#VocesDelAhuehuete
Sabemos que no es casualidad, que ahí donde hay encuentro, organización, comunidad y memoria, también hay incomodidad para quienes gobiernan.El Parque Rojo no es sólo un parque: era un descanso entre trayectos, un espacio de intercambio, de economía popular, un espacio de encuentro para las disidencias y un punto de partida para múltiples luchas y movilizaciones sociales. Hoy bajo el discurso de la “recuperación” del espacio público, se impone una ciudad “limpia”, “ordenada” y profundamente excluyente. De ello, dialogamos con @brote.doc (IG) sobre los afectos y las emociones en el espacio público, la violencia del despojo y la urgencia de sostener la memoria colectiva.
Por Tonantzin Moya / @huitlacohi (X) / @tonantzin_moya (IG)
El Parque Rojo no estaba abandonado. Estaba vivo.
Y por eso lo vaciaron.
Hay parques lindos, donde todo está en su lugar y el pasto es verde, recortado. Las bancas están limpias, rodeadas por caminos definidos sin basura. Todo está ordenado. Todo es predecible. Todo, aparentemente, es amable con quien lo habita.
Y luego está el Parque Rojo.
Un lugar donde la ciudad se desborda. Donde el conflicto se muestra desde todas sus aristas y se siente la complejidad de la vida social. Las juventudes, las disidencias, las trabajadoras, las buscadoras, los artistas, y quienes no caben en la ciudad ordenada encuentran —o encontraban— un lugar para encontrarse y “disoñar”. El Parque Rojo era un punto de encuentro, memoria viva y territorio de disputa. Eso es lo que más se extraña, ese espacio de convergencia, “Una comunidad preciosa”, como lo recuerda Suprema Siempre, ilustradora que vendía su arte en La Mercadita.

Hoy fue “redefinido” y “reapropiado” por las formas institucionalizadas que buscan resignificarlo. Expropiarlo, diríase, porque quien ha definido la manera de habitarlo ha sido el poder político, sin tomar en cuenta a esa comunidad preciosa que recuerda Suprema. Y quienes lo habitaban, lo extrañan entrañablemente. Como dice Shakty, integrante de la Sociedad de Pintoras y de Brote.doc
“Le lloramos a un espacio que fue nuestro hogar (…) un espacio que fue nuestro espacio seguro aunque tenga una connotación muy distinta”
¿Recuperar significa expulsar?
El cierre del Parque Rojo fue una decisión política que venía muy bien para los intereses de la zona y para la ciudad que se quiere mostrar al mundo con el Mundial de Fútbol. Con el argumento de preservar el patrimonio cultural de la ciudad —que es bellísimo y digno de reconocerse— lo cercaron. Impidieron el paso por casi un año hasta que salió la orden de que no era posible vender en él. Y quitaron juegos infantiles, La Mercadita, pérgolas, y lo volvieron un lugar de paso. Desvinculándolo, o al menos intentando con fuerza, de la protesta social, de la expresión urbana, y de la convergencia de las disidencias.

Ahí salieron marchas del #YoSoy132, de Ayotzinapa, del 8M, de Palestina.
Ahí se organizaron luchas, se construyeron vínculos, se hizo política en el sentido más amplio: el de encontrarse.

Por eso nos preguntamos hasta qué punto fue chulear al parque con la limpieza que necesitaba, y hasta qué punto fue una estrategia. Durante meses, con avances mínimos, el parque permaneció cerrado mientras se desarticulaban poco a poco las dinámicas que le daban vida. Sin Mercadita, sin encuentro, sin resistencias, sin arte, el espacio dejó de ser lo que era.
Se habló de “rehabilitación” del espacio, pero lo que ocurrió fue la expulsión de quienes sostenían la vida del Rojo, seguida de una constante criminalización que observamos en ruedas de prensa y en redes sociales de medios aliados. Narrativas sobre la ciudad, y sobre quienes no caben en ella, que dejaron de esconder los intereses políticos y económicos que guiaron el despojo.

“Al pasar por el Rojo vi como se atrincheraban los murales tras los martillos y cinceles de los trabajadores de obra. Me atreví a mirar por un agujero en el enmallado de metal y acuerpé la impotencia al pensar en la urgencia por la desmemoria que tienen las autoridades”, nos comparte Ale Ávila, transeúnte cotidiana del Parque.
Denis tiene razón, a las autoridades les urge que olvidemos ese espacio y nos quedemos solo con la narrativa que lo nombra como un lugar peligroso lleno de drogas y feministas rabiosas. Incluso, las activistas de Brote.doc han documentado la violencia discursiva con la que han tergiversado y desvirtuado al Rojo y su defensa:
“nos han agarrado historias que les toman captura, las suben de nuevo y ponen tergiversada toda la información, y además con términos bien despectivos como: ‘drogadictos amenazan con volver a recuperar el Parque Rojo’, o feministas” Cuenta Suprema Siempre.
Es desmemoria cargada de desinformación. Quienes nunca se bajaron a habitarlo es fácil que olviden cómo era antes de la reja, pero Brote.doc se ha dedicado a documentar que el parque emanaba vitalidad. Ahí se organizaban marchas, se tejían redes, se vendía para sobrevivir, se pintaban muros, se compartía el tiempo. Ahí convergían estudiantes, personas sin empleo formal, madres solteras, artistas, migrantes, personas sin hogar. Ese espacio ya había sido rescatado y reapropiado por la misma sociedad tapatía, y era uno de los puntos de encuentro real más fuertes que teníamos.

Olvidar el Parque Rojo para revivir el “Parque de la Revolución” —por las razones equivocadas— forma parte de una operación que niega la complejidad urbana, como si la producción de la segregación que ha caracterizado las últimas administraciones no hubiera producido tensiones claras por la desigualdad, y como si los menos favorecidos por este orden social no tuvieran nada que decir, nada qué expresar ni capacidad de organizarse en torno a ello.
Entonces podemos cuestionar esta narrativa de recuperación del parque: ¿Recuperar para quién y para qué?
El problema no era el desorden: era la vida no domesticada
Aunque el Parque Rojo sí era un escenario conflictivo, quienes lo habitaban cuentan que, con todas sus tensiones, ese espacio generaba comunidad.
Ahí nació La Mercadita.
Ahí se construyeron redes de cuidado tejidas con hilo rojo –La colectiva Hilos–
Ahí los murales narraban la resistencia feminista de manos de mujeres pintoras.
Y las disidencias establecieron un lugar para encontrarse y existir.
Ahí el arte político encontró un espacio fuera de galerías y líneas institucionales.
Sí, había conflicto.
Sí, había contradicciones.
Y sí, también había eso que la ciudad formal no puede producir: vida colectiva no domesticada.
Eso incomoda.

Ahí nos falta sinceridad. La molestia, escudada en la venta informal, nace también de lo difícil que es aceptar las propuestas de quienes no buscan aceptación para expresarse. El grafiti, la juventud, las feministas se criminalizan para señalar el lugar, pero lo que molesta es que ahí se sostenían formas de organización que generaban procesos políticos fuera del control doméstico y domesticado del Estado. Nos comparte Ale, transeúnte habitual:
“Más impotencia y tristeza acuerpé cuando pensé en que olvidar el “Parque Rojo” y revivir el “Parque de la Revolución” es consigna de quienes gobiernan la ciudad. Y es que ¿Quién vive el Parque de la Revolución? Las ‘personas ciudadanas’, según el imaginario de la clase gobernante. Pero, ¿quién vivía y coexistía el Parque Rojo? Las personas habitantes de las periferias, la clase trabajadora del AMG y su descanso de 5 minutos entre camión y camión; camión y tren o lo que fuera antes de llegar a sus hogares. El estudiantado, madres y padres, personas vendedoras -yo tengo, a ti te falta, te lo vendo, ambas ganamos-, las personas migrantes y las personas sin hogar”
Aún cuando el Estado no ha sido capaz de garantizar la seguridad, el abasto del agua, o el derecho a una vida digna, la existencia de un espacio con tanta autonomía ¡donde los invisibles se dejaban ver! le resultaba profundamente incómoda. Y también, le restaba control en la fiesta mundialista, y un riesgo para la imagen que pretende proyectar de ciudad, más con la fragilidad social que todos tenemos clarísima desde el 22 de febrero.
La ciudad que se limpia para ser vista
Y no es que el Mundial esté mal. Qué gusto que existan todavía momentos para sonreír y festejar juntos. Pero la ciudad que se viste para esta fiesta, no se está reconfigurando para nosotros, para sus habitantes, sino para quienes la vengan a mirar desde fuera, esperando que su derrama económica pague las deudas, deje negocios jugosos, y se vayan a la semana. Tal vez dos.
Por eso hay que dejar de nombrar al Parque Rojo como un espacio abandonado, para enaltecer al Parque Revolución como “las puertas de la ciudad” –que no lo es geográficamente, a menos que se piense que la Americana es la ciudad– Y esa ciudad mundialista hay que limpiarla, barrer lo incómodo y esconderlo debajo del tapete… de Tonalá, de Lopez Mateos Sur, o donde sea que no salga en la foto.
Desplazar la pobreza.
Desplazar el comercio informal.
Desaparecer la protesta.
Romper la memoria.
Incluso impedir que las madres buscadoras peguen las cédulas de todas las personas que las autoridades no quieren buscar y tampoco mostrar.
No se trata de ordenar el espacio, se trata de regular qué vidas pueden ser visibles y cuáles deben ocultarse. Aunque las vidas invisibles hayan sido producidas por el mismo Estado convertido en una máquina de desigualdades y silenciamientos.

¿Qué se borra cuando se borra un parque?
El cierre del Parque Rojo afectó primeramente a quienes lo habitaban, en el soporte material que podían lograr a través de él, en la convivencia y formas de protesta que se pierden. En las marchas que ahora tendrán que buscar otro punto de encuentro.
Borrar ese espacio es intentar borrar esa memoria y esa potencia política.
¿De verdad nuestra memoria se borra tan fácil?
¿De verdad vamos a ceder ese espacio?
¿O vamos a desplazarnos, reconfigurarnos e insistir?
Lo que sigue: memoria, comunidad y disputa
@Brote.doc (IG) es una de las respuestas a este intento de domesticar la calle. Ellas interrumpen las narrativas oficialistas con memoria: documentan, archivan y sostienen la memoria viva del parque. Convocan a artistas, organizan encuentros, crean comunidad incluso al lado del espacio que les fue arrebatado. Suprema Siempre comparte su testimonio:
“Brote es un proyecto de mediación cultural que busca recopilar la memoria viva de lo que fue — y de lo que todavía es — el Parque Rojo(…) lo que significó para nosotros el entretejido social y cultural que desarrollamos ahí las que lo habitamos (…) y rendirle justicia a un cierre tan abrupto y tan injusto”.
Y es muy tranquilizante atestiguar que la disputa no termina con una reja. Sigue en la calle.
Sigue en las redes. Y sobre todo, sigue en la certeza de que el espacio público no es del gobierno. Es de quienes lo habitan.
“Ahí nació Sociedad de Pintoras, una colectiva que tomó el espacio luego de una horrible representación de la mujer que pintaron en el parque. Dijimos, pues si no nos dan un espacio y no nos vas a pagar por lo que hacemos, pues entonces nosotras vamos a hacerlo pero desde la protesta. A las morras en el arte no nos dan lugar, así que lo tomamos” nos contó Shakty
Arte para resistir la desmemoria
Cuando el poder empieza a hablar desde el miedo,
cuando nombra como amenaza lo que es distinto,
y borra todo lo que no puede entender ni administrar,
no está describiendo la realidad: la está reduciendo.
Y frente a eso, no nos podemos encoger.
Así que aprovecho el espacio para dar difusión a esta convocatoria de Brote.doc. Nos invitan a nombrarnos y nombrar nuestros espacios. A recordar. Volver a encontrarnos y crear juntos cosas bellas. “Los parques deberían ser eternos”.
“Nuestra propuesta es seguir haciendo comunidad, que esto no nos quite las ganas de seguir juntándonos, de seguir hablando, de seguir… llorándole”, dice Shakty.
El Rojo no puede ser enrejado del todo. Y nuestra ciudad, aun cuando intentan ordenarla, contenerla, y domesticarla, sigue y seguirá desbordándose.

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Revive aquí nuestro programa del 6 de abril de 2026.
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“Voces del Ahuehuete” es un programa en la radio comunitaria de Guadalajara “La Coyotera”, 102.3 FM., el cual se trasmite todos los lunes a las 12:00 horas. Aquí conversamos de memoria, resistencia, cuidado y comunidad. Escuchamos a quienes defienden el agua, el bosque, el barrio, la dignidad. Narramos las luchas que no siempre ocupan los titulares, pero que transforman el mundo desde abajo. Creemos que la memoria es una forma de justicia. Que nombrar es acompañar. Que imaginar es político. Este programa es tejido entre periodistxs, defensorxs, activistxs y vecinxs. Este programa es tejido entre periodistxs, defensorxs, activistxs y vecinxs que apuestan por una comunicación que haga visible lo que se construye con esperanza situada, organización comunitaria e imaginación política.
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Podemos seguir la conversación en las próximas emisiones porque las pláticas donde podemos escucharnos y reconocernos siempre valen la pena.
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