Oxímoron
Por Andy Hernández Camacho /@andybrauni, coordinadora de La Mamá Cósmica / @lamamacosmica
Algunos aficionados suecos caminaban hacia el estadio de Monterrey cuando se encontraron con las fotografías. Podían haber seguido entre camisetas, cantos y la prisa por llegar al partido. En cambio, se detuvieron, preguntaron, se acercaron a las madres buscadoras y las abrazaron.
En la Ciudad de México, durante la inauguración del mismo evento masivo, tres hombres utilizaron una lona con los rostros de personas desaparecidas para cubrirse de la lluvia. Cuando una integrante del colectivo quiso recuperarla, los hombres se negaron a devolverla y la enfrentaron.
Entre ambas imágenes caben apenas unos días y una distancia que no se mide en kilómetros.
Hay algo difícil de aceptar en esa distancia. No depende del idioma, del país escrito en la camiseta ni de cuánto sepamos sobre la historia de quien tenemos enfrente. Se mide en la disposición a reconocer que la vida de otra persona también nos concierne, aunque hayamos llegado al lugar por una razón completamente distinta.
No quiero escribir contra el fútbol. Entiendo la alegría de reunirse alrededor de un partido, la conversación que empieza con una alineación y termina varias horas después, el abrazo que se reparte sin preguntar demasiado cuando cae un gol. Hay algo profundamente humano en celebrar con otras personas, pero el problema aparece cuando creemos que esa emoción nos concede permiso para no hacernos cargo de nada más.
Todo eso ya estaba aquí antes del torneo: las desapariciones, el desprecio hacia quienes buscan, la explotación de las niñeces, las disputas por el territorio. También estaban la hospitalidad, la solidaridad y el cuidado del espacio común. Durante unas semanas, sin embargo, el Mundial concentra cuerpos, dinero, atención y deseos en las mismas ciudades, amplifica lo que ya existía y deja ver qué hacemos cuando compartimos un mismo espacio con miles de personas.
Antes del partido entre Suecia y Túnez, el colectivo Renacer colocó cerca del estadio fotografías y mensajes para nombrar a quienes siguen faltando en Nuevo León. Algunos aficionados se detuvieron. Tal vez no conocían la dimensión de la crisis ni podían seguir cada palabra, pero comprendieron lo suficiente para interrumpir su propia fiesta y acercarse.
Definitivamente un abrazo no abre una carpeta, no localiza a nadie ni sustituye la obligación de las autoridades. Sin embargo, su valor estaba en otra parte: durante unos minutos, las mujeres no fueron tratadas como una molestia en el camino hacia el estadio. Su búsqueda dejó de ser un obstáculo que había que rodear. Había personas frente a ellas dispuestas a escuchar algo urgente, incluso cuando no habían llegado hasta ahí para hacerlo.
En Arlington, cuando las gradas comenzaron a vaciarse después del empate entre Japón y Países Bajos, algunos aficionados japoneses permanecieron entre los asientos y con las bolsas azules que habían llevado para animar a su equipo, comenzaron a recoger lo que otras personas habían dejado atrás. No era la primera vez que lo hacían: el gesto ha acompañado a su afición en distintos torneos y demuestra una responsabilidad comunitaria, que es ya parte de su cultura.
Y sería fácil convertir la escena en una postal sobre la superioridad cívica de un país lejano, pero lo que esas bolsas azules colocan frente a nosotros es una idea mucho más cercana: lo compartido también nos corresponde. El cuidado puede parecer apenas recoger un vaso, guardar una envoltura o dejar una grada lista para recibir a la siguiente persona, pero en esos gestos también se aprende una forma de estar en colectividad y que nos muestra que lo compartido no es de nadie y, al mismo tiempo, nos corresponde a todas y todos.
En la frontera norte, Tijuana recibió a la selección de Irán en medio de una incertidumbre que ningún calendario deportivo podía resolver. Parte de la delegación no había obtenido autorización para entrar a Estados Unidos, así que el equipo hizo de la ciudad fronteriza su base y quedó obligado a cruzarla para jugar y volver casi de inmediato. La política internacional terminó instalada en algo tan concreto como un hotel, un entrenamiento y un autobús.
Y aun así hubo quienes eligieron recibirlos con los brazos abiertos y hasta mariachi… Personas que madrugaron para esperar su llegada, se acercaron durante los entrenamientos o llenaron la banqueta frente al hotel para despedirlos rumbo a su primer partido. Tijuana sigue cargando sus propias contradicciones, pero también ha ofrecido hospitalidad a quienes habitan un lugar de incertidumbre.
Un abrazo, unas bolsas azules y una banqueta llena de gente no corrigen el país ni compensan aquello que hiere. Pensarlo así sería volver la solidaridad una moneda de cambio: tantos gestos amables a cambio de tantas escenas dolorosas. Lo que muestran es algo menos cómodo y quizá más importante.
La indiferencia no es inevitable.
Cuando varias personas ocupan el mismo espacio, siempre existe la posibilidad de elegir relacionarse de distintas maneras.
Por eso la lona del Ángel pesa tanto; el colectivo Una Luz en el Camino la había llevado para mostrar los rostros de personas desaparecidas durante la jornada inaugural. Bajo la lluvia, esos rostros terminaron levantados sobre las cabezas de tres hombres que buscaban no mojarse. Por unos minutos, la búsqueda de otras familias dejó de ser una urgencia y se convirtió, para ellos, en algo que podían tomar y usar.
En México, el registro oficial supera ya las 133 mil personas desaparecidas. La cifra cambia mientras escribo porque la crisis tampoco se detiene, sin embargo, reducir a las madres buscadoras a la imagen de una ausencia también borra una parte importante de lo que hacen: organizan brigadas, siguen expedientes, colocan fichas, construyen archivos, salen a buscar en campo cuando el Estado no llega y sostienen los nombres frente a una sociedad que se acostumbra demasiado rápido a la ausencia. Estar junto a ellas exige algo más que conmoverse durante unos segundos.
Hay otra cara de las promesas de turismo y derrama económica que no cabe en los anuncios. Más visitantes, más dinero circulando, más noches largas y más anonimato también pueden abrir espacios para quienes lucran con la vulnerabilidad de niñas, niños y adolescentes. Nombrarlo así es urgente, porque aunque el Mundial no crea por sí mismo las redes de explotación ni permite calcular automáticamente cuántas personas estarán en riesgo, pero claro que nos obliga a preguntar si la protección crece al mismo ritmo que los visitantes y si quienes trabajan en una ciudad llena saben reconocer cuándo una niñez necesita ayuda.
El país tampoco cabe en las ciudades sede, ya que mientras los reflectores se concentran ahí, en otros territorios continúan las disputas por el agua, la tierra, los ecosistemas y el derecho de las comunidades a decidir sobre los proyectos que transforman su vida.
En la bahía de Ohuira, en Topolobampo, comunidades y organizaciones continúan defendiendo el humedal, los manglares y una forma de vida amenazada por la instalación de una planta de amoniaco. Durante semanas, la conversación nacional puede concentrarse alrededor de una cancha, sin embargo la defensa del territorio sigue ahí donde casi ninguna cámara alcanza a llegar.
Y mientras tanto, en casa, mi hijo llena su álbum de estampas, reconoce banderas, busca países en los mapas y recita nombres de jugadores que yo apenas alcanzo a recordar. Su emoción no necesita que yo la corrija. Tiene seis años y merece la belleza de esperar un partido, elegir un equipo y gritar un gol como si durante unos segundos nada más importara.
No quiero que mi hijo se pierda la belleza de una afición que limpia las gradas, de una ciudad que recibe a quienes fueron rechazados o de una multitud capaz de abrazar a una madre buscadora. Tampoco quiero enseñarle que para celebrar hay que mirar hacia otro lado.
Acompañarlo no significa poner sobre sus hombros el peso de un país que todavía no puede descifrar. Quiero que pueda gritar un gol, reconocer una bandera, alegrarse con una selección pequeña y saber también cuándo una persona a su lado necesita que la miremos, quiero que comprenda, poco a poco, que una fotografía sostenida por una madre que busca en la calle nunca está estorbando el camino.
Seguramente algún día el álbum quedará completo o guardado con varios espacios vacíos. El último partido terminará, los estadios volverán a apagarse y las cámaras encontrarán otra cosa que transmitir. Las familias continuarán buscando. En Ohuira seguirán defendiendo la bahía. Nosotros volveremos a reunirnos por otras razones.
Quizá entonces permanezca la pregunta que este Mundial dejó bajo la lluvia: qué hacemos con las personas que siguen a nuestro lado cuando ya no hay un marcador indicándonos hacia dónde dirigir la atención.
No sé qué respuesta encontrará mi hijo cuando sea mayor. Quisiera acompañarlo para que aprenda que la empatía no exige renunciar a la alegría. También puede aparecer en medio de ella: al recoger lo que otra persona dejó, acercarse a quien necesita ser escuchada, aprender un nombre y sostenerlo durante un momento.
Una multitud no se define únicamente por el lugar hacia el que avanza, sino también por las personas que decide no dejar atrás.
Y yo de corazón deseo que aprendamos a ser esa multitud, incluso cuando nadie nos esté mirando.


