Un grupo de estudiantes de periodismo visitó Casa Tochan, albergue para migrantes en la Ciudad de México, y encontró que comunicar también significa reconocer dignidades.
Por Abarca López Francisco Gabriel / sh_winston (IG)
Fotografías: Marco Antonio Rico Manjarrez / bastianrico (IG)
Casa Tochan no se parece a lo que uno imagina cuando escucha la palabra albergue. No es un espacio de tránsito frío ni un depósito de personas en espera. Es un lugar donde alguien decidió que el refugio también puede parecerse a un hogar. El miércoles 18 de marzo, junto con mi grupo de periodismo, llegamos ahí con la intención de impartir talleres a sus habitantes. Salimos con más preguntas de las que teníamos al entrar.
La experiencia comenzó con un recorrido por el lugar. Ver los espacios, escuchar sobre su funcionamiento y observar la dinámica cotidiana ayudó a dimensionar algo que muchas veces se queda en cifras, notas informativas o discursos generales sobre migración. Estar ahí cambió la perspectiva. En lugar de pensar en “los migrantes” como una categoría abstracta, uno empieza a reconocer personas con historias distintas, trayectos complejos y necesidades concretas. Esa distancia entre la información y la experiencia se acorta cuando el contacto es directo.
Después del recorrido, trabajamos por equipos para impartir talleres a los habitantes del albergue. Esa parte de la visita fue especialmente significativa porque nos obligó a pasar de la observación a la interacción, de la mirada externa a la participación.

Nuestro primer contacto fue con el equipo que realizó un taller de creación de papalotes. A primera vista podría parecer una actividad sencilla, pero tuvo un valor simbólico que no pasó desapercibido: el papalote necesita estructura para elevarse, necesita tensión entre el hilo que lo sostiene y el viento que lo jala. Quizá sin proponérselo del todo, esa actividad dialogaba con algo de la experiencia migrante: la necesidad de sostenerse para poder avanzar. En ese espacio se generó convivencia, atención y una forma de expresión distinta a la palabra.
El segundo equipo presentó una actividad relacionada con la historia de México, de manera breve y dinámica. A partir de ello se organizó una entrevista a Miguel Hidalgo, personaje representado por una compañera. Más allá del componente lúdico, la actividad permitió conectar la historia nacional con preguntas sobre identidad, nación y pertenencia. En un espacio como Casa Tochan, donde conviven trayectorias atravesadas por fronteras, violencia, exclusión o desplazamiento, hablar de historia también implica preguntarse quién ha sido incluido en el relato oficial y quién ha quedado fuera.
El tercer equipo trabajó el tema del Día de Muertos en Mixquic y propuso un taller de papel picado. Esta actividad resultó muy cercana a las tradiciones populares y a la dimensión cultural que las sostiene. El papel picado no solo adorna: comunica memoria, celebración, duelo y continuidad. En un albergue de migrantes, esa actividad cobró un sentido especial porque permitió compartir una manifestación cultural mexicana desde lo sensible y lo manual, generando un puente entre quienes llegan y el territorio que los recibe. La cultura, en ese momento, operó como lenguaje compartido.
En nuestro caso, el equipo de fotografía periodística abordó un tema que consideramos fundamental para la formación en comunicación: la imagen como herramienta de registro, interpretación y denuncia. Explicamos que la fotografía periodística no solo “captura momentos”, sino que también construye relatos visuales sobre la realidad. Hablamos de la importancia del encuadre, la luz, el momento decisivo y, sobre todo, de la ética al fotografiar personas en contextos vulnerables.

Ese punto fue, quizá, uno de los más importantes de la jornada. Trabajar con personas migrantes no implica apropiarse de sus rostros ni convertir su dolor en espectáculo. Implica aprender a mirar con respeto, a documentar sin invadir y a comunicar sin reducir. La fotografía periodística, cuando se ejerce con responsabilidad, puede visibilizar lo que muchos prefieren ignorar. Pero también puede reproducir estereotipos si se usa sin criterio.
La visita a Casa Tochan dejó una impresión difícil de traducir en una sola idea. Por un lado, confirmé que la labor periodística y comunicativa no puede limitarse a informar desde fuera; necesita acercarse a las realidades sociales con sensibilidad y pensamiento crítico. Por otro lado, comprendí que los espacios de refugio también son espacios de encuentro cultural, donde el acompañamiento puede darse desde gestos sencillos: una conversación, un taller, una actividad compartida.
Salir de Casa Tochan fue salir con más preguntas que respuestas. ¿Cómo narrar la migración sin caer en el morbo? ¿Cómo comunicar desde la empatía sin perder rigor? ¿Cómo usar la cultura y los medios para acompañar procesos humanos tan complejos? La visita no resolvió esas preguntas, pero las volvió más concretas, más urgentes y humanas.
Quizá eso es lo más valioso de esta experiencia: entender que comunicar no es solo transmitir información, sino también construir vínculos, reconocer dignidades y asumir una responsabilidad con el otro. En un lugar como Casa Tochan, esa idea dejó de ser una consigna académica para convertirse en algo que se aprende con el cuerpo.


