La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
Esta semana voy a comenzar con una confesión y asumo el riesgo de ser condenado al exilio: no me gusta el centro de Guadalajara. Me parece horrible y, sin importar lo que le hagan, siempre luce descuidado y sucio, está lleno de basura y sumamente deteriorado. En buena parte de las banquetas es un dolor de cabeza caminar, porque están rotas y mal acabadas y los autos, ese dios de metal que dicta los destinos de la planeación urbana, tampoco la pasan bien en el centro: las calles que no están llenas de hoyos, lo están con bolas de asfalto, o con ambas opciones. Y todo esto, repito, sin importar cuántas y cuán costosas sean las obras que, periódicamente, se realizan en el corazón de la ciudad.
Me puse a pensar en el centro de la ciudad porque de nueva cuenta está siendo tema de conversación la remodelación que se está realizando previo a la Copa Mundial de Fútbol, en la plaza Tapatía. En esta ocasión, lo que atrajo la atención fue la retirada de la larga fuente que se extendía por la plaza hasta la explanada del Cabañas y que, al parecer, ha sido sustituida por una insípida y deforestada plancha de concreto que promete ser las delicias de la temporada de calor que ya se dejó sentir con ganas esta semana. No me acuerdo dónde leí que ahí se pretende instalar el llamado Fan Fest de la FIFA, lo que nos lleva de regreso a una idea que ya había puesto aquí: me resultan absurdas y hasta negligentes la cantidad de decisiones que se han tomado en la ciudad y en el destino de sus recursos económicos por apenas cuatro partidos de fútbol.
De los espacios que han remodelado so pretexto del Mundial —la Minerva, la plaza Liberación, el parque Revolución y la plaza Tapatía—, creo que esta última es la que más requería una intervención. Desde hace muchos, muchísimos años acusaba un abandono que hacía del lugar un riesgo para la integridad de las personas, sobre todo por las noches. Sin embargo, como ha ocurrido en otras ocasiones, a mí me queda la sensación de que se dejó pasar la oportunidad de hacer una intervención integral y, en su lugar, se volvió a apostar por una intervención meramente estética, suponiendo que a alguien le parezca más atractiva una plancha de concreto que una fuente monumental que en sus buenos tiempos ofrecía un espectáculo de chorros de agua, claro.
Nunca he entendido el desprecio que tiene la ciudad y quienes en ella habitan por su patrimonio. La plaza Tapatía y la mentada cruz de plazas son el ejemplo más notable: la cantidad de edificaciones que se tiraron para su construcción se llevaron buena parte del patrimonio edificado del primer cuadro de la ciudad. Pero ocurre en todas partes como, por ejemplo, cuando se cargaron el edificio que estaba en frente del paraninfo de la Universidad de Guadalajara. Este desinterés no es privativo de las instituciones: basta caminar unas cuadras del centro para encontrar cualquier cantidad de fincas antiguas en el abandono, dejadas por sus dueños porque es más barato dejar que se vengan abajo que remodelarlas. Pero esas ruinas no importan porque no van a salir en los reels del Mundial.
En un pasaje de la novela Estas ruinas que ves, Jorge Ibargüengoitia escribe:
«En el fondo están satisfechos con la ciudad tal como está. Creen que no hay cielo más azul (…) ni casas más elegantes que las que están cayéndose».
Lo mismo podríamos decir del centro de Guadalajara: esas ruinas que vemos cuando nos decidimos a mirar son los restos de una ciudad que se nos desmorona entre los dedos. Los muros de las casas, invadidos por el salitre, un buen día se dieron por vencidos. No hubo alguien capaz detener lo inevitable. En la calle, la gente caminaba por la ciudad sin verla, con la mira puesta en un futuro enfermo de pasado; en las oficinas de gobierno, los burócratas estaban, están y estarán demasiado ocupados pensando en las próximas elecciones o en las pasadas. Así las cosas, los muros decidieron tomar una medida radical: se negaron rotundamente a seguir cargando vigas —oxidadas— sobre sus ladrillos —enmohecidos— y se vinieron abajo. Las puertas, alguna vez infranqueables, se convirtieron en accesorio inútil: débiles rectángulos de metal aferrados a bisagras que, carcomidas, apenas si podían evitar salirse de sus quicios. Las fachadas han aceptado de buena gana la pintura en aerosol: descifraron los tags, se sumaron a las causas del esténcil, vieron surgir mundos de color y personajes imposibles. Como la anciana que frente al espejo maquilla sus arrugas, así las paredes viejas y carcomidas recibieron los chorros de pintura que escurrían entre sus grietas.
Pero deterioro y el abandono que arrastra la zona de la plaza Tapatía, y el centro en general, va más allá: aquellos que se ven por allá son los restos de lo que, decían, era lo más importante en esta ciudad: sus habitantes. Mendigos, prostitutas, niñas y niños —y jóvenes que fueron niños y adultas que fueron jóvenes— de la calle. Y también están los que no están: personas que desaparecieron y dejaron devastados a los que se quedaron: literalmente en ruinas.
Lenta pero inexorablemente la ciudad se nos va cayendo. Y estas ruinas que ves, ya se dijo, son los restos de una ciudad que se nos desmorona entre los dedos mientras las autoridades sólo siguen pensando en qué filtros lucirán mejor para fotografíar la decadencia.


