Perdón, pero no me alcanza

#ZonaDeOpinión

Por Anashely Elizondo / @Anashely_Elizondo

Perdón pero no me alcanza. 

Ni para comprar una casa de Infonavit en las afueras de la ciudad, ni para rentar un departamento céntrico, cercano, amueblado, loft presidencial, suite imperial, por mi cuenta. No me alcanza tampoco para un coche, ni chino, ni coreano, ni japonés, ni mexicano y aunque tuviera uno, no me alcanzaría para la gasolina ni para las constantes revisiones.

Pero no me llamen superficial, sé que no todo en la vida son bienes. Sin embargo, para todo en la vida se necesita tener dinero. 

Qué me perdone la tasa de natalidad pero a mí no me alcanza para parir un hijo, para mantenerlo y criarlo. No me sobra el dinero para una boda de ensueño (en realidad no sueño nunca con bodas y si lo hago es una mala premonición según mi bisabuela).

Las monedas no son suficientes para solventar viajes al extranjero, ni siquiera nacionales a destinos paradisíacos; puedo costear, a duras penas, un boleto de avión en clase económica, si es que sacrifico mi salario completo, si es que dejo de comer, de existir. Es obvio que no como en restaurantes finos, ni gasto mi salario en experiencias majestuosas, mentacatas y banales.

Lo peor de no tener dinero viene cuando enfermas. Cuando no eres un hijo sano de la producción, cuando cojeas. Y es que la industria farmacéutica lo sabe, uno pagaría todo con tal de tener salud, de sentirse bien. Y aquí se hace grande la cuenta; pastillas para dormir, para estar tranquilo, píldoras grandes, pequeñas, frascos diminutos, dosis exageradas, vidas que dependen de tener el acceso a ellas. Perdón, pero no me alcanza.

Aún así, mi estado de clase trabajadora me mantiene alerta, viviendo y sobreviviendo a las injusticias del capitalismo. Aún así, sé que personas de la misma clase social (si es que existen) luchan por mantenerse, por lo básico, por lo obvio; un trozo de pan, un techo digno, una sonrisa en el rostro de sus hijos.

En un mundo donde la hambruna duele, donde la pobreza quema, donde los jóvenes se ven limitados y los viejos abandonados, parece inhumano, insensato y estúpido que alguien pueda tener un trillón de dólares, malgastados, producto de la explotación humana, de la crisis de otros.

Perdón pero no me alcanza. No me alcanza la ética para tratar de entender cómo aquello es posible. Cómo lo hemos permitido, cómo va a perjudicarnos. Quisiera escribir más pero tampoco me alcanza el tiempo. Sufro cuando lo tengo, cuando veo que no estoy produciendo y generando. ¿Pero qué caso tiene? Si nadie más que uno puede ser trillonario. 

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Anashely Elizondo
Anashely Elizondo
Licenciada en Artes Visuales para la Expresión Fotográfica y becada en taller de fotoperiodismo de National Geographic. Colaboradora de la Gaceta y el Área de Prensa de la Universidad de Guadalajara. Enfoca su visión en temas relacionados con derechos humanos, feminismo y arte/cultura.

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