#AlianzaTerritorial
En 2016, la furia feminista se desbordó en las calles del centro del país y, por primera vez, en el espacio digital. El 24 de abril de ese año “vivimos la utopía”, “logramos lo que soñábamos”, “nos dimos cuenta de que podíamos organizarnos”, “no sólo sentíamos que el sistema se iba a caer, lo estábamos tirando”, eran las frases que resumían el sentir de quienes estuvieron en las asambleas, en las calles, en la organización de ese día.
Ese domingo me levanté temprano, tomé mi cámara (Leonora, le decía) y una grabadora viejísima, me encontré con nuevas amigas que con los años se convertirían en maestras y aliadas. Mi historial como reportera cubriendo marchas y mi experiencia repitiendo mentalmente estrategias de seguridad eran largas; pero esa mañana, salir de mi casa se sintió distinto, algo me decía que esa marcha no iba a ser como otras que había vivido.
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Es imposible decir que una fecha desató la furia, porque ya venía acumulándose. Pero tal vez sea posible rastrear cuándo el hartazgo tomó las calles de manera masiva. El triunfo de Enrique Peña Nieto, en 2012, nos volvió rugido y protesta. Su candidatura impulsó un movimiento de jóvenes y una red activista: “YoSoy132”. Como se temía, su sexenio lo inauguró con represión. A Río la injusticia le atravesó el cuerpo. Fue detenido y encarcelado arbitrariamente, en lo que nombramos como #1DMX. Fue la primera vez, para mi generación, que un enojo político se sintió como algo colectivo.
El horror continuó en junio de 2014 con el Caso Tlatlaya, cuando elementos del Ejército Mexicano cometieron ejecuciones ilegales contra presuntos delincuentes en el Estado de México; y luego en septiembre del mismo año, por la desaparición de 43 estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa. Esa fue la gota que derramó el vaso.
Ante la nula respuesta del gobierno se organizaron marchas masivas y acciones globales para apoyar a los familiares y exigir la aparición con vida de los estudiantes. Eloísa Diez, productora radiofónica y documentalista, dice que ese “fue el horror que nos unió” y, por primera vez, la gente salió a las calles realmente indignada.
En esas marchas masivas por Ayotzinapa comenzamos a identificar resonancias, luchas, resistencias, la necesidad de encontrar y construir espacios. Las morras comenzamos a crear espacios más cuidados, pequeñas esferas para conversar, tallerearnos, cuestionar el machismo que se vivía en los movimientos más amplios.
—Creo que ahí (en el #132) fue que nos empezamos a buscar, para organizarnos distinto entre morras —recuerda Dirce Navarrete, integrante de Las Enredadas, una de las colectivas más activas durante la organización del 24A.
La chispita que nos hacía falta para encender la rabia llegó justo el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Mientras caminaba por la Colonia Condesa, la periodista Andrea Noel sufrió una agresión sexual. Algo muy común para las que caminan por la Ciudad de México, pero las redes sociales comenzaban su reinado en nuestras vidas, y su caso se hizo viral. Fue de los primeros que logró esa atención, y que no solo provocó comentarios, sino que encendió la organización feminista.
—Ella subió el vídeo de su agresión a Twitter y pidió que la ayudaran a encontrar a su agresor, y eso empezó a disparar la rabia, la indignación en Facebook. No solo por lo que le hicieron, sino por las reacciones: dijeron que ella se lo había buscado. Ahí empezaron a crearse grupos de Facebook para organizarnos y Karen Diane, una de las activistas feministas que comenzó a alzar la voz en Chiapas, convocó a una marcha —Lulú Barrera me recordó lo que yo había olvidado.
La furia ya estaba acumulada. La rabia organizada nació de la impunidad y el hartazgo. La fuerza colectiva la comenzamos a tejer en internet, una que hace 10 años parecía ser un oasis de esperanza.

La convocatoria llegó por todos lados a la vez. En Facebook se crearon grupos y comenzaron a crearse comisiones, también movimientos locales, con marchas que salieron a la calle ese mismo día en otros estados.
En Ciudad de México, la organización necesitaba un lugar físico donde convertir la rabia en plan. Ese lugar fue La Gozadera. Un espacio cultural en la colonia Obrera que Liber Méndez inició cuando encontró el lesbofeminismo. Ese lugar se convirtió en la casa de las asambleas del 24A. Se pusieron reglas: no habría protagonismos, luchas que pesaran más que otras, ni manifestaciones partidistas.
Las asambleas eran distintas a las de los movimientos mixtos. Las conversaciones eran largas, complejas, políticas y aprendimos que lo tenso puede ser cuidadoso. Ahí se decidió que tenía que ser un día cercano, un domingo, estábamos cansadas de que el 8M solo convocara a sindicatos y partidos que regalaban rosas y felicitaciones. Fue un momento en donde soñamos lo mismo.
—Había mucho cuidado en cómo nos hablábamos —dice Anaid Alcázar—. Estábamos aprendiendo a organizarnos entre nosotras, y eso no se aprende de un día para otro.
Una de las discusiones más importantes fue dónde iniciar la marcha. La Ciudad de México nos era familiar, y conocíamos las rutas: Reforma – El Ángel – el Zócalo. Pero las morras de la periferia dijimos: “la violencia no solo vive en la Condesa, vive en los márgenes de la ciudad, donde las mujeres caminamos con miedo esperando un camión para venir a las reuniones”.
Ir a la periferia fue una decisión política. Ir a Ecatepec. Reconocimos los trayectos, los esfuerzos y las violencias que se viven más allá del cuadro central de la Ciudad de México, conocimos otras calles, que no tienen grandes edificios de oficinas, pero que también forman parte de ese gran monstruo urbano.
—Fue una decisión que nos parecía importante, pero llegar ahí no fue fácil —recuerda Dirce—. Había miedo. No sabíamos cuánta gente iba a ir, no sabíamos cómo iba a reaccionar la gente del municipio, no sabíamos si íbamos a tener respaldo o represión. La comisión de seguridad la integraron ocho morras, ocho para una marcha que convocaría a cientos.
La organización no solo ocurría en La Gozadera, también en las pantallas. En 2016, Facebook y Twitter aún eran lugares para crear comunidad y no espacios polarizantes en los que se convertirían después. Veníamos de ver la Primavera Árabe a través de las redes, en tiempo real: miles de personas del norte de África y Medio Oriente organizándose precisamente en Twitter para salir a la calle y exigir a sus dirigentes que pusieran fin a decenios de opresión. Parecía que algo había cambiado en la forma en que los movimientos podían organizarse y convocarse.
Antes no creíamos que eso pudiera suceder, y sucedió.

Lulú Barrera recuerda que esa fue una de las primeras veces que vivimos la posibilidad de lo online. La hibridez entre lo virtual y lo físico como una sola cosa. Y eso marcó un cambio para nosotras, que llevábamos años diciendo que lo virtual es real. Un día antes de la marcha, el hashtag #MiPrimerAcoso inundó las redes con miles de casos. Eso acabó de convocar a las que no estaban en esos grupos de Facebook. El enojo ya no era silencioso y teníamos una cita en las calles.
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Llegamos temprano porque queríamos verlo todo, tomar fotos de la calle, capturar los sonidos del ambiente. Días antes nos habíamos dado a la tarea de reunirnos para planear un guión, dividirnos tareas, planear preguntas, éramos tres colectivos trabajando juntos para crear una narrativa distinta.
Cuando llegamos, ya había movimiento. Morras acabando sus cartulinas, pintando letras en la explanada de Ecatepec, chicas usando su cuerpo como un lienzo de protestas, algunas improvisando consignas, los tambores de la “vulvatocada” comenzaban a sonar. Un grupo de chicas llegó en bicicleta desde el centro de la Ciudad de México. Las mantas no tenían tanto trabajo como las que ahora se pueden ver en las marchas del 8M, eran más bien con lo que teníamos. No había bengalas de colores, ni vendedores ambulantes vendiendo mercancía feminista.
La explanada de ese municipio, que en ese entonces cargaba el registro más alto de feminicidios del país, se llenó en poco tiempo. Comenzamos a caminar detrás de la “vulvatocada”; detrás de nosotras iban algunos carros y la camioneta que mostraba la frase “machete al machote” en gran tamaño, y al final las ciclistas. Por las ventanas se asomaban caras curiosas, con asombro e incredulidad. Las calles grises eran testigos de que la primavera violeta comenzaba.
—Qué bueno que vinieron hasta acá, porque aquí violan –dijo una señora que se sumó a la marcha durante algunas calles y se despidió de nosotras cuando nos disponíamos a tomar Vía Morelos, la avenida que une esa parte de la periferia con centros de trabajo, hospitales y escuelas.
Esa arteria de la ciudad nos llevó al metro Indios Verdes, y aunque ir en uno de los muchos autos con pintas y pancartas que se habían sumado era una opción, yo decidí irme en metro, quería vivir ese momento de sentir que era una opción segura. Otro de los motores de la marcha fueron las agresiones sexuales contra mujeres en las escaleras del metro. Ese año, en el transporte público se registraban más de mil 600 casos al día.
El metro transportó la estampida feminista, los vagones se llenaron de mujeres hartas de vivir con miedo, de que nuestras voces no se escucharan, así que gritábamos, pintábamos en las paredes y algunas posteábamos en tiempo real. Para esa marcha ninguna autoridad estaba preparada, creo que nunca imaginaron que algo así pudiera pasar.
Los 27 kilómetros que separan Ecatepec de la zona centro de Ciudad de México, los recorrimos de maneras distintas: en bici, en transporte público, en automóviles, en camionetas. Para cuando me volví a reunir con mis amigas en Avenida Reforma, ya habían pasado varias horas. Corrí para esperar la marcha y verla llegar al Monumento a la Revolución, donde ya se iban acomodando unas cuantas.
Las voces y cantos se escuchaban a lo lejos, era un grito uniforme, pero no estábamos seguras de que fuera la marcha, comenzamos a ver manchas blancas y violetas acercarse y de pronto nos dimos cuenta de que sí era, era la marcha que semanas antes habíamos convocado y soñado.

—Decidimos denunciar hoy el carácter machista, misógino y heteropatriarcal del Estado mexicano, que minimiza la gravedad de las violencias hacia nosotras —se escuchó de manera lejana en un pronunciamiento, que sí, quedó opacado porque nunca pensamos que necesitaríamos un equipo de sonido sumamente poderoso para que todas lo escucharan.
Rostros pintados, paliacates, mujeres poniendo el cuerpo, adultas mayores, niñas, compañeras de la universidad a las que nunca imaginé en una marcha gritando justicia, caminar por las calles del centro, ver a más y más mujeres llegar, comer con mis amigas y llegar a nuestra oficina para hacer relevos en el trabajo colectivo, son los recuerdos que almaceno de esa tarde.
Fue transformador vivir esa ciudad con furia, la marcha, toda la rabia organizada, saber que en algunos otros puntos de México también tomaron las calles.
Los recuerdos se mezclan con los logros que tuvimos: nacieron espacios de mujeres para la formación audiovisual, como fue “Voces de Mujeres”, el posterior MeToo y sus círculos de reflexión, el reconocimiento de nuevos delitos de género, el uso colectivo y popular del término feminicidio, la posibilidad de poner el cuerpo y quemar todo en las marchas feministas. También se cruzan con las conversaciones que no quisimos tener, con los conflictos, las rupturas y las fracturas.
—No supimos ver lo que se vendría, lo que nos iba a romper, vivimos la utopía pero también fuimos ingenuas pensando que queríamos lo mismo y siempre lo íbamos a querer —reflexiona Río.
Esa furia organizada de manera torpe, amorosa, híbrida e imperfecta, marcó el inicio de una nueva ola feminista que lleva diez años durante los cuales las cifras de feminicidio no bajaron, subieron. Si en 2016 asesinaban a siete mujeres cada día en México, hoy son once.
Esta crónica es un intento de hacer memoria, saber de dónde venimos y visualizar a dónde podemos ir.
Gracias a todas las amigas que fueron cuerpo conmigo ese día y que no alcanzo a nombrar aquí. A Río, Elo, Anaid, Lulú, Perla, Liber y Dir, que me ayudaron a recordar los huecos de esa utopía.
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Este trabajo fue publicado originalmente en Lado B que forma parte de la Alianza Territorial. Aquí puedes consultar la publicación original.


