La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
Desde el pasado 8 de marzo, el parque De la Revolución —mejor conocido por casi todo el mundo como el Rojo— ha sido un tema de conversación recurrente. Ese día, uno de los contingentes de las marchas feministas retiró una parte de la valla que impedía el acceso al parque, revelando que los presuntos trabajos de remodelación no existían. O, en todo caso, eran insignificantes considerando que el parque estuvo cerrado durante casi un año y en él se invirtieron cerca de 20 millones de pesos. Cuando la valla cayó, fue imposible no sospechar que la “remodelación” fue apenas un pretexto para desalojar el espacio e impedir su uso de cara al Mundial de Fútbol. Hoy, al ver el resultado final y con el anuncio de que no se permitirá el comercio en él, la sospecha está más que confirmada.
Los 20 millones de pesos que costó la intervención en el Rojo se suman a los 70 millones que se gastaron en la Minerva y a los casi 200 millones que se usaron en la plaza Liberación. ¿Eran necesarios esos trabajos? Posiblemente. ¿Eran urgentes? Me atrevo a afirmar que definitivamente no. Estoy seguro que la ciudad y el estado tienen temas prioritarios a los que les habrían venido bien los cerca de 300 millones de pesos, que en lugar de eso fueron “invertidos” para diseñar espacios que resulten instagrameables durante el Mundial. Vendrán turistas, se tomarán las fotos y se irán, pero los temas que han venido siendo postergados y que se han quedado sin recursos seguirán ahí por mucho, mucho tiempo.
Ahora bien, el tema del parque Rojo ha servido para difundir, sin asomo de vergüenza, toda clase de argumentos clasistas y discriminadores, con cualquier cantidad de ofensas y descalificaciones contra las personas que de un tiempo para acá usaban el lugar los sábados por la mañana y parte de la tarde para vender un sinfín de mercancías. Basta asomarse a cualquier publicación en la red social de su preferencia para constatarlo.
Como buena parte de las personas, yo no soy usuario del parque. Para mí siempre ha sido un espacio de tránsito, excepto una vez que me senté un par de horas a observar lo que ahí pasaba y terminé escribiendo una crónica que se publicó en una revista que ya no existe y de la que ya no queda registro hemerográfico en la red. En su época reciente lo he visitado un par de veces y me encontré con un lugar vivo y diverso. Recorriendo los puestos di con una mesa de libros de viejo que tenía uno de los mejores catálogos con los que me he topado y en el lado que colinda con López Cotilla había un foro improvisado que prestaba micrófonos y amplificadores a bandas tan disímiles como las personas que se congregaban a escuchar.
Los domingos, el Rojo también tenía una vida muy activa. Desde la creación de la Vía RecreActiva se constituyó como una parada indispensable dentro del eje Javier Mina-Juárez-Vallarta, al que luego se sumó la ruta que se habilitó por Federalismo. Cientos de personas se congregan ahí para realizar diferentes actividades, o incluso para descansar antes de continuar el recorrido hacia el oriente o hacia el poniente de la ciudad. Hace algunos años, mientras recababa firmas para la precandidatura de Marichuy, pude presenciar una de las épicas batallas de freestyle que ahí se realizaban.
Entre semana, el lugar tiene una vida diferente: mientras cientos de personas hacen fila para abordar las diferentes rutas del transporte público, otras descansan en las bancas o de plano se duermen —o se dormían, pues— en los jardines. También era común ver parejas demostrándose afecto con expresiones de todos los tonos y personalmente salí de algún apuro cuando fumaba y el síndrome de abstinencia me atacaba por sorpresa: siempre había mesitas de dulces con cigarros listos para resolver cualquier crisis y una vez incluso compré un tamal para poder cambiar un billete. Es, también, un espacio para la memoria: por el lado de Pedro Moreno se encuentra el memorial dedicado a las víctimas de feminicidio.
Resultaría muy ingenuo pensar que todo era perfecto y armónico. Seguramente había mafias controlando las diferentes vendimias y el tianguis espontáneo de los sábados, donde luego de caminar cinco minutos entre los pasillos era imposible no terminar horneado por el humo de la marihuana. El parque también ha sido históricamente conocido por ser un punto de prostitución, cosa que era un (no tan) secreto a voces.
Aun con estos bemoles, el parque Rojo ha sido desde hace mucho tiempo un espacio público que la gente se ha apropiado para su uso y disfrute. Por eso, me llaman la atención las voces que celebran el blanqueamiento del lugar y que, al parecer, aceptarían gustosos que el parque se cubriera como si fuera una pecera, para que se vea “bonito” aunque nadie lo use, mucho menos gente que no cumpla con los estándares de la gente biempensante.
Lamentablemente para esa gente, así no funcionan los espacios públicos, que en su esencia están concebido precisamente para usarse y, sí, deteriorarse y, claro, recibir mantenimiento. Antes que pensar en restringir su uso, quizá, sólo quizá, sería más importante trabajar en campañas para que las personas, todas las personas en toda su diversidad, nos involucremos en el cuidado del lugar, sin que esto signifique prohibir su uso. A nadie. Que las personas que sólo pasan por ahí lo cuiden, como también deberían hacerlo quienes hacen deporte los domingos y quienes acuden a la vendimia de los sábados. Y que las autoridades hagan lo que tengan que hacer para garantizar la respetuosa convivencia y el uso responsable del lugar. Es, repito, una tarea de todos y todas. Pero involucrarnos activamente es algo de lo que más nos cuesta.
Personalmente, prefiero un parque vivo y habitado antes que un spot de Instagram con plantas de ornato que seguramente en dos meses ya van a estar secas —como los magueyes de la Minerva— porque las van a regar con agua que no sirve porque los recursos se fueron como agua.


