Nuestra cancha latiendo

Historias Cotidianas

Por Víctor Ulín

Es inevitable que voltee al mismo lugar en el que sigo viendo pies sucios y zapatos de fútbol felices detrás de un balón.
Era un terreno abandonado que vimos crecer y nacer como campo: la mayor parte del año era tierra seca, polvosa, y cuando llovía mucho brotaba monte, plantas pequeñas silvestres que acabaron en los tacones de nuestros zapatos de fútbol, pero nosotros le llamamos pasto.
Nadie nos convocaba. Pero sabíamos que había una hora en la tarde en la que había que llegar para jugar la cascarita, la charanga.
Alguien, cualquiera, podía traer el balón en mano sabiendo que lo abrazaríamos. Cuando era nuevo, lo acariciábamos más y aspirábamos como si fuera una flor. Patearlo era sentir su aire latiendo. En el campo nos olvidábamos hasta del hambre. Corríamos como deseosos de entrar a otro mundo. Teníamos que llamarnos por apodos para existir en la cancha. (Hasta la fecha recuerdo la mayoría de los apodos, pocos nombres).
Cada quien buscaba los mejores pies. Que te eligieran marcaba una diferencia: te hacían una estrella sin nombrarte.
Nunca nos cansábamos de correr. Solo la llegada de la noche nos avisaba de que había que terminar el partido y declarar al ganador para dejar adelantada la revancha interminable.
Vernos al otro día se había vuelto más que un ritual: todos teníamos apellidos diferentes, pero éramos hermanos.
Podíamos faltar a la escuela, pero no a jugar. A menos que alguna gripa nos tumbara en la cama o un castigo impuesto por los papás por no hacer la tarea o la limpieza en casa nos impidiera llegar. En los partidos que disputábamos con amigos o conocidos que se volvían rivales, teníamos la seriedad de un profesional, y también su enojo.
Los días, muy pocos, cuando llovía o que de pronto no alcanzábamos el número de jugadores para dos equipos, nos sentíamos incompletos. Completos llegamos a desafiar los truenos de los días de lluvias y a bañarnos de lodo. La cancha que elegimos para vivir ya nos había adoptado. Conocíamos cada uno de sus huecos y de sus desniveles. Solo los que llegaban de otros lados o eran nuevos, tropezaban.
Nosotros éramos sus habitantes. Bebimos de su polvo. Sentimos lo caliente de su sangre.
Cada caída nos acercaba más. La sangre que salía de nuestras rodillas no era nuestra. A nosotros se nos secaba con los días. En la cancha quedaba como una herida tapada con una curita. Nunca pensamos que la cancha dejaría de ser lo que ya era. Que los hijos y los hijos de los hijos también correrían detrás del balón y festejando goles. 
Cuando nos la quitaron, fue como si nos hubiesen corrido de nuestra casa. Nos sentimos huérfanos buscando padres. Nos hicimos un espacio en una glorieta para seguir jugando, pero no fue lo mismo. La cancha improvisada no era suficiente para nuestros pies que terminaban en la avenida y el balón metido entre cuatro llantas.
Nos sentíamos foráneos en la deportiva en los equipos en los que varios de nosotros militábamos. No fue ni será igual jugar en una cancha prestada.
Porque la cancha de la colonia era nuestra. Sintió como crecieron las plantas de nuestros pies. Aprendió a reconocer nuestras voces que tenían otra gravedad o agudeza y a oír nuestros apodos. Nos vio llorar cuando perdíamos con el rival o una final en los torneos que fueron organizados por amigos.
La cancha de fútbol de la colonia que no pudimos emparejar porque siempre estuvo desnivelada, con unas esquinas más largas que las otras en las porterías, era la más perfecta que habíamos pisado. Fuimos testigos cómo las máquinas la desmembraron y nos cortaron a nosotros los pies.
Las casas que construyeron encima no lograron enterrarla. Están a espaldas de nuestra colonia. Justo donde finaliza la cancha.
Cuando paso cerca, la oigo latir. Como si sacara la lista para formar los equipos y nos comenzara a llamar por nuestros apodos. Ahí también me escucho.

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Somos un proyecto de periodismo documental y de investigación cuyo epicentro se encuentra en Guadalajara, Jalisco.

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