Texto y fotografías por Anashely Elizondo / (@anashely_elizondo)
¿Cuántas crisis es capaz de sostener un gobierno antes de llamarse a sí mismo incompetente? Lo pregunto porque en Jalisco existen muchas; crisis en seguridad, con ataques de grupos criminales que pueden llegar a tomar la ciudad a su antojo un domingo cualquiera, también claro, los miles y miles de desaparecidos, cuyos rostros en las paredes incomodan a quienes nos gobiernan; crisis hídrica, la culpable de que de nuestras llaves salga agua turbia, tóxica y de que cientos de colonias dentro del estado no cuenten con este servicio básico; crisis en el transporte público, con rutas insuficientes, camiones viejos, trenes ligeros incompatibles, distancias a pie inadmisibles y precios elevados; crisis de la vivienda, con rentas que superan, por mucho, el salario de los habitantes, con casas que se construyen para nadie, impagables, lejanas y poco apropiadas.
¿Cuántas crisis son necesarias para que el gobernador Pablo Lemus deje de sonreír en sus videos y presuma una ciudad que sólo existe en su europeizada consciencia?
Presume, sin pena, los arreglos sosos de la Glorieta Minerva, la remodelación, infestada de urbanismo blanco, del Parque Rojo, los relojes que contabilizan, día tras día, los pocos días que faltan para que nuestra ciudad sea una sede mundialista.
¿Cuántas crisis puede aguantar el tapatío? Que vive la primavera con incendios, el verano con inundaciones, el otoño con pena y el invierno con hartazgo, ¿Acaso es posible seguir estirando la paciencia qué le tenemos a quiénes no pueden garantizarnos los derechos más básicos de un ciudadano: agua, seguridad, vivienda, transporte?
El hartazgo se ha convertido en nuestro enemigo, el cansancio y la resignación en los aliados favoritos de quiénes saben que los reclamos pueden cesar con violencia y represión, y sin embargo, se mueve. Convirtamos esa rabia en colectividad, en cercanía con el otro, en unión y exigencia. Pidamos que aquellos que posan para las fotos en inauguraciones intrascendentes sepan que le deben su salario a un pueblo que les entregó lo más valioso: su voto y sus impuestos, fruto del trabajo del obrero, del académico, del trabajador cansado.
Exijamos pues, que los lujos del mundial pasen a segundo y plano. Que la memoria nos haga recordar que la unidad es lo que más temen. Que no nos tiemble la voz para denunciar todas las crisis, para pedir un cambio, para vivir en paz.



