A las espaldas del suicidio

Historias Cotidianas

Por Víctor Ulín

Nos pasamos persiguiendo las culpas.
Necesitamos ver y escuchar más de lo que nos puede decir la sonrisa de un hijo que decanta en un estruendo sin ecos o de llantos que irrumpen, o en los silencios prolongados. En casa, el sentido comienza a quebrajarse  ante un regaño impulsivo, la exigencia de la perfección,  la comparación entre hermanos, el sueño truncado, o la ausencia de un padre sin rostro, sin nombre, o el solo estar.
Cuando nuestros jóvenes llegan a la escuela, lo primero que cargan en sus pensamientos son los de casa. Después vienen los de la escuela: el acoso de los compañeros, la burla, la exclusión silenciosa, la indiferencia que se sostiene apenas en un hola, sin el cómo estás, y la aspiración obligada  del número sin carne, sin  cargar  una sombra o la risa tronante del profesor que ahora también está en la mira de los fusiles.
Nuestros jóvenes van dejando sus pedazos de emociones en las calles, con la mente cerrando todas sus salidas y tantas rutas que se van desarmando en el camino.
En las calles la gran mayoría mira a ninguna parte, camina siempre al mismo lugar, con el cuello doblado, anclado a la imagen, con un letrero invisible en el pecho que parece decir no me molestes. Continúa.
El otro ni siquiera es sombra. Apenas, quizá, unos trotes distantes, un rostro sin cara o siseos de un aire que transita triste.
Casi todas las manos están ocupadas, y las que no, andan distraídas con la música que resuena en sus oídos por los audífonos o en la sensación de los patines que se desplazan sin resistencias sobre la duela.
La mayoría de nuestros jóvenes despiertan entre la neblina o la oscuridad de las mañanas, o de las manos de los padres que siguen en los bolsillos o palabras que permanecen dormidas.
En casa, el silencio callado persiste en la mayoría de los labios y los ojos rendidos  en la pantalla del móvil.
La puerta del hijo o la hija sigue cerrada las mismas horas,  mismos días, sin un “buenas noches” desde dentro del cuarto.
Afuera, el  gobierno con su Secretaría de Salud y sus volantes, pláticas, programas de sanidad mental; las escuelas también con sus protocolos y consultorios cada vez con más sillas y los resultados, cifras al alza.
Los casos dispersos que de pronto detonan en las redes sociales con sus fotos y vídeos viralizados, en la prensa escrita o los noticiarios, son como el polvo: se disuelven muy rápido con el aire y desaparecen con la lluvia.
Cuando los números de casos de los jóvenes se juntan: nos aparece  su cara. Su cuerpo sin cuerpo.
El reportaje reciente de ZonaDocs sobre el tema aporta luces en este camino de oscuridad presentando pruebas: entre 2017 y 2025 la Universidad de Guadalajara (UDG) registró 439 intentos y 14 fueron consumados. Se quedaron entre la casa y el camino a la escuela.
Cuando nos acercamos más a su sombra, aparecen en sus fauces cifras del Programa Monitoreo de Indicadores de Desarrollo (MIDE) Jalisco que alertan: 706 suicidios en 2024.
Los datos dejan de ser cuerpos aislados y abren al escrutinio lo que sigue siendo visto de frente. Sin mirarlo por la espalda, donde vive tú hija, tu hijo. O la joven que ayer  nos regaló su última sonrisa. La hija que dormía en la misma habitación, donde la puerta siguió cerrada, a la misma hora, los mismos días. Faltó la mano que la abriera a cualquier hora,  día o noche, para preguntarle, escucharla o  abrazarla como cuando era niña.

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Somos un proyecto de periodismo documental y de investigación cuyo epicentro se encuentra en Guadalajara, Jalisco.

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