#ZonaDeOpinión
Por Anashely Elizondo / @Anashely_Elizondo
Hay gente a la que no le molesta que el sol de la mañana lo despierte.
No les molestan tampoco los ruidos de la calle; el autobús lleno, el tener que llamar a un extraño, salir tarde del trabajo.
Hay personas a las que le es indiferente el aire que despeina, la lluvia que empapa hasta los zapatos, las filas interminables, los pitidos de los coches. Esperar en salas llenas, decirle “adiós” a algún amigo. Terminar con el estómago lleno, lavar todos los platos, hacer la limpieza completa de la casa.
Su paciencia no termina con el llanto de los bebés, ni con las equivocaciones de los demás. No se acaba cuando el otro grita o cuando calla, cuando no controla lo que sucede.
Por otro lado, hay personas a las que no les importan las bombas, las balas, las pistolas. Le es indiferente la radiación ultravioleta, la contaminación ascendente, el calor asfixiante. Los microplásticos marinos, la misoginia, el patriarcado, la imposición del amor romántico, la especulación inmobiliaria.
No les conmueve ni les afecta la pobreza del otro, la enfermedad, el hambre, las multinacionales acabando con el agua del mundo, la quema de árboles, los prisioneros políticos. No sucumben ante los conflictos mundiales, ante la muerte de niños, la violencia del norte y la carencia del sur.
Esas gentes que no se inquietan con lo doloroso me entristecen y me importa que no les importe; ya sea porque creen que no pueden hacer nada al respecto, porque sus intereses están en otro lado, porque viven creyendo que nunca les podría pasar algo similar; que el hambre nunca les alcanzará, que las bombas (todas las bombas) siempre explotan lejos de su casa, que la violencia, las desapariciones, el desánimo, es algo lejano, ajeno, extraterrestre.
¿Es entonces política la indiferencia?
Yo diría que sí, mil veces.
Porque ignorar lo colectivo, tarde o temprano, afectará lo individual.
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