Oxímoron
Por Andy Hernández Camacho coordinadora de La Mamá Cósmica / @lamamacosmica
Ilustración: Open AI
Hay cansancios que una aprende a disimular muy bien.
Se acomodan en la espalda, en la mandíbula apretada, en la forma en que una revisa el celular mientras intenta estar presente en otro lugar. Se esconden detrás de frases como “todo bien”, “ahí vamos”, “ya sabes”. Se vuelven parte del paisaje. Sobre todo en la maternidad. Sobre todo cuando la vida cotidiana está hecha de pendientes invisibles, de atención constante, de una hipervigilancia que no se apaga aunque una esté sentada, aunque una sonría, aunque por fin haya logrado salir de casa.
Pensé en eso durante un pequeño taller que compartí con madres de niñeces neurodiversas.
Digo pequeño por el formato. Por el número de asistentes. Pero no por lo que ahí pasó.
Porque a veces basta una ronda de sillas, café servido a medias y unas cuantas mujeres llegando con el cansancio todavía puesto en el cuerpo para que ocurra algo inmenso: que una hable y otra entienda. Que una madre diga en voz alta algo que ha tenido que cargar casi sola y que, del otro lado, varias cabezas asientan con esa mezcla de reconocimiento y alivio que no necesita demasiadas palabras. Que por un momento deje de ser necesario traducirse tanto. Que por un momento no haga falta justificar el agotamiento.
Y eso, cuando se trata de madres de niñeces neurodiversas, pesa distinto.
Porque además del trabajo invisible que atraviesa casi cualquier maternidad, muchas de nosotras también tenemos otra tarea: traducir. Traducir a nuestras hijas e hijos para un mundo que sigue demasiado cómodo con la norma. Traducir necesidades, ritmos, modos de habitar el cuerpo, de procesar el entorno, de regularse, de comunicarse. Traducir una y otra vez lo que para una ya es evidente, pero para otros parece requerir explicación infinita. A veces frente a la familia. A veces frente a la escuela. A veces frente a especialistas. A veces frente a desconocidos. A veces, incluso, frente a personas que supuestamente están ahí para acompañar.
Traducir desgasta.
Desgasta porque no se trata solo de información. Se trata de sostener, anticipar, defender, explicar, repetir, contener, mediar. Se trata de vivir con una parte del cuerpo siempre alerta. De prever estímulos, crisis, comentarios, cambios de rutina, juicios ajenos, puertas que no terminan de abrirse. Se trata también de navegar sistemas que llegan tarde, llegan poco o llegan exigiendo a las familias una energía que ya está bastante comprometida.
La Organización Mundial de la Salud ha advertido que niñas, niños y jóvenes con neurodivergencias suelen enfrentar diagnósticos tardíos, listas de espera largas, falta de información y estigma, mientras gran parte del sostén cotidiano sigue recayendo en las familias.
Pero una cosa es saberlo y otra escucharlo en voz de otras madres.
Escucharlo en una mujer que nombra el agotamiento de vivir explicando. En otra que habla del miedo a ser juzgada. En otra más que pone en palabras esa mezcla tan difícil de desarmar: amor, cansancio, culpa, vigilancia, ternura, sobrecarga. Escucharlo en plural cambia algo. Porque lo que en soledad se siente como falla personal, en colectivo empieza a recuperar contexto.
Y eso me parece una de las potencias más hondas de la juntanza.
No solo nos reúne: nos devuelve proporción.
Nos recuerda que no todo lo que duele en la maternidad se explica por falta de paciencia, organización o capacidad personal. Nos recuerda que hay estructuras enteras descansando sobre el sacrificio privado de las mujeres. Que muchas veces la red no existe o existe a medias. Que el sistema sigue individualizando el cuidado como si cada casa tuviera que resolver sola lo que en realidad debería ser una responsabilidad compartida.
En México, esa sobrecarga tiene números. La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo reportó que, en el cuidado de personas con enfermedades crónicas, discapacidad o dependencia, las mujeres dedican en promedio 23.8 horas semanales, frente a 13.1 horas de los hombres. Y la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados mostró que, entre las personas con discapacidad o dependencia, apenas 3.3% asistió a un centro de cuidados, mientras 33.3% requeriría cuidado adicional al del hogar. Es decir: gran parte del cuidado sigue resolviéndose en casa, y demasiadas veces sobre los hombros de las madres.
Quizá por eso estos espacios conmueven tanto. Porque por un rato rompen la ficción de la madre que puede sola. La madre que resuelve sola. La madre que nunca se quiebra, nunca duda, nunca se cansa demasiado, nunca necesita más de lo que supuestamente ya tiene. Esa figura, además de injusta, es cruel. Y cuando hablamos de maternidades atravesadas por la neurodiversidad, esa crueldad se vuelve todavía más evidente.
No porque estas maternidades sean menos bellas. Sino porque suelen ser más exigidas, más observadas, más puestas a prueba por entornos que siguen midiendo lo valioso desde estándares estrechos. Y porque muchas madres terminan haciendo trabajo emocional, pedagógico, administrativo y de cuidado intensivo al mismo tiempo, sin que eso sea reconocido realmente como una forma de sobrecarga.
La salud mental también resiente ese aislamiento.
Diversos estudios han encontrado niveles más altos de estrés, soledad y depresión en madres y padres de niñeces autistas en comparación con quienes no están en esa situación.
Leer esos datos estremece. Pero también ayuda a desmontar una mentira muy instalada: la de que el amor alcanza para todo.
No. El amor no sustituye red.
La paciencia no reemplaza descanso.
La entrega no corrige la ausencia de apoyos.
La voluntad no debería ser la única política pública disponible para tantas madres.
Por eso me importa tanto insistir en la juntanza. Porque no es un lujo emocional. No es “algo bonito” que hacemos cuando sobra tiempo. No es un extra. Es necesidad. Es refugio. Es una forma de cuidado. Y también, aunque a veces no usemos esa palabra, es una forma de resistencia.
Resistencia a la lógica que nos quiere aisladas y eficientes. Resistencia al mandato de la autosuficiencia femenina. Resistencia a esa idea de que la buena madre es la que aguanta más sin pedir nada. Resistir, a veces, también es esto: hacer espacio para encontrarnos. Llegar cansadas pero llegar. Sentarnos en ronda. Escuchar sin corregir. Nombrar lo que pesa sin miedo a desentonar. Compartir estrategias, dudas, rabias, hallazgos, recursos, silencios. Decir “yo también”. Decir “acá pasa igual”. Decir “no estás sola”.
Y no, eso no resuelve por sí mismo la precariedad de los cuidados, ni el capacitismo, ni la falta de apoyos institucionales, ni el agotamiento acumulado. Pero cambia la textura de la carga. La vuelve compartible. La vuelve más habitable. A veces, honestamente, eso puede ser la diferencia entre sostenerse un día más o sentir que una se desborda por completo.
También hay algo más ocurriendo ahí: un saber que circula.
Las madres de niñeces neurodiversas vamos desarrollando un conocimiento minucioso, afinado, profundamente encarnado. Sabemos leer señales que otros no notan. Sabemos detectar saturaciones, variaciones, miedos, necesidades, microcambios en el ánimo o en el cuerpo. Sabemos acompañar transiciones que desde fuera parecen pequeñas pero por dentro exigen muchísimo. Sabemos negociar con el mundo para hacerlo un poco más habitable para nuestras hijas e hijos. Y, sin embargo, demasiadas veces ese saber sigue siendo tratado como secundario frente a discursos más técnicos o institucionales.
La juntanza también hace algo con eso: devuelve peso a ese saber..
No un peso rígido, sino uno más honda. El que confirma que lo vivido enseña. Que lo sostenido produce conocimiento. Que la experiencia compartida vale. Que una madre puede encontrar en otra no solo consuelo, sino comprensión concreta. Estrategia. Lenguaje. Horizonte.
Eso me parece bellísimo.
Y profundamente político.
Porque en una cultura que insiste en fragmentarnos, encontrarnos sigue siendo un gesto radical.
Tal vez por eso estos espacios dejan eco. No terminan del todo cuando se levantan las sillas. Algo sigue después. Sigue en el mensaje que una se anima a mandar más tarde. Sigue en el grupo que se arma. Sigue en la confianza de saber que hay otras. Otras que entienden esa mezcla extraña de amor inmenso y cansancio inmenso. Otras que conocen el trabajo de traducir al mundo sin romantizar lo que cuesta. Otras que pueden decir “aquí estoy” y hacer que esa frase no suene vacía.
Eso fue, para mí, lo más valioso de aquella mañana: no solo lo que cada una dijo, sino lo que entre todas se volvió posible.
Un pequeño desplazamiento del peso.
Una forma de repartirlo.
Una pausa en la intemperie.
En tiempos donde tanto se insiste en individualizar el cuidado, quizá habría que hablar más de esto: de la necesidad urgente de construir espacios donde las madres puedan llegar completas. Con su cansancio y su ternura. Con sus contradicciones. Con sus preguntas. Con su experiencia. Con sus ganas también de reírse un poco. Espacios donde no haya que pedir perdón por necesitar apoyo. Donde el cuidado deje de ser una condena silenciosa y empiece a reconocerse como tarea colectiva. Donde la red no sea un ideal bonito, sino una práctica concreta.
A veces pienso que una parte importante de la vida tendría que parecerse más a eso: a encontrar a las personas con quienes podemos bajar un poco los hombros.
La juntanza no borra lo difícil. No corrige de golpe las ausencias. No elimina el cansancio ni resuelve todo lo que falta. Pero sí fisura la soledad. Sí devuelve aire. Sí recuerda algo que no deberíamos olvidar: que maternar no tendría que ser una experiencia tan dura por falta de red. Y que cuando una madre encuentra otras manos, otras voces, otros cuerpos capaces de comprender sin exigir explicación infinita, algo en ella respira distinto.
Esta columna está dedicada a las madres de niñeces neurodiversas que seguimos resistiendo desde la juntanza: a las que llegan cansadas y aun así llegan; a las que sostienen mucho y todavía hacen espacio para otra; a las que comparten información, escucha, estrategias, abrazo y verdad; a las que han convertido el encuentro en refugio, trinchera y posibilidad. Que nunca se nos olvide que cuando nos reunimos la carga no desaparece, pero cambia de forma. Y a veces, justo ahí, en ese pequeño apapacho colectivo es donde encontramos la fuerza para seguir.



