“Dientes de león, dientes de leche”: una mirada a las huellas que deja la infancia

Dientes de león, dientes de leche es una obra construida a partir de memorias de infancia que explora cómo los núcleos familiares y el contexto social marcan el crecimiento. A través del juego y una dramaturgia colectiva, las creadoras transforman experiencias personales en una reflexión sobre la memoria, el cuidado y los derechos de las infancias. La pieza busca que el público conecte con sus propios recuerdos y cuestione la responsabilidad de los adultos frente a las nuevas generaciones.

Por Vanessa Briseño / @nevervb 

La pieza escénica Dientes de león, dientes de leche surge de una serie de interrogantes personales y colectivas sobre la infancia, los lazos familiares y las formas en que los recuerdos se reorganizan con el transcurrir del tiempo. El proyecto congrega a un núcleo de creadoras independientes que han coincidido en distintos montajes desde 2017 y que, a partir de 2022, comenzaron a gestar este laboratorio creativo.

La puesta en escena es el resultado de la colaboración entre artistas provenientes de diversas disciplinas. Actrices, escritoras, cineastas, diseñadoras sonoras y performers comenzaron a desarrollar la propuesta por iniciativa de la directora y dramaturga Juliana de la Torre, tras haber compartido experiencias previas en producciones como El coloquio de los perros (2017), Pasaje en que nos soltamos las manos (2021), Refugio (2021) y Tumbadas (2021).

El equipo técnico y artístico está conformado por Juliana de la Torre en la dirección escénica y la co-dramaturgia junto con Sayuri Sánchez; Isabel Rodríguez en la producción ejecutiva y asistencia de dirección; mientras que Ariana Díaz y Denisse Figueroa asumieron el diseño y la realización del espacio escénico.

Asimismo, Sarah Monroy, bajo el proyecto Paragraph, se encargó del diseño y la ejecución sonora; Noemí Saavedra y Natalia Martínez coordinaron la iluminación; y Daniela Farías junto a Hanna Katarina, desde Nutopia, confeccionaron el vestuario. Sobre el escenario, el elenco está integrado por la propia Juliana de la Torre, Denisse Figueroa, Corazón Mejía, Sarah Monroy e Isabel Rodríguez.

@dientesdeleondientesdeleche

En conversación con ZonaDocs, Juliana de la Torre compartió que el punto de partida de la obra no es fortuita, sino que derivó de un proceso previo de introspección que terminó por consolidarse dentro del Ciclo de Teatro Documental Hecho por Mujeres, una plataforma que ella misma coordina en el estado de Jalisco desde hace cuatro años.

En ese entorno de experimentación, la necesidad de proponer nuevas narrativas abrió la posibilidad de estructurar un montaje que tomara como materia prima las vivencias autobiográficas de sus integrantes. El objetivo era transformar el recuerdo personal en un testimonio público.

La directora detalló que el punto de partida histórico se sitúa en la infancia de los años noventa en México, un periodo en el que, según analizó, persistían dinámicas hogareñas fuertemente normalizadas por el castigo corporal y existía un menor cuestionamiento civil hacia estas conductas de crianza.

“Había momentos o culturas… donde la estructura familiar estaba muy permeada por la violencia física”, rememoró al evocar el contexto social en el que creció su generación.

A partir de este diagnóstico, el colectivo comenzó a moldear la memoria como un dispositivo escénico. Juliana señaló que una de las premisas fundamentales del proceso fue definir cómo asimilar esos recuerdos desde la madurez actual, en una época donde las discusiones sobre los derechos de la niñez han avanzado notablemente.

Por su parte, la dramaturga y poeta Sayuri Sánchez, coautora del texto, argumentó que el proyecto también se sostiene en una revisión sociohistórica sobre el entorno en el que se desenvolvieron las infancias mexicanas de finales del siglo pasado. Por ello, aclaró que la obra no es un mero ejercicio egocéntrico, sino un espejo de su tiempo.

Sayuri añadió que la metodología de creación implicó examinar las memorias propias a través de la distancia temporal y mediante sesiones de escritura digital. Estas jornadas permitieron identificar heridas y nostalgias comunes entre las participantes.

El trabajo consistió en “ser muy puntuales en qué recuerdos podían congeniar en este universo”, precisó la escritora respecto a la selección del material que habitaría la escena.

La configuración de la dramaturgia no siguió un hilo conductor tradicional ni lineal. Por el contrario, el proceso incluyó cruces entre la investigación documental y la escritura compartida, dando pie a una estructura fragmentaria donde las imágenes del pasado emergen de forma recurrente, tal como opera la mente humana.

Juliana agregó que el proceso también detonó dilemas éticos sobre los límites de la exposición de la intimidad en el teatro. Una de las decisiones colectivas más importantes fue proteger la privacidad de sus entornos afectivos, evitando representaciones literales de sus parientes.

“Queríamos cuidarles también a nuestros papás”, comentó la realizadora al explicar el respeto con el que se trataron los archivos familiares.

En lugar de apostar por un relato biográfico explícito, la obra prefiere construir atmósferas y secuencias metafóricas que mudan la vivencia cruda hacia un territorio poético. La dirección buscó conscientemente establecer una distancia estética que permita al espectador interpretar la historia desde sus propios referentes.

Bajo este enfoque, el juego se convierte en el recurso narrativo principal y en la llave de acceso al pasado. Para las creadoras, las dinámicas lúdicas no pretenden simular la niñez de forma infantil, sino funcionar como una herramienta para confrontar, asimilar y dignificar los episodios difíciles.

Sayuri apuntó que esta dimensión lúdica tiene el propósito de transformar la relación de la audiencia con la nostalgia. En vez de concebirla como una melancolía estática o paralizante, la pieza la desplaza hacia un plano activo donde el recuerdo puede sanar.

“Queremos darle toda la vuelta a eso”, enfatizó la coautora en relación al sentido de resiliencia que busca transmitir el montaje.

La directora sumó que el juego opera además como un protocolo de cuidado mutuo entre las actrices durante la función. Este mecanismo impide que el espectáculo se transforme en un desgaste emocional crónico, priorizando en su lugar la complicidad colectiva sobre las tablas.

La producción artística integró de manera horizontal disciplinas como el paisaje sonoro, la iluminación y la escenografía. Juliana detalló que el diseño de cada área se desarrolló a la par de la escritura del texto, logrando una “dramaturgia expandida” donde los objetos y las luces hablan tanto como las palabras.

El espacio escénico fue concebido como un entorno abstracto que evoca la niñez a través de la sugerencia visual, empleando sutiles elementos que remiten a la pérdida y al descubrimiento. Por su parte, la música y los efectos acústicos se construyeron con ruidos cotidianos que dialogan de forma directa con la memoria auditiva del espectador.

Sayuri describió la obra como un tejido complejo de referencias que abarca desde la legislación de los derechos de la infancia hasta conceptos biológicos y filosóficos. Desde su punto de vista, los elementos de utilería en el escenario actúan como verdaderos detonadores de la memoria corporal.

Juliana puntualizó que el haber colaborado previamente en otros proyectos facilitó la consolidación de este lenguaje común. La longevidad de las relaciones profesionales dentro del grupo permitió fundar un método de trabajo cimentado en la confianza y en la libertad de exploración.

En lo relativo a la recepción de la obra, Sayuri argumentó que el colectivo no busca imponer una lectura única en el público. De hecho, compartieron que en presentaciones previas algunos asistentes han conectado más con las referencias a la naturaleza o con el gozo del juego, antes que con las tensiones del núcleo familiar.

@dientesdeleondientesdeleche

Juliana coincidió en que el efecto más recurrente en la sala es la reactivación de las propias vivencias de quienes observan: “Se acuerdan de sí mismas”, ilustró la directora, describiendo cómo la experiencia teatral se transforma en un detonador de la memoria individual del público.

Finalmente, ambas creadoras concluyeron que Dientes de león, dientes de leche es también una invitación a meditar sobre la responsabilidad social que los adultos tienen frente a las nuevas generaciones. En un entorno complejo, la pieza cuestiona el papel de la comunidad en la edificación de entornos seguros para las infancias de hoy.

Sayuri remarcó que el proyecto defiende la colectividad y las alianzas entre mujeres como una vía indispensable para sostener tanto la producción artística independiente como la vida diaria frente a contextos adversos.

La última presentación programada de Dientes de león, dientes de leche se llevará a cabo el sábado 27 de junio a las 19:00 horas en el Teatro Jaime Torres Bodet de Guadalajara. La pieza tiene una duración aproximada de 50 minutos y está recomendada para público adolescente y adulto. Las entradas pueden adquirirse a través de la página www.voyalteatro.com o puedes consultar actualizaciones en el Instagram oficial @dientesdleóndientesdeleche  

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Vanessa Briseno
Vanessa Briseno
Melómana por excelencia y apasionada de la lectura. Creo firmemente que el periodismo es una gran herramienta que te permite contar historias reales desde la verdad.

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