Volver a levantar las manos

Historias Cotidianas
.Por Víctor Ulín
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La plática fluye. Un minuto después, los cuatro chicos miran al mismo tiempo su celular. Levantan los ojos solo para despedirse. Nos vemos luego o simplemente salen corriendo.
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En casa, pero también ahora que lo hacen cada vez más seguido en la zona gourmet de las plazas comerciales o mercados de la ciudad, la escena se repite: parecen mostrar interés en la charla con el hermano y los padres que ya no encabezan la mesa. De pronto, como sincronizados, quiebran su cuello para meterse al celular. Así se levantan: cada quien con su algoritmo y su sonrisa.
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En el salón, cuando el maestro entra, los chicos están callados. Cada uno en su mundo de memes y vídeos. Las voces de antaño las sacaron del salón y no las dejan entrar ni después de receso.
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Todos están tan cercas e infranqueables. Tan acompañados consigo mismos. Tan calladitos, pero muchos gritando, pidiendo.
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La voz del profesor apenas la escuchan.
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El profesor se sienta. Se queda mirando. Vuelve a pedir la atención que antes era la primera en decir presente.
.Los chicos ahora son los alumnos de los celulares.
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Lo anormal apoltronado.
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El profesor levanta su fuerza de los suelos.
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Lo último es el grito. Los jóvenes salen del celular y hacen como que lo están mirando, aturdidos por la decena de vídeos en el Tiktok, convertido en el nuevo director de la escuela. El profesor se siente un poco mejor..
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El profesor y el alumno dejan de ser solo escenario y se vuelven los protagonistas en un tema que nos mantiene a todos atentos.
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Los sonidos del celular no se apagan. Traspasan las paredes de la escuela y llegan también a las del Congreso del Estado de Jalisco (y cerca también a las de la Ciudad de México donde harán lo mismo).
La atención del maestro ahora la tienen los diputados del Congreso de Jalisco. El último eslabón en la defensa del salón de clases y de los alumnos.
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La votación respaldo la preocupación que se manifiesta en el salón. Todos quieren que la escuela vuelva a ser la de antes, con los alumnos de aquel tiempo. Jugando en el patio y estudiando en el salón.
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Los padres y los profesores son los más interesados en que así sea, que se vuelva al pasado sin renunciar al presente ni trastabillar al futuro.
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Lo que se había perdido en casa y en los salones podría recuperarse con la nueva norma: la autoridad para controlar el acceso a las redes sociales desde los celulares en los jóvenes de 14 años de edad en las escuelas públicas y privadas y protegerlos en la navegación en el internet.
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En el papel se ha escrito el primer paso de lo que han llamado La Ley Pantalla. Ahora los padres, los profesores y las autoridades educativas en el Consejo Estatal de Protección tendrán que ponerse de acuerdo para que las miradas de los alumnos se fijen en el pizarrón, en la proyección o en la voz del maestro que sigue de pie, en el salón.
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Ese maestro que resiste en el salón de clases que los alumnos hagan hasta lo imposible, salirse si es necesario, para no desprenderse de los celulares que hasta hoy parecen ir un paso delante de todos.
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Lo que viene es ese momento en el que el alumno tenga que dejar de navegar una hora o más en el internet.
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En casa comenzará todo: aceitar la conciencia en el hijo de que el internet es una herramienta tecnológica para su provecho y que el celular no es una extensión de su brazo y que por tanto no debe ocupar un lugar en el pupitre.
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Apuntalar al profesor con tornillos en los zapatos desde la casa: si solicita al estudiante dejar de usar las redes sociales en el salón o de apagar el móvil, hay que atender la indicación.
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En la escuela, el profesor tiene que ganarle la atención a las redes sociales, al celular. Aprovechar su ausencia para recuperar la memoria de los estudiantes. Despertar las sonrisas. Que las manos vuelvan a levantarse y las miradas también sean para los otros y para los compañeros incondicionales, los libros.
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El salón no puede quedarse vacío estando lleno. Ni dejar abandonada la palabra en el pizarrón o en el pupitre.
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El celular tiene que seguir sonando y las redes sociales funcionando, pero lo más lejos posible de los salones y los alumnos.

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