En la colonia San Rafael, el aroma a pan recién horneado va más allá de una invitación al consumo; es una declaración de principios. En una Ciudad de México marcada por la especulación, la cooperativa Vendaval surge como un espacio donde el trabajo no se mide en plusvalía, sino en comunidad y en una herencia política que se amasa día a día.
Por Alan Hernández / @alandjhm y Denisse Ureña / @denisseure_
La estructura y los principios que sustentan la cooperativa Vendaval encuentran su inspiración en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. Para Irene y Ana, quienes son creadoras del concepto, el zapatismo civil no es simplemente una efeméride, sino una brújula ética que guía su forma de relacionarse con el trabajo y el territorio. Esta elección de camino responde a la necesidad de construir una alternativa al margen del Estado y del mercado tradicional, fundamentada en la autogestión y en los principios del “abajo y a la izquierda”.
Este modelo cooperativo que busca transformar las relaciones económicas y sociales desde una perspectiva ética y comunitaria, Irene y Ana lo describen como una identidad política que permite trascender el concepto de una simple empresa, convirtiéndose en un nodo de resistencia. “Vendaval nos da esta visión de es lo que se hace. Para frenar lo que está pasando, sí hay que hacer”, comenta Natalia, la integrante más joven de la cooperativa, resaltando que la organización colectiva es la respuesta material a una izquierda que a menudo se percibe fragmentada.
El zapatismo aporta a su trabajo una metodología basada en la escucha, la horizontalidad y la convicción de que la transformación social comienza asegurando los medios de subsistencia propios. Esta forma de organizarse como sociedades en movimiento resulta vital en un país donde, según datos del INEGI, el sector cooperativo y de economía solidaria ha demostrado ser una red de seguridad frente a la precariedad. Para las mujeres de Vendaval, el zapatismo es el lenguaje que les permite nombrar su derecho a existir y producir sin jefes, recuperando la potencia de su trabajo para evitar que sea robado por un sistema de explotación.

Un modelo de organización vivo
La cooperativa no es una estructura estática, sino un proceso en constante reestructuración que comparan con la naturaleza de la masa madre. No existen mandos verticales, el conocimiento se comparte y las tareas se rotan. “No somos un proceso cerrado… somos un proceso casi como masita: cambia, transforma dependiendo de qué tanto calor le metes, de qué tanto agüita le eches”.
Esta flexibilidad permite que mujeres y disidencias sexogenéricas encuentren un espacio de permanencia en la panadería. Esta construcción de un sostén colectivo es fundamental si consideramos que, en México, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), más del 50% de la población ocupada se encuentra en la informalidad. Vendaval transforma esta precariedad creando un espacio donde la vulnerabilidad económica no se vive en aislamiento, sino a través del apoyo mutuo.


Justicia distributiva frente al mercado de lujo
Frente a la oferta de cafeterías de diseño que priorizan la estética y la inversión en mobiliario de tendencia en el espacio de la calidad del producto, la colectiva apuesta por la honestidad en sus insumos. Esta postura ética se traduce en una propuesta de justicia distributiva que desafía la lógica comercial del barrio. La cooperativa busca que el pan de alta calidad no sea un privilegio de clase, planteando una estrategia de subsidios cruzados: vender a precios de mercado en zonas de alta plusvalía para sostener un costo accesible en la San Rafael. “Procuramos que el pan que hacemos tenga un precio que no nos ponga en absoluto riesgo económico, pero que tampoco represente algo inaccesible para la gente”, menciona Irene.
Esta visión choca frontalmente con la realidad del Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), donde los productos derivados del trigo han mantenido alzas constantes, presionando los márgenes de los pequeños productores. Sin embargo, para Vendaval, el objetivo no es la acumulación, sino que las productoras y sus vecinos puedan acceder a lo que ellas mismas construyen. La lucha contra la alienación del trabajo es central en su modelo. Mientras que en la industria panificadora tradicional el costo de producción puede representar apenas una fracción mínima del precio final a costa de salarios precarios, en la cooperativa cada peso se transparenta. “A nosotras cada peso que cuesta nuestro pan, nos cuesta. Todo lo que entra, sale”, afirman.
Al recuperar el control sobre el proceso productivo, obtienen también su capacidad de alimentarse dignamente. “Queremos nosotras mismas poder acceder a lo que producimos. No solo en términos de que me da para vivir, sino que me da un alimento que yo puedo construir y un sostén en ese otro sentido”, declaran.

El desafío estructural: Las “hijas de la gentrificación”
La organización de Vendaval ocurre en un contexto de despojo urbano. Las integrantes se reconocen como “hijas de la gentrificación”, habiendo llegado a la San Rafael hace 14 años huyendo de los costos de la Cuauhtémoc. Hoy, enfrentan el mismo fenómeno. Según el Directorio Estadístico Nacional de Unidades Económicas (DENUE), los barrios centrales han sufrido una sustitución masiva de comercios locales por servicios de lujo. Por su parte, la Sociedad Hipotecaria Federal (SHF) reporta que el precio de la vivienda y las rentas en la capital han crecido a un ritmo tres veces mayor que el ingreso promedio.
Ana recuerda que al llegar pagaba 3,800 pesos de renta; hoy, los departamentos en la zona superan los 21,000 pesos. Para el colectivo, esto genera un estado de guerra social que divide a los vecinos.
“CONVERTIR AL OTRO EN EL SUJETO DE TU ODIO ES UNA ESTRATEGIA DEL PODER, PORQUE NOS DESVÍA DE MIRAR QUE SE TRATA DE UNA VIOLENCIA QUE ES SISTÉMICA Y ESTRUCTURAL” MENCIONA ANA.

La necesidad de permanecer
A pesar de que la retribución económica es limitada, la cooperativa insiste en que el aprendizaje de décadas de trabajo colectivo debe continuar. Nadie tiene la fórmula perfecta para organizarse, pero ellas eligen comprobar sus hipótesis día tras día frente al horno, enfrentando los desafíos con dedicación y esperanza. En la necesidad de seguir horneando, están trabajando por un mundo donde el pan pertenezca a quien lo trabaja y a la comunidad que lo sostiene, promoviendo valores de justicia y solidaridad.
Mientras la masita sigue reposando y el calor del horno se mantiene encendido, Vendaval sigue siendo ese espacio donde la resistencia y la autonomía se comparten en cada bocado, recordándonos que el verdadero valor de un producto radica en el esfuerzo colectivo y en el compromiso con la comunidad.



