El colectivo Desaparecidos sin Justicia surgió el 7 abril de 2026 en Jalisco como respuesta a la necesidad de ampliar las búsquedas de personas desaparecidas en un estado donde hay al menos 12,707 casos registrados. Integrado por alrededor de 15 familiares, el grupo realiza búsquedas en campo para atender reportes que continúan llegando y cubrir zonas donde aún no se ha explorado lo suficiente.
Además de las búsquedas, la agrupación requiere apoyo de la sociedad civil para sostener su labor, ya que necesitan herramientas, insumos y recursos para continuar saliendo a campo. Conoce su historia en la siguiente nota.
Por Aletse Torres Flores / @aletse1799
Fotos: Dalia Souza / @DaliaSouza
El colectivo “Desaparecidos sin Justicia” no existía antes del mes de abril de 2026. Se nombró en una noche, entre acuerdos rápidos y la urgencia de salir a buscar al día siguiente. No hubo planeación larga ni estructura previa, sino una necesidad concreta: abarcar más lugares, responder a más reportes y no dejar puntos sin revisar en un estado donde la desaparición no se ha detenido.
En Jalisco, los colectivos de búsqueda han ido creciendo con los años y ese aumento no responde a una división entre familias, sino a la falta de resultados frente a una crisis que sigue activa. Hoy existen más de 20 colectivos en distintos municipios, integrados por madres, padres y familiares que decidieron salir a buscar por su cuenta.
Este crecimiento no se entiende sin el contexto: de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, en el estado hay al menos 16 mil personas desaparecidas, una cifra que no solo refleja la magnitud del problema, sino su permanencia, porque los casos siguen acumulándose y muchos no avanzan en las investigaciones.

En ese escenario, los colectivos no surgen por elección, sino porque la búsqueda no alcanza. Cada nuevo grupo permite cubrir más zonas, atender más reportes y responder a llamadas que siguen señalando posibles puntos de inhumación. Las fosas siguen apareciendo y hay lugares donde todavía no se ha buscado lo suficiente, por lo que la organización entre familias se vuelve una forma de ampliar la búsqueda y no depender únicamente de las capacidades institucionales.
Ahí se inserta “Desaparecidos sin Justicia”, un colectivo integrado por alrededor de quince personas que decidió organizarse para salir a campo. La decisión no partió de un plan a largo plazo, sino de la urgencia de encontrar más personas y atender puntos que siguen surgiendo.
“Tenemos la necesidad de encontrar más cuerpos o más personas que están desaparecidas y sepultadas clandestinamente”, explica José Raúl Servín García, uno de sus integrantes. La lógica es clara: si un colectivo no puede cubrir todos los puntos, otro tiene que hacerlo, y así la búsqueda se va extendiendo conforme aparecen nuevas ubicaciones y nuevos indicios.

Con apenas días de haberse formado, el colectivo ya realiza búsquedas en campo dos veces por semana. Martes y domingo, sus integrantes acuden a puntos que les comparten, muchas veces sin acompañamiento de autoridades, no como una postura política, sino porque así logran avanzar con mayor rapidez.
“Tenemos que hacer el trabajo que le corresponde al gobierno”, dice Raúl Servín. Esta forma de operar también implica riesgos, ya que hay zonas donde no pueden entrar sin apoyo por la presencia de grupos armados o actividades delictivas, pero en otros casos avanzan con lo que tienen: herramientas básicas y la experiencia que han acumulado en años de búsqueda.
En el caso de José Raúl Servín García, la búsqueda comenzó el 10 de abril 2018, cuando recibió una llamada que le informaba que varias personas habían sido asesinadas en el fraccionamiento Los Cántaros, en Tlajomulco de Zúñiga, y que una de ellas podía ser su hijo, Raul Servin Galvan. Ese día inició un recorrido que no se ha detenido.
En los días siguientes, el padre comenzó a reconstruir por su cuenta lo ocurrido. Buscó a los amigos de su hijo, habló con quienes estuvieron cerca y logró ubicar a uno de los jóvenes que presenció los hechos. Fue así como supo que su hijo no estaba entre las víctimas encontradas en el lugar, sino que había sido privado de la libertad. De acuerdo con ese testimonio, hombres armados tenían sometido a uno de sus amigos cuando su hijo intentó intervenir para defenderlo. A él lo dejaron. A su hijo se lo llevaron.
Desde entonces, no hay rastro. Durante años, la investigación no avanzó. La carpeta se llenó de oficios enviados a distintas dependencias, solicitudes de búsqueda en hospitales, en centros de rehabilitación o en otros estados, todas con respuestas negativas. No hubo, en ese tiempo, una línea clara de investigación ni acciones concretas para ubicar a los responsables o reconstruir el recorrido de su hijo después de la desaparición. La búsqueda, en los hechos, quedó detenida en el papel.
Fue el propio Raúl quien comenzó a reunir información: ubicó posibles domicilios, vehículos, nombres, incluso señaló directamente a las autoridades lugares donde podían intervenir. Sin embargo, asegura, esas pistas no fueron trabajadas en su momento. Pasaron los años sin avances significativos, mientras la incertidumbre se mantenía.

Fue hasta hace poco que una instancia federal logró ubicar a una persona clave en el caso. Ocho años después, apareció por primera vez una línea concreta que podría ayudar a esclarecer lo ocurrido. Sin embargo, ese avance sigue siendo frágil: el testigo se niega a declarar por miedo, tiene familia y decide no hablar, lo que vuelve a frenar el proceso. “Perdieron tiempo valioso”, dice Raúl.
Es en ese punto donde el nombre del colectivo cobra sentido. “Desaparecidos sin Justicia” no es solo una forma de nombrar la ausencia, sino de señalar lo que ocurre después: procesos que no avanzan, investigaciones que se detienen y una justicia que, para muchas familias, llega tarde o no llega.
En el caso de Raúl, ese nombre se vuelve concreto, porque después de ocho años de búsqueda apenas existe un primer avance, y aun así, no garantiza una respuesta.
Mientras tanto, la búsqueda continúa en campo. En su primera salida como colectivo, encontraron un cuerpo en Santa Fe, en Tlajomulco, un hallazgo que marca su inicio pero también evidencia la dimensión del problema, ya que los restos siguen apareciendo y las búsquedas no alcanzan a cubrir todo el territorio.

Ese día, las autoridades tardaron horas en llegar, mientras una madre se presentó en el lugar y reconoció el cuerpo como el de su hijo, una escena que se repite en distintos puntos del estado, donde las familias sostienen la búsqueda incluso antes de que exista una respuesta oficial.
Buscar, en ese contexto, no es solo excavar. Es insistir en medio de procesos que no responden, es organizarse para no depender únicamente de instituciones que no alcanzan, y es sostener una búsqueda que muchas veces se vuelve colectiva porque el problema también lo es.
Además del trabajo en campo, el colectivo también realiza pega de fichas y busca sostenerse con el apoyo de la sociedad civil. Necesitan herramientas, agua, insumos básicos y recursos para continuar con las jornadas de búsqueda, un esfuerzo que, en gran medida, recae en las propias familias. Por ello, hacen un llamado a quienes puedan apoyar, ya sea con donaciones en especie o económicas, para que el colectivo pueda seguir saliendo a buscar.
Que sigan surgiendo colectivos en Jalisco no es casualidad. Es una consecuencia directa de una crisis que no ha sido contenida y de una búsqueda que sigue creciendo conforme aumentan los casos y se acumulan las ausencias. Cada nuevo grupo es, al mismo tiempo, una respuesta y una señal: hay más personas por encontrar y menos tiempo para esperar.
El colectivo es reciente, pero la necesidad no. Las búsquedas continúan, los reportes siguen llegando y los puntos por atender no se terminan. Por eso, también, siguen organizándose.
Porque encontrar a quienes faltan todavía depende, en gran medida, de quienes los siguen buscando.

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Perfil de Facebook del Colectivo Desaparecidos Sin Justicia
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Cuenta para realizar donaciones económicas la colectivo:



