Cuando el hogar deja de ser refugio

#DespuésDel22F

El 22 de febrero de 2026, la tranquilidad en los hogares de Puerto Vallarta cambió por un operativo militar ocurrido a varios kilómetros de distancia, lo que comenzó como una intervención federal en Tapalpa se convirtió rápidamente en narcobloqueos que cerraron las principales entradas al puerto. 

Para las estudiantes foráneas, Vida Michelle y Johanna,  ese día no solo significó problemas para trasladarse, sino también la pérdida de seguridad dentro de sus propias casas; esta crónica muestra cómo la disputa territorial del crimen organizado impacta la vida diaria y la autonomía de quienes viven en el estado.

Por Grecia Zamarripa / @greciazamaa 

El sonido de las motos fue lo primero que la hizo quedarse en silencio esa mañana.

No era el ruido habitual de repartidores o turistas que suelen inundar las calles del principal destino turístico de Jalisco; era un sonido cargado de tensión, de violencia, de incertidumbre. 

Para Vida Michelle, estudiante universitaria de 18 años que comparte casa con sus roomies, la violencia no llegó como un titular de noticias, sino como una llamada de su padre: “No salgas por nada, quédate adentro”.

Esa mañana, el Gobierno Federal ejecutaba un operativo en el municipio de Tapalpa, Jalisco, con el objetivo de capturar a Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). 

La respuesta del grupo criminal fue inmediata. En cuestión de horas, distintos puntos del estado quedaron paralizados por narcobloqueos, quema de vehículos y ráfagas de disparos

En Puerto Vallarta se registraron al menos tres bloqueos principales: en la salida hacia Las Palmas, en la zona de la delegación de Ixtapa y en las proximidades del centro penitenciario –donde 23 internos escaparon, solo cuatro fueron detenidos y el vigilante, Rafael Hernández,  fue asesinado–.

***

Vida no vive en cualquier lugar. Su casa se encuentra en una zona estratégica, cerca de la penal y de vialidades clave que ese día se llenaron de negro por el humo de los vehículos incendiados. 

Desde la ventana de su habitación veía tres columnas densas de humo que marcaban los puntos de los narcobloqueos. 

“Yo supe que era grave… sabiendo que vivo cerca de la penal, eso me puso ansiosa. Se podía volver peor, como un Culiacanazo”.

En Puerto Vallarta, la violencia tiene antecedentes que marcan la memoria colectiva y la percepción del riesgo.

Para Vida, el miedo no era abstracto. Persisten recuerdos como el secuestro de los hijos del “Chapo” Guzmán en el restaurante La Leche en 2016, o el asesinato del exgobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, en un ataque directo dentro del bar Distrito 5, el 18 de diciembre de 2020.

Ambos hechos, vinculados al Cártel Jalisco Nueva Generación, reforzaban la sensación de que ningún espacio está completamente a salvo. 

Como estudiante foránea, Vida habita un espacio compartido y depende de sus propios recursos. Ese día, junto a sus compañeras, tomó decisiones que nunca había imaginado.

Empujaron el refrigerador hasta la puerta principal, intentando que un electrodoméstico detuviera una realidad que las superaba. 

La falta de preparación se volvió evidente:

“Uno no está preparado para saber cómo sobrevivir ante una situación tan grave… uno no sabe cómo actuar, no tiene la economía ni los recursos. Me di cuenta de que soy una persona que puede ser vulnerada muy fácilmente”.

***

A pocos kilómetros de distancia, Johanna, de 19 años, vivía su propia versión del mismo suceso. 

Como estudiante foránea que vive completamente sola, no tenía a quién compartir el miedo ni a quién pedir ayuda. 

Su hogar, sin ventanas hacia la calle, la obligaba a asomarse a la puerta con miedo para intentar entender lo que ocurría afuera.

“Estuvo de esquina a esquina en cuanto a las dos esquinas de mi casa las balaceras, la quemazón y todo ello… yo en el medio, en la zona en donde vivo, en medio de todo el caos”. 

Para ella, la violencia se filtró a través de la sobreexposición a noticias, rumores y desinformación en redes sociales y grupos vecinales, donde circulaban mensajes sobre personas armadas intentando entrar a las casas.

Antes del 22 de febrero, Johanna creía que el narcotráfico era un problema lejano.

“Antes tenía la creencia de que estos actos delictivos no podrían generarse en un lugar tan cercano a mí, pero desgraciadamente me di cuenta de que no es así”. 

Su testimonio revela una tensión constante: habitar un espacio que debería ser seguro, pero sentirse vulnerable dentro de él.

Sin una red de apoyo cercana, tuvo que enfrentar la incertidumbre en soledad, consciente de que “no tengo a nadie cerca”.

Esa noche, el silencio se llenó de sonidos que antes pasaban desapercibidos, como ambulancias y perros ladrando sin descanso. 

***

En su habitación, Vida improvisó una defensa mínima, pero simbólica: un cuchillo y un palo de escoba junto a la cama. 

“Dormí con un cuchillo porque me puse muy ansiosa. Dije: ‘bueno, si se meten a la casa, pues estoy preparada’”

Sabía que no era suficiente.

Johanna pasó la noche en vela, imaginando escenarios:

“Sentía que debía de tener un cuchillo o algo a la mano para poder defenderme… me puse a cuestionar la seguridad de mi entorno y de mi hogar”.

Al día siguiente, aunque la ciudad intentaba recuperar su ritmo, para ellas nada era igual. 

De acuerdo con BBC News, la violencia fue descrita como una “zona de guerra”, una experiencia que dejó cicatrices profundas en su movilidad y la autonomía de la población. 

Mientras las autoridades aseguraban que todo estaba bajo control y recomendaban suspender clases para garantizar la seguridad, la sensación de normalidad no regresó.

Johanna tardó semanas en recuperar la confianza para usar transporte público o solicitar un Uber, con el miedo de quedar vulnerable en una ciudad que aún siente ajena.

Vida, camino a la universidad, comenzó a mirar por encima de su hombro, cualquier ruido le sobresaltaba. 

La “normalidad”, como instó la presidenta Claudia Sheinbaum  –“prácticamente se ha restablecido toda la actividad”–, no correspondía con su experiencia. 

El 22 de febrero no solo bloqueó carreteras ni detuvo actividades. También atravesó el espacio más íntimo: el hogar.

La disputa entre grupos criminales alteró la rutina y la percepción  de seguridad de dos jóvenes –y de muchas otras personas– que  ese día comprendieron algo difícil de dimensionar hasta que pasa: cuando la violencia se expande, incluso, la casa hogar deja de ser un espacio seguro. 

***
“¿Qué pasó después del día en que Jalisco se detuvo?” es un proyecto periodístico realizado por alumnas y alumnos del Laboratorio de Información de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO en colaboración con ZonaDocs.

¿Qué pasó después del día en que Jalisco se detuvo?

Comparte

ZonaDocs
ZonaDocs
Somos un proyecto de periodismo documental y de investigación cuyo epicentro se encuentra en Guadalajara, Jalisco.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Quizás también te interese leer