La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
Dicen que uno de los mayores miedos de quienes se dedican a escribir es el de la página en blanco. Mentira: la página en blanco es estimulante, una promesa, un terreno fértil para volcar ahí ideas, pensamientos, universos enteros. La página en blanco no es el problema, la verdadera maldición es la mente en blanco: cuando uno abre el documento y tiene la mente en blanco, es cuando la página se vuelve un monstruo atemorizante.
Y heme aquí: la página no está en blanco, pero la mente sí.
Apenas lo escribí y tengo que confesar que eso también es mentira: en realidad no existe la mente en blanco. En mi caso, el problema es que tengo demasiadas cosas en la cabeza, líneas de pensamiento que se entreveran unas con otras formando una suerte de ruido blanco que me tiene pensando en todo todo el tiempo, sin poder poner atención a una idea en concreto, pero sobrepensando absolutamente todas. Y sin poder escribir sobre ninguna.
Sigo pensando, como escribí hace un par de semanas, en el circo de tres pistas que se ha vuelto buscar una renta con un precio accesible, con requisitos razonables y una ubicación favorable para desplazarse por la ciudad sin que se vaya la vida en ello. Cada nuevo anuncio, cada nueva llamada, cada nuevo mensaje esconden un universo de sorpresas.
Al mismo tiempo, pienso en el inminente arranque del Mundial de Fútbol, en el vodevil que se va a convertir la ciudad por cuatro partidos, en todas las obras que se hicieron pensando en esos 360 minutos y en el dinero que se dejó de invertir en cosas más urgentes, como la crisis del agua, la crisis forense, la crisis de personas desaparecidas, la falta de mantenimiento de la ciudad, todo por enfocar los recursos en lugares que sean vistosos para un tsunami de turistas que amenaza con no llegar: esta semana han comenzado a circular notas de “anfitriones” de Airbnb decepcionados por la poca demanda de alojamientos que está teniendo la plataforma. Merecido lo tienen.
Pienso también en las obras de la carretera a Chapala, a la altura del aeropuerto, que ni de chiste van a estar listas en quince días y, si me apuran, ni siquiera van a estar listas para el Mundial de 2030. Y al pensar en eso no puedo dejar de pensar también en que otra vez se perdió la oportunidad para pensar otro tipo de ciudad con otro tipo de transporte.
Y al pensar en el transporte pienso que las anunciadas mejoras que llegarían con el aumento a la tarifa no llegan, ni llegarán, porque nunca llegan, pero los concesionarios siguen recibiendo el subsidio; y escribo concesionarios y escribo subsidio y pienso en los centros de verificación, que cada vez están más vacíos, o cerrados desde temprano, pero que siguen recibiendo el dinero del gobierno porque eso de que la verificación es gratis es una falacia: se paga del erario y, como pensaba hace rato, sigue siendo dinero que va a manos de particulares en detrimento de las necesidades del espacio público que habitamos todos.
Y heme aquí: con la página cada vez menos blanca pero con la mente tratando de aferrarse a cualquiera de esos hilos de pensamiento sin lograr asir ninguno en concreto, con el ruido blanco subiendo de intensidad y con otros pensamientos intrusivos que revolotean y zumban y aturden y estridulan como lo harán las cigarras dentro de unas semanas previo al inicio de las lluvias.
Pero todavía no es momento de eso, de las cigarras y las lluvias, y en cambio pienso que es curioso que este año no ha habido grandes incendios, como los hay todos los años. El calor no afloja pero parece que La Primavera descansa, al menos un poco, o al menos no hemos visto la columna de humo elevarse y el olor a quemado esparcirse por toda la ciudad. ¿Coincidencia? ¿Casualidad? ¿Milagro mundialista? No lo sé, pero de pronto parece que los encargados de provocar los incendios están ocupados en otras cosas más importantes.
Sigo tecleando y de pronto, de la nada, aparece en mi mente el recuerdo de una declaración de Juan Rulfo que ya había puesto aquí pero que vuelvo a copiar y pegar porque justo retrata el momento que vivo y que estamos viviendo muchas personas, o al menos eso parece. Dice Rulfo: “La vida no es una secuencia. Pueden pasar los años sin que nada ocurra y de pronto se desencadena una multitud de hechos”.
Y heme aquí: tratando de salir a flote en medio de la multitud de hechos mientras trato de poner en orden la multitud de pensamientos.






