Biodiver-Ciudad. La paz como resistencia al olvido en las ciudades

En Pie de Paz

Magdiel Gómez Muñiz / magdiel.gomez@cuci.udg.mx

67 del aniversario de Byung Chul-Han. Brindis y tributo

En el imperio de la prisa, la lentitud del anciano es un acto revolucionario. La sociedad del rendimiento no tolera la pausa. En nuestra modernidad líquida, la ciudad se ha convertido en una máquina de aceleración donde solo lo veloz y lo eficiente tiene derecho a existir. En este escenario, la persona mayor no es solo alguien que envejece; es un cuerpo que “estorba” el flujo incesante del capital y consumo.

Hemos construido ciudades de cristal y asfalto que brillan pero que no tienen corazón. Son espacios sin demora, lugares donde se ha prohibido el descanso.

La cultura de paz para la vejez no es la ausencia de conflicto, sino el rescate de la vida contemplativa. Hoy, la ciudad ejerce una violencia con la nomenclatura de calles, su iluminación, del semáforo acelerado o de la banqueta inexistente. Esta arquitectura de la exclusión es, en realidad, un muro invisible que empuja al anciano hacia el aislamiento. El derecho a la ciudad es, por tanto, el derecho a no ser borrado. Es la libertad de habitar el espacio público sin la presión de ser “útil” para los mercados.

La paz en la última etapa de la vida se encuentra en el aroma del tiempo. Pero el tiempo de la vejez es un tiempo que tiñe el cabello, que arruga la piel y que es un tiempo lento, una demora que las metrópolis intentan eliminar. Cuando una persona mayor se detiene en una plaza, desafía la dictadura de la inmediatez.

Sin embargo, nuestras plazas ya no tienen mobiliario urbano; han sido diseñadas para el parroquiano que corre, que transita, olvidando la estancia y contemplación. Hoy por hoy, se nos ha arrebatado el derecho a demorarnos. La falta de accesibilidad es la forma en que la ciudad dice: “tu tiempo ya no vale”.

Para recuperar la paz social, se vuelve primordial dar un paso a la ciudad del encuentro, de la hospitalidad. La paz no se firma en oficinas gubernamentales; se construye con la suavidad de una rampa, en la sombra de un árbol, en la paciencia de los choferes de autobús al hacer su trabajo. Se vuelve obligado una ética del cuidado que devuelva al espacio público a quienes ya no tienen que demostrarle nada al mundo. Una ciudad amable con el anciano es una ciudad que ha recuperado su alma (si es que la tuvo) porque permite que la vida florezca más allá de la producción.

Construir mejores espacios no es una cuestión técnica, es una cuestión de justicia y gobernabilidad. La paz es que la persona mayor pueda reconocerse en las calles que construyó con su propia biografía. La calle debe ser un lugar de encuentro intergeneracional, donde el silencio del que escucha y la voz del que recuerda vuelvan a ser el centro. Quizá valdría la pena pensar en una ciudad que pueda caminar al paso de un abuelo, solo así se puede sostener que aprendemos a vivir en paz. Al tiempo.

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"Es una columna que busca colocar en el debate público la relevancia de la cultura y la educación para la paz. Esta columna es escrita en colaboración con las y los integrantes del Centro de Estudios para la Paz (Cepaz) del Instituto de Justicia Alternativa del Estado de Jalisco”.

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