“Se culpan de haber fallado”: investigación visibiliza impactos psicosociales y labores de cuidado en hombres buscadores

La investigación “Impactos psicosociales y labores de cuidados en hombres buscadores” realizada por FUNDAR visibiliza los impactos psicosociales, económicos y de salud que enfrentan los hombres que buscan a sus seres queridos, así como las labores de cuidado que desempeñan dentro de sus familias y colectivos. 

Por Vanessa Briseño / @nevervb

Fotografía de portada FUNDAR 

Mientras las mujeres han encabezado históricamente la localización de personas desaparecidas en México, la participación de los hombres en estos procesos ha permanecido prácticamente al margen de la discusión pública. Una reciente investigación elaborada por el centro de análisis FUNDAR busca transformar esta perspectiva al documentar los impactos psicosociales que ellos encaran, así como las tareas de asistencia que sostienen dentro de sus núcleos familiares y colectivos.

El documento titulado “Impactos psicosociales y labores de cuidados en hombres buscadores”, coordinado por la especialista Alejandra Ramírez, compendia las vivencias de 19 participantes originarios de estados como Guerrero, Tamaulipas, Sonora, Guanajuato, Ciudad de México y Estado de México. A través de talleres compartidos y entrevistas en profundidad, el diagnóstico examina cómo se experimenta la ausencia de un ser querido desde un enfoque que cruza el género, los derechos humanos y el sostenimiento de la vida.

En entrevista para ZonaDocs, Alejandra Ramírez detalló que el proyecto germinó tras varios años de brindar acompañamiento a los colectivos. Durante ese tiempo, constató que la presencia masculina solía ser invisibilizada en las crónicas mediáticas e institucionales, a pesar de que muchos padres y hermanos se involucran de forma activa en las jornadas en campo.

“Siempre me había llamado mucho la atención ver la presencia de hombres buscadores y que casi por un lado no se hablaba de ellos”, matizó la investigadora al describir las motivaciones que dieron origen al estudio.

La especialista apuntó que, más allá de detectar este vacío en el debate social, diversos buscadores comenzaron a acercarse a ella de manera espontánea para compartir las secuelas individuales de sus pérdidas. Dicho lazo de confianza mutua evidenció la urgencia de sistematizar una veta de la crisis humanitaria que carecía de registros.

La hipótesis inicial del estudio también pretendía descifrar un cuestionamiento recurrente en el activismo: ¿a qué se debe la asimetría numérica entre las mujeres y los hombres al frente de las brigadas? No obstante, Alejandra puntualizó que la respuesta requería ir más allá de los censos tradicionales.

“¿Qué indicadores están ahí, qué es lo que está sucediendo?”, rememoró la autora al plantear las variables que guiaron su metodología de trabajo.

Para responder a estas interrogantes, la investigadora integró a un grupo plural de varones de diversas edades y regiones geográficas. El propósito central era desmenuzar cómo los mandatos políticos, sociales y culturales moldean la forma en que el sector masculino procesa el duelo y se incorpora a las tareas de rastreo.

Héctor.

Durante la implementación del proyecto, el equipo técnico se topó con la necesidad de modificar el diseño metodológico. Aunque las sesiones iniciales pretendían profundizar de forma directa en las heridas emocionales, varios de los convocados mostraron resistencia para exteriorizar sus sentimientos, prefiriendo orientar la conversación hacia las estrategias logísticas, la organización de las brigadas y la exigencia de derechos ante los ministerios públicos. 

Este comportamiento, lejos de ser un obstáculo, se erigió como uno de los hallazgos más reveladores del estudio. Para Alejandra, el hermetismo de muchos padres no denota una falta de sufrimiento o de empatía, sino que constituye un reflejo de la educación patriarcal que les instruye a asimilar el dolor desde el aislamiento y la severidad.

“Hay una especie de autosilenciamiento”, precisó la especialista respecto a las barreras culturales que restringen la vulnerabilidad masculina.

La autora observó que una gran cantidad de buscadores atraviesa el duelo en completa soledad debido a la escasez de entornos comunitarios donde sus crisis emocionales sean validadas de forma legítima. Mientras el entorno social suele conceder a las mujeres el derecho al llanto, la angustia o el miedo, sobre los varones pesan expectativas de templanza que dificultan el desahogo.

Estos patrones de conducta se introyectan desde la niñez y terminan por determinar la manera en que se asimila la desaparición de un ser querido. En los testimonios recabados sobresale de manera constante un agudo sentimiento de culpa ligado a la noción de “haber fallado” en el rol de protectores del hogar que tradicionalmente se les demanda.

Héctor Flores

“Se culpan de haber fallado”, argumentó Ramírez al analizar el peso psicológico que imponen estos estereotipos sobre quienes no pudieron evitar el crimen.

La investigación advierte que este repliegue emocional tiene repercusiones directas en las dinámicas cotidianas. Los daños catalogados por el estudio se agrupan principalmente en tres vertientes: las secuelas psicoemocionales, el deterioro de la salud física y las afectaciones financieras que resienten los hogares en resistencia.

La especialista aclaró que este desgaste no se limita al individuo, sino que trastoca a todo el núcleo familiar. Frecuentemente, quienes salen a buscar fosas clandestinas deben continuar garantizando el sustento material de la vivienda, una doble jornada que dificulta la permanencia en empleos formales, obstaculiza la asistencia a las diligencias ministeriales y eleva los costos médicos para atender las enfermedades derivadas del estrés crónico.

A la par de documentar los daños, la publicación de FUNDAR arroja luz sobre un tema poco examinado: las prácticas de soporte que ejercen los hombres. El análisis propone que estas actividades rebasan las fronteras del quehacer doméstico e involucran el cuidado integral de los lazos afectivos, el cuidado de la salud de sus parejas y el apoyo mutuo dentro de los colectivos.

Alejandra expuso el caso de un hogar conformado por un padre y sus dos hijos varones, quienes reestructuraron por completo las tareas del hogar para equilibrar la carga de trabajo que históricamente recaía de forma exclusiva sobre la madre tras la desaparición del familiar.

“Los cuidados tienen que ver con varias acciones, para el sostenimiento de la vida”, puntualizó la experta para ampliar el marco conceptual de este término.

El estudio demuestra que esta división de funciones se replica durante las caminatas en territorio. En las brigadas en campo, los varones suelen asumir las maniobras que demandan mayor desgaste físico o resguardo perimetral, brindando soporte a sus compañeras en terrenos de difícil acceso. No obstante, el informe subraya que la búsqueda es, en esencia, un logro colectivo y horizontal.

Para la investigadora, las voces recopiladas demuestran que salir a buscar de la manera en que se hace en el país debe conceptualizarse como una extensión directa de las labores de reproducción social. La desaparición forzada obliga a las familias a trastocar sus rutinas y empleos para hacer viables los rastreos sin desatender la subsistencia básica.

Dicho proceso se complejiza sustancialmente cuando en las viviendas habitan personas adultas mayores, infancias o personas con padecimientos crónicos que requieren asistencia médica regular. A este panorama se añaden los peligros inherentes a los rastreos en zonas con alta presencia de grupos delictivos.

Alejandra puntualizó que varios entrevistados narraron cómo han tenido que asumir esquemas de protección física para salvaguardar la integridad de las madres buscadoras durante las incursiones en parajes de riesgo. Esta realidad detonó una discusión interna sobre las violencias cruzadas que sufren los propios varones.

“También los hombres están siendo violentados por otros hombres”, sentenció la especialista al aludir al contexto de delincuencia que impera en los territorios de búsqueda.

Derivado de estos diagnósticos, la investigación sostiene que las obligaciones del sostenimiento emocional y logístico de la crisis no deben recaer por antonomasia sobre las mujeres. La autora argumenta que los padres, hermanos e hijos también son un pilar activo en el movimiento y que su esfuerzo amerita una validación tanto jurídica como social.

En el marco de la difusión del documento, FUNDAR coordinó un foro de discusión que congregó a activistas de diversas regiones del país. Para la coordinadora, este encuentro sirvió para ratificar una de las consignas fundamentales de la publicación: visibilizar la experiencia masculina no demerita en absoluto el liderazgo histórico de las mujeres.

“Lo único que queremos es que sepan que existimos“, recordó Alejandra al evocar las palabras de uno de los participantes del foro.

Durante el intercambio de experiencias, los buscadores aclararon que su intención no es disputar espacios de representación, sino visibilizar que ellas siguen siendo el motor principal de la movilización. No obstante, demandaron que el Estado atienda también sus particularidades médicas, psicológicas y socioeconómicas.

La especialista resaltó que el espacio permitió observar otra vertiente poco analizada: la potencia de los lazos de fraternidad que se tejen entre los buscadores. Muchos de ellos expresaron que las asambleas representan uno de los pocos refugios institucionales donde pueden quebrarse y llorar acompañados por pares que comparten su mismo dolor.

“Yo a veces no tengo con quién hablar, pero aquí entre ustedes tengo con quién abrazarme”, citó la autora al rescatar uno de los testimonios de la jornada.

La investigadora abundó que estos círculos propician la articulación de redes de solidaridad vecinal y regional que difícilmente encuentran en sus entornos laborales o de esparcimiento tradicionales, donde prevalecen prejuicios de género que castigan la expresión de los sentimientos en los varones.

Las conclusiones del estudio buscan además incidir en el rediseño de las políticas públicas destinadas a la atención de víctimas indirectas. Alejandra calificó como obsoleto e insuficiente el andamiaje institucional actual, puesto que ignora que los efectos colaterales de la desaparición se prolongan crónicamente y suelen agudizarse conforme transcurren los años de impunidad.

“Estos daños son atemporales. Permanecen”, alertó de forma categórica la investigadora de FUNDAR.

Por tal motivo, una de las principales apuestas políticas de la organización civil consiste en empujar la inclusión de las familias buscadoras dentro de las discusiones legislativas del Sistema Nacional de Cuidados. La meta es que el Estado reconozca la especificidad de este sector a través de subsidios de salud, programas de salud mental comunitaria y garantías laborales especiales.

El documento aspira a posicionar en la agenda mediática una realidad de la que poco se habla: que los padres que buscan también se enferman, se precarizan y sufren; que ellos también sostienen los hogares y que requieren de un andamiaje institucional para no sobrellevar los estragos de la violencia en el aislamiento absoluto.

“Los esfuerzos que se hagan tienen que ser para todas las personas que están buscando a lo largo del país”, concluyó Alejandra Ramírez, instando a que los programas de reparación integral posean un alcance verdaderamente federal y transversal.

A través de este diagnóstico, FUNDAR introduce una perspectiva necesaria al examen de los derechos humanos en México. Al situar el cuidado como el eje rector de la experiencia de los hombres buscadores, el estudio demuestra que entender esta dimensión es crucial para diseñar políticas públicas que respondan con dignidad a quienes, ante la negligencia de las instituciones, dedican sus vidas a buscar a los que faltan.

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Si deseas consultar la investigación completa puedes visitar la página oficial www.fundar.org.mx en el apartado de “publicaciones” o puedes hacerlo directamente aquí.

Impactos psicosociales y labores de cuidados en hombres buscadores

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Vanessa Briseno
Vanessa Briseno
Melómana por excelencia y apasionada de la lectura. Creo firmemente que el periodismo es una gran herramienta que te permite contar historias reales desde la verdad.

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