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Por José Baroja* / @jose_baroja y @laotrahistoriamx
Ilustración de portada Mora
El tiempo es más pesado que la más pesada carga que puede soportar el hombre.
Juan Rulfo
Cuando uno piensa en una tragedia, suele imaginar una ruptura abrupta de la normalidad. No obstante, a veces ocurre lo contrario: la tragedia se instala paulatinamente dentro de la vida cotidiana, avanzando de manera casi imperceptible hasta convertirse en parte del paisaje. Creo que algo similar ocurre con las sociedades: estas raras veces colapsan de un día para otro; por el contrario, suelen adaptarse gradualmente a aquello que en otro momento hubiera resultado insoportable. De algún modo, las sociedades aprenden a convivir con distintas formas de violencia, incorporándolas a la vida diaria hasta volverlas parte de la cotidianidad. Lo verdaderamente inquietante no es entonces la existencia de un problema social grave, sino el momento en que este deja de parecernos algo excepcional. Tengo la impresión de que México atraviesa hoy un proceso semejante frente a las desapariciones.
La preparación de Guadalajara para la Copa Mundial de Fútbol de 2026 ofrece una oportunidad especialmente reveladora para observar este fenómeno. Durante los últimos meses, buena parte de la conversación pública se ha concentrado en los beneficios económicos, turísticos y simbólicos que traerá la realización del torneo en Jalisco. Autoridades, empresarios y medios de comunicación han destacado las inversiones en infraestructura, los proyectos de renovación urbana y las estrategias destinadas a proyectar una imagen moderna de la ciudad ante millones de espectadores. En realidad, este tipo de procesos forma parte de una lógica cada vez más extendida en las grandes ciudades contemporáneas. Ya no se trata únicamente de administrar servicios o construir infraestructura. Las ciudades también compiten por atraer turismo, inversiones, eventos internacionales y reconocimiento global. Para lograrlo, desarrollan estrategias de promoción, seleccionan símbolos y construyen relatos sobre sí mismas. En otras palabras, producen una imagen pública que busca proyectar una determinada versión de la ciudad hacia el exterior. Nada de esto me resulta extraño, puesto que, obviamente, las ciudades que hospedan eventos de esta magnitud suelen intentar mostrar su mejor versión. Ahora bien, lo que sí me inquieta es qué ocurre cuando ese esfuerzo por exhibir una ciudad dinámica y competitiva convive con una crisis de desapariciones que parece haberse incorporado a la normalidad de Guadalajara.
Sería fácil convertir esta discusión en una crítica simplista al fútbol o a los eventos deportivos internacionales. Empero, una interpretación de ese tipo pasaría por alto lo realmente importante. El problema no es que la ciudad participe como sede en un Mundial al mismo tiempo que enfrenta una crisis de desapariciones; después de todo, ninguna sociedad suspende completamente su vida pública hasta resolver todos sus conflictos. Lo preocupante es que hoy ambas realidades hayan llegado a parecernos perfectamente compatibles. Es probable que ahí resida el aspecto más revelador de esta convivencia. Los grandes eventos internacionales no sólo movilizan recursos e inversiones; igualmente reorganizan la atención pública. Tal como podemos verificar, durante meses, instituciones, medios de comunicación y actores económicos concentran su atención en aquello que será exhibido ante el mundo, desplazando a un segundo plano otras situaciones que también exigen ser vistas. En ese contexto, la pregunta ya no es únicamente qué problemas existen, sino cuáles logran ocupar el centro de la conversación pública y cuáles terminan confinados a los márgenes de nuestra conciencia colectiva.
Jalisco se ha convertido en uno de los estados más afectados por la crisis de desapariciones en México. Detrás de cada cifra existe una historia interrumpida, una familia atrapada en la incertidumbre y una ausencia que permanece abierta. Con todo, las estadísticas poseen una característica paradójica: cuando alcanzan determinadas dimensiones comienzan a perder capacidad de conmoción. Lo que inicialmente aparece como una tragedia termina transformándose en una categoría administrativa y, eventualmente, en parte del paisaje. En otras palabras, los números crecen, los informes se acumulan y el horror corre el riesgo de convertirse en una rutina burocrática.
Hannah Arendt observó que uno de los peligros más profundos de la modernidad consiste precisamente en la capacidad humana para adaptarse a circunstancias que deberían resultar intolerables. Aunque su reflexión se desarrolló en un contexto histórico distinto, resulta difícil no encontrar resonancias con el presente mexicano. Las desapariciones continúan produciendo dolor, incertidumbre y sufrimiento, pero su persistencia ha comenzado a modificar la manera en que la sociedad las percibe. Actualmente, lo excepcional corre el riesgo de convertirse en “normal”.
Los carteles de búsqueda forman parte del paisaje urbano; las fotografías pegadas en postes, bardas y estaciones de transporte público aparecen con tal frecuencia que muchas veces dejamos de verlas. Lo pienso cada vez que paso frente a la glorieta de los Niños Héroes, rebautizada por la ciudadanía como La Glorieta de las y los desaparecidos. Allí, cientos de rostros observan diariamente a quienes circulamos por uno de los puntos más transitados de la ciudad. La primera vez que la vi me resultó imposible permanecer indiferente.
Recuerdo haber caminado entre los retratos intentando leer nombres, edades y fechas. Durante varios minutos dejé de ver una suma de fotografías para encontrarme con historias interrumpidas; incluso algunos de mis cuentos nacieron de esa experiencia. Con el tiempo comprendí algo más inquietante: incluso aquello que nos conmueve profundamente puede terminar incorporándose al paisaje diario. En efecto, los nombres se acumulan hasta adquirir una dimensión estadística que amenaza con borrar la singularidad de cada historia: no solo desaparecen personas; también puede desaparecer, lentamente, nuestra capacidad de asombro frente a su ausencia. Lo alarmante es que esos rostros conviven diariamente con otra ciudad que sigue funcionando con aparente normalidad. Los automóviles continúan circulando, los comercios abren sus puertas y los proyectos urbanos avanzan. Al final, la desaparición no ocurre al margen de la vida cotidiana; ocurre dentro de ella.
Durante los años que llevo viviendo en Guadalajara, he llegado a comprender que una tragedia puede permanecer frente a nuestros ojos sin dejar de volverse cotidiana. La desaparición continúa allí, presente en conversaciones, espacios públicos y experiencias compartidas. No obstante, la costumbre posee una capacidad extraordinaria para erosionar nuestra sensibilidad. Fue, de hecho, durante mi diario devenir cuando comprendí que la normalización de una tragedia no ocurre únicamente en las instituciones o en los discursos públicos, sino que también lo hace dentro de quienes convivimos diariamente con ella.
La antropóloga mexicana Rossana Reguillo ha insistido en que la violencia contemporánea no puede reducirse a una suma de delitos o episodios aislados. Su efecto más profundo consiste en transformar la manera en que las personas experimentan la realidad. La violencia modifica nuestras relaciones, reorganiza los espacios que habitamos y altera la forma en que comprendemos el mundo. Desde esa perspectiva, las desapariciones no representan únicamente un problema de seguridad pública o de acceso a la justicia, sino que constituyen simultáneamente una experiencia colectiva que transforma la relación de una sociedad con la ausencia, la memoria y el sentido de pertenencia. Quizás por eso resulta tan significativa la figura de las madres buscadoras.
Dentro de un contexto donde la desaparición corre el riesgo de convertirse en una parte más del paisaje, ellas se niegan a aceptar que la ausencia sea el final de una historia. Mientras buena parte de la sociedad aprende a convivir con la incertidumbre, ellas continúan buscando a sus desaparecidos. Recorren campos, barrancas y terrenos baldíos con una perseverancia que resulta difícil de comprender para quienes observamos desde fuera. Su labor posee una dimensión profundamente política, ya que impide que las desapariciones se conviertan por completo en una estadística. Cada búsqueda devuelve un nombre allí donde los números amenazan con imponerse. Cada búsqueda recuerda que detrás de una cifra existe una vida que sigue siendo reclamada.
Tal vez por eso resulta imposible no advertir cierto contraste. Mientras las instituciones destinan recursos considerables a preparar la ciudad para un acontecimiento global, muchas de estas búsquedas continúan realizándose con recursos limitados y mediante el esfuerzo sostenido de las propias familias. La comparación no pretende equiparar fenómenos distintos, pero sí invita a preguntarse qué prioridades consiguen movilizar con mayor intensidad la voluntad colectiva. En ese sentido, resulta difícil no detenerse en una imagen particularmente reveladora: el hallazgo de cuerpos en las inmediaciones del estadio que albergará algunos de los partidos del Mundial. Un descubrimiento de esa naturaleza debería haber provocado una conmoción prolongada y una discusión pública imposible de ignorar; pero nada parece haberse alterado de manera sustancial. Los preparativos continúan, la agenda pública avanza y la ciudad sigue proyectándose hacia el futuro. Posiblemente, uno de los rasgos más inquietantes de nuestro tiempo consiste en esa capacidad de absorber incluso los hechos más perturbadores sin que lleguen a modificar nuestras prioridades colectivas. No porque el horror haya desaparecido, sino porque, como antes indicara, hemos aprendido a convivir con él.
Durante mi trabajo como profesor también he visto aparecer el tema de las desapariciones en conversaciones de colegas y estudiantes. A veces se trata de referencias indirectas; otras, de historias relacionadas con familiares, vecinos o personas conocidas. Lo que me ha llamado la atención no es únicamente la frecuencia con que surgen estos relatos, sino la naturalidad con que muchas veces son mencionados. Como si la desaparición hubiera dejado de pertenecer al ámbito de lo extraordinario para convertirse en una posibilidad inscrita dentro del horizonte cotidiano. Hay además otro elemento que aparece con cierta frecuencia en estas conversaciones. En ocasiones, surge la idea de que las desapariciones afectan únicamente a quienes se han visto involucrados con actividades criminales o mantienen algún vínculo con el crimen organizado. Más allá de que la diversidad de casos registrados contradice esa explicación, me parece una creencia reveladora por otra razón: permite establecer una distancia moral respecto del problema. Si quienes desaparecen pertenecen siempre a un mundo distinto al nuestro, entonces la tragedia deja de interpelarnos directamente.
De todas formas, basta escuchar las historias que circulan en escuelas, barrios y comunidades para advertir que la realidad es mucho más compleja. Acaso por esto esa explicación conserva tanta fuerza. No sólo porque ofrece una respuesta sencilla a un fenómeno difícil de comprender, sino porque nos permite establecer una distancia moral respecto de quienes desaparecen. De manera consciente o inconsciente, terminamos decidiendo qué ausencias merecen nuestra preocupación y cuáles quedan relegadas a los márgenes de la conversación pública. Allí, lejos de la atención colectiva, la desaparición corre el riesgo de convertirse en una tragedia que sigue ocurriendo sin que la sociedad se sienta verdaderamente interpelada por ella.
Judith Butler sostiene que toda sociedad establece, de manera explícita o implícita, qué vidas considera dignas de protección, cuáles merecen duelo público y cuáles terminan ocupando posiciones periféricas dentro de la memoria colectiva. La idea resulta particularmente útil para pensar en las desapariciones. A diferencia de otras formas de violencia, la desaparición suspende incluso la posibilidad del duelo, es decir, no existe una despedida clara ni un cierre definitivo. Lo que permanece es una incertidumbre que puede prolongarse durante años o décadas, dejando a las familias atrapadas en una espera sin término preciso. Aquí la lucha por mantener visibles los rostros, los nombres y las historias de quienes faltan adquiere un significado que va más allá de la búsqueda misma: se convierte en una disputa por el reconocimiento público de esas vidas, una manera de recordar que cada persona desaparecida sigue ocupando un lugar en la comunidad de la que fue arrancada.
Como chileno, esta reflexión adquiere para mí una dimensión especialmente cercana. La figura de los detenidos desaparecidos durante la dictadura cívico-militar forma parte de la memoria colectiva de Chile y constituye una herida que sigue abierta. Crecí viendo fotografías de desaparecidos en actos públicos, memoriales y movilizaciones: rostros que recordaban constantemente que había historias sin concluir y preguntas sin respuesta. Años después, viviendo en México, volví a encontrar esas mismas preguntas en los carteles de búsqueda que aparecen por toda la ciudad. Cambian los nombres, cambian los lugares, cambian las circunstancias; lo que permanece es la incertidumbre. La misma pregunta suspendida en el tiempo: ¿qué ocurrió con quienes faltan?
Evidentemente, ambos contextos históricos son distintos. Sin embargo, comparten una experiencia común: la incertidumbre prolongada de quienes buscan respuestas sobre el destino de sus seres queridos. La memoria de los detenidos desaparecidos en Chile muestra que la desaparición no afecta únicamente a quien falta, sino también a una comunidad que se resiste a aceptar el olvido como destino. Por ello, las fotografías, los nombres y las demandas de esclarecimiento siguen ocupando un lugar central en la disputa por la memoria, la verdad y la justicia.
La situación adquiere una dimensión todavía más inquietante si se observa a través de la lógica contemporánea de la llamada marca ciudad. Guadalajara no constituye una excepción. La preparación del Mundial forma parte de un esfuerzo más amplio por asociar la ciudad con la innovación, la cultura, la modernidad y el dinamismo económico. El problema no radica en esa aspiración. El problema aparece cuando la construcción de una imagen atractiva comienza a convivir con realidades que permanecen abiertas y que, pese a su magnitud, parecen ocupar un lugar cada vez más periférico dentro de la conversación pública.
No existe nada reprochable en que una ciudad aspire a ser reconocida por sus fortalezas. Confieso que cada vez que escucho campañas destinadas a proyectar una determinada imagen de Guadalajara experimento una sensación ambivalente. La ciudad que será mostrada durante el Mundial existe realmente: ahí están su riqueza cultural, su vitalidad económica y su enorme capacidad creativa. Quienes hemos elegido vivir aquí sabemos que todo eso forma parte de Guadalajara. Sin embargo, aceptar esto no desconoce la existencia de otra ciudad. La de las madres que buscan a sus hijos, la de los colectivos que recorren barrancas y terrenos baldíos, la de las familias que continúan esperando respuestas años después de una desaparición. Es una ciudad que rara vez aparece en los materiales promocionales, aunque forma parte de la misma realidad. Ambas ciudades son reales, pero la dificultad surge cuando una de ellas concentra la mayor parte de la visibilidad pública, mientras la otra permanece relegada a los márgenes de la conversación colectiva. No porque se la niegue, sino porque hemos aprendido a convivir con ella.
Entretanto las instituciones trabajan para posicionar la marca “Guadalajara” ante el mundo, miles de familias continúan intentando recuperar algo mucho más básico que una identidad urbana competitiva: el nombre, el rostro y el destino de quienes desaparecieron. La paradoja resulta difícil de ignorar. Una ciudad moviliza enormes recursos para hacerse visible ante millones de personas, al mismo tiempo que miles de ciudadanos luchan diariamente para devolver visibilidad a quienes la violencia intentó borrar. Entonces, la cuestión ya no consiste en decidir si Guadalajara debe mostrarse al mundo como una ciudad moderna y dinámica. La verdadera pregunta es qué ocurre cuando esa aspiración convive con una capacidad cada vez mayor para aceptar como “normal” la existencia de miles de personas desaparecidas. Después de todo, las tragedias colectivas no siempre se consolidan mediante el silencio o la negación. A veces lo hacen de una manera mucho más sutil: cuando aprendemos a convivir con ellas sin permitir que alteren de forma significativa nuestras prioridades, nuestras formas de atención o nuestra sensibilidad frente al sufrimiento ajeno.
En este punto, resulta pertinente recuperar la reflexión de Achille Mbembe sobre la necropolítica. Aunque el contexto mexicano posee particularidades que impiden trasladar mecánicamente cualquier marco teórico, el concepto permite formular una pregunta especialmente inquietante: ¿qué significa vivir en una sociedad donde miles de personas pueden desaparecer sin que ello provoque una transformación proporcional de las prioridades colectivas? La interrogante no remite únicamente a las acciones u omisiones del Estado de Jalisco. También interpela la forma en que una comunidad distribuye su atención, establece sus jerarquías morales y determina qué pérdidas considera intolerables y cuáles terminan incorporándose al paisaje cotidiano. Existe, además, un elemento particularmente perturbador en la relación entre las desapariciones y los grandes eventos internacionales. No porque el Mundial sea responsable de la crisis ni porque el deporte deba sacrificarse en nombre de otras urgencias sociales. Lo verdaderamente revelador es el contraste entre aquello que una sociedad es capaz de movilizar cuando existe una voluntad política clara y aquello que parece aceptar como inevitable o irresoluble. La organización de una Copa Mundial requiere coordinación institucional, inversiones sostenidas, metas definidas y mecanismos permanentes de supervisión. Cuando una ciudad se propone albergar un acontecimiento de esta magnitud, surgen recursos económicos, diagnósticos técnicos, campañas de comunicación y compromisos políticos capaces de transformar proyectos complejos en realidades tangibles.
La comparación no busca equiparar fenómenos de naturaleza distinta, sino poner en evidencia una pregunta incómoda: si una sociedad puede articular semejante capacidad organizativa para cumplir los plazos y exigencias de un evento internacional, ¿qué explica que no logre desplegar una determinación comparable frente a una crisis humanitaria que afecta a decenas de miles de familias? Es precisamente en esa distancia donde se vuelve visible el problema de fondo. ¿Qué nos dice acerca de nuestras prioridades colectivas el hecho de que seamos capaces de organizar con enorme precisión un espectáculo global, mientras miles de familias continúan enfrentando una incertidumbre que se prolonga durante años? La pregunta permite advertir que el problema no radica en una ausencia absoluta de capacidades, sino en la forma en que se distribuyen las prioridades, los recursos y la atención pública.
Tal vez por eso la desaparición constituye una herida tan profunda para la democracia. No se trata únicamente de una violación sistemática de derechos humanos ni de una manifestación extrema de violencia criminal. La desaparición erosiona algo todavía más básico: la confianza en la promesa de pertenencia que sostiene toda comunidad política. Lo saben bien las madres que recorren barrancas, campos y fosas clandestinas utilizando recursos propios. Lo saben quienes han transformado la búsqueda en una actividad que organiza por completo sus vidas. Cada colectivo representa mucho más que una organización ciudadana, pues se constituye como el recordatorio permanente de una ausencia doble: la de quienes desaparecieron y la de unas instituciones que no han sido capaces de ofrecer respuestas suficientes. Quizás el mayor triunfo de la violencia no consista en producir miedo, sino en producir adaptación. Una sociedad atemorizada todavía reconoce la existencia del problema; una sociedad adaptada comienza a incorporarlo como parte de la normalidad. El peligro de esa adaptación es que termina desgastando, poco a poco, nuestra capacidad de indignación.
Cuando concluyan los partidos, las delegaciones regresen a sus países y las transmisiones internacionales se trasladen hacia otros acontecimientos, las ausencias seguirán allí. Las familias continuarán buscando, los colectivos seguirán organizándose y los rostros permanecerán en las fichas pegadas en postes, bardas y estaciones de transporte público. El verdadero desafío para Guadalajara no será demostrar que puede organizar exitosamente un evento global, sino conservar la capacidad moral de considerar intolerable aquello que nunca debió volverse aceptable: una sociedad no se define únicamente por la imagen que proyecta al mundo, sino también por las vidas que se niega a abandonar. Durante algunas semanas, millones de personas observarán a Guadalajara. La pregunta final es si Guadalajara seguirá siendo capaz de mirar a sus desaparecidos cuando las cámaras se apaguen.
**José Baroja es escritor y docente. Autor de Un hijo de perra y otros cuentos, El lado oscuro de la sombra y otros ladridos y Sueño en Guadalajara y otros cuentos. Su trabajo se enfoca en la literatura, la educación y el análisis de problemáticas sociales desde una perspectiva humanista y crítica. https://josebaroja.com



Como mexicana, este texto me hace pensar en esa contradicción que vivimos y en el dolor que nace de ella: por un lado, la imagen de un país que quiere mostrarse moderno y en crecimiento, y por otro, la de las familias que siguen buscando entre el silencio, los carteles, las calles y la incertidumbre. Es difícil aceptar esa doble realidad sin sentir tristeza o enojo. Este Mundial es una farsa.