#DespuésDel22F
Ignacio dejó Michoacán buscando escapar de la violencia. Encontró trabajo en Puerto Vallarta rentando motos acuáticas a turistas y construyó una vida alrededor de la idea de tranquilidad que promete el mar. Pero el 22 de febrero esa sensación volvió a romperse.
Mientras carreteras ardían y los reportes de hombres armados paralizaban Jalisco, el miedo también comenzó a vaciar hoteles, restaurantes y playas. Desde entonces, Ignacio pasa horas esperando clientes frente a un paisaje que parece intacto, aunque ahora la violencia también forme parte de él.
Por Sara López / @saraaa.loopez (IG)
La mañana del martes 24 de febrero, Ignacio esperaba junto a sus motos acuáticas en Playa Las Glorias. El mar seguía ahí. También el calor, las sombrillas y el ruido de las olas. Pero faltaban los turistas.
—Está muy solo —dice mientras observa la playa vacía.
Dos días antes, la violencia había detenido algo más que las carreteras de Jalisco. También frenó el flujo de visitantes que sostiene la economía de Puerto Vallarta y Bahía de Banderas. Para Ignacio, trabajador turístico originario de Michoacán, eso significó quedarse otra vez frente a una incertidumbre que ya conocía: vivir en un lugar donde la violencia termina alcanzando incluso los espacios construidos para escapar de ella.
Ignacio migró a Vallarta buscando una vida más tranquila que la que dejó atrás en Michoacán. En la playa renta motos acuáticas a turistas; cada recorrido cuesta mil 200 pesos por media hora, pero después del 22 de febrero los clientes comenzaron a desaparecer.
—Los turistas están asustados —explica.
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El domingo 22 de febrero, mientras un operativo federal en Tapalpa derivaba en narcobloqueos y vehículos incendiados en distintos puntos de Jalisco, la región turística de Puerto Vallarta y Bahía de Banderas comenzó a paralizarse. Las carreteras Federal 80 y 200 fueron bloqueadas con vehículos atravesados e incendiados tras el reporte del abatimiento de Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación.
La violencia no tardó en sentirse en restaurantes, hoteles y negocios turísticos.
A unos kilómetros de la playa, Sergio comenzó a recibir mensajes desde temprano aquella mañana. No eran reservaciones ni pedidos para su restaurante de mariscos. Eran reportes sobre humo, bloqueos y carreteras cerradas.
—Los restaurantes abren a las 12 y los sucesos empezaron a las 9; para las 10, ya se respiraba un miedo presente —recuerda.
Mientras intentaba coordinar a trabajadores entre Mezcales y el centro de Vallarta, uno de sus repartidores fue interceptado en la carretera. Hombres armados lo golpearon con la culata de un arma y quemaron la camioneta de pescadería que manejaba. El trabajador caminó siete kilómetros para regresar. Llegó en estado de shock.
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En el poblado donde Cuquis administra un complejo de cabañas, la sensación fue similar. Aquella mañana había despedido a sus primeros huéspedes sin imaginar que regresarían poco después. Uno de ellos volvió con la maleta todavía en la mano.
—No hay paso. Hay gente armada-.
El “ranchito” quedó completamente aislado. Las puertas se cerraron y los turistas permanecieron resguardados compartiendo comida y esperando noticias. Al día siguiente, cuando finalmente pudieron salir, lo hicieron en caravana.
Dos días después, la región intentaba volver a la normalidad, pero el movimiento seguía siendo mínimo. Ignacio observaba cómo las motos permanecían estacionadas durante horas sin clientes.
La crisis comenzó a sentirse rápidamente en el ingreso diario de quienes viven del turismo. Sergio explica que la caída afecta toda la cadena económica de Vallarta: restaurantes, hoteles, proveedores y trabajadores dependen del flujo constante de visitantes.
—En términos económicos, si antes ganábamos diez pesos al día, hoy ganamos seis —dice.
Para evitar despidos, algunos negocios comenzaron a implementar “días solidarios”, jornadas donde los trabajadores descansan sin goce de sueldo. Eso redujo hasta en un 40% el ingreso de meseros y cocineros.
En las cabañas de Cuquis, las reservaciones desaparecieron durante las semanas siguientes. El problema ya no era únicamente el domingo perdido, sino la incertidumbre de no saber cuándo regresarían los visitantes.
En la playa, Ignacio sintió esa incertidumbre casi de inmediato. Cuando parecía que la situación comenzaba a estabilizarse, nuevas noticias sobre hechos violentos y capturas criminales volvieron a generar miedo entre turistas y trabajadores.
El desgaste económico comenzó a hacerle pensar en regresar a Michoacán. Sin embargo, incluso hablar sobre ello parece complicado. Mientras intenta explicar cómo la violencia afecta el trabajo turístico, algunos compañeros prefieren callarlo. Nadie quiere espantar a los pocos clientes que todavía llegan.
Actualmente las calles de Vallarta vuelven a tener tráfico y el malecón parece recuperar movimiento, pero para quienes viven del turismo la sensación de normalidad sigue siendo frágil.
Ignacio continúa esperando clientes junto al mar. Las motos siguen listas para rentarse. El problema es que ahora el miedo también forma parte del paisaje.
El temor ya no está solamente en los bloqueos o en los vehículos incendiados. Está en la posibilidad de que los turistas dejen de llegar definitivamente. En Puerto Vallarta y Bahía de Banderas, el silencio de los negocios vacíos comenzó a sentirse tan pesado como el de aquella mañana en que las carreteras quedaron vacías.
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“¿Qué pasó después del día en que Jalisco se detuvo?” es un proyecto periodístico realizado por alumnas y alumnos del Laboratorio de Información de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO en colaboración con ZonaDocs.


