¿Por qué las mujeres mayores le piden a las más jóvenes que no se casen?  

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Textos y todos por Anashely Elizondo / @Anashely_Elizondo (IG)

“Mi mujer”, así es como presentan los hombres más viejos a aquellas mujeres con las que contrajeron matrimonio. “Mi mujer”, reducida a la propiedad del otro, al género sin nombre, a ser más de alguien que de ti misma. 

Muchas de nuestras madres, tías, primas y abuelas no están, ni de cerca, interesadas en la lucha ferviente del feminismo contemporáneo y sin embargo, cada vez que deben aconsejarnos a nosotras, las mujeres más jóvenes, el consejo suele ser el mismo: “Vive. Hay tiempo para todo en la vida. No te cases y piénsalo muy bien antes de tener hijos”.

¿Será que ven en nosotras, la generación entrante, el mismo potencial que ellas tenían pero con una mente más despierta? ¿Será que creen que el sueño de “casarse” no es más que una propaganda de los dibujos animados de la infancia? ¿Pensarán, tal vez un poco, en todas los sacrificios, noches en vela y berrinche maritales que se tiene que aguantar cuándo decides compartir tu vida con alguien? 

Cuando cumplí 18 años de edad, mi abuela materna tuvo una charla muy importante conmigo. En aquel tiempo yo estaba experimentando lo que llaman “primer amor” y mi abuela, al verme tan entusiasmada con aquella idea romántica quiso aterrizar mi realidad con sus palabras: “No te cases. Vive tu vida, viaja y conoce gente pero no te pierdas de nada por estar enamorada”, me dijo en aquel tiempo pero no lo entendí hasta mucho tiempo después.

Creo que lo entendí hasta que me di cuenta de lo dueña que soy de mi tiempo; una mujer soltera, independiente, sin hijos ni marido. 

Y es que cuando te casas, o al menos así lo percibo, una muy buena parte de tu tiempo pertenece al hogar y a tu marido y esto no es un dicho, es bien sabido que es el trabajo doméstico el que sostiene al capitalismo, es aquel que permite a los hombres trabajar más de 12 horas, agotarlos hasta el cansancio y descomprometerlos de la crianza y el hogar. La gente suele llamarle a estos actos de servicio “amor”, “sacrificio”, “compromiso”, pero en realidad está más cercano a la explotación que al cariño. 

La casa, los hijos, el marido. Son tres los componentes que dialogan en el universo de una esposa tradicional, por lo que no me parece sorpresa que ahora nos aconsejen alejarnos de esa vida, a menos que “ya hayamos vivido y experimentado lo suficiente”.

¿Cómo sé cuánta libertad es suficiente? ¿Cómo podría uno cansarse de no servirle a nadie, nunca? ¿Por qué buscaría convertirme, por decisión propia, en un estandarte, una bandera, para alguien? 

Hoy tomo su consejo sin reniegos. Porque en las vidas de nuestras ancestras está la respuesta. Porque podemos vivir y ser en pareja, sin perdernos a nosotras mismas. 

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Anashely Elizondo
Anashely Elizondo
Licenciada en Artes Visuales para la Expresión Fotográfica y becada en taller de fotoperiodismo de National Geographic. Colaboradora de la Gaceta y el Área de Prensa de la Universidad de Guadalajara. Enfoca su visión en temas relacionados con derechos humanos, feminismo y arte/cultura.

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