y subir videos para poder ganar elecciones, una obra subterránea que nadie va a ver no es tan atractiva. 

En tiempos de calentamiento global, el abasto de agua potable de calidad para la ciudadanía debería ser un tema primordial: las sequías van a ser cada vez más severas. Pero lo cierto es que no lo ha sido a lo largo del tiempo y no lo va a ser ahora, por más que Lemus y compañía gasten saliva: ahorita toda la voluntad y la atención está puesta en el Mundial. Y eso es todavía más patético: vamos a recibir turistas de todo el mundo a una ciudad con calles llenas de hoyos, con espacios públicos lamentables —qué patético hallazgo ha sido ver el estado en el que está la “remodelación” del parque Rojo— y, ahora, con un pésimo servicio de agua potable: quienes llegan abrirán el grifo para encontrarse con agua sucia y pestilente. Qué pena con la visita.

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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