En Pie de Paz
Por Gabriela Hernández Ruiz* / @gabshdzruiz (IG)
¿Quién nos enseña a escuchar, a cooperar o a resolver nuestras diferencias desde la paz?
La educación para la paz ha venido desarrollándose formalmente desde inicios del siglo XX con precursoras como Maria Montessori, pasando por enfoques orientados a la pacificación en conflictos internacionales, la construcción de paz en territorios de posconflicto o incorporando, desde una visión de paz positiva, el desarrollo de competencias vinculadas a los derechos humanos, la democracia y la justicia como ejes centrales para el sostenimiento de la paz. Cada vez resulta más frecuente hallar en los espacios académicos literatura, programas formativos, cátedras, eventos e investigaciones sobre las distintas formas de entender y construir las paces, lo cual ha robustecido los marcos conceptuales y metodológicos sobre los cuales comprendemos y promovemos la paz. Sin embargo, circunscribir la educación para la paz al ámbito de la educación formal implicaría perder de vista que buena parte de los aprendizajes que determinan nuestra manera de convivir se construyen fuera de las aulas.
Partiendo de la premisa de que la violencia no es inherente al ser humano, sino un fenómeno construido a través de dinámicas de dominación y desigualdades de poder, asumimos también que la convivencia pacífica es un aprendizaje social, que puede adquirirse mediante la observación, la imitación y la interacción en sistemas donde primen el diálogo, la cooperación, la participación y el cuidado colectivo; de ahí el valor de los espacios no formales para desarrollar competencias para la convivencia pacífica.
Esta afirmación parece obvia, pero tiene profundas implicaciones en cómo entendemos la construcción de paz desde las políticas públicas, que han concentrado gran parte de sus esfuerzos en responder a las consecuencias de la violencia: fortalecer instituciones de seguridad, mejorar los sistemas de justicia o incrementar las capacidades de reacción frente al delito. Sin embargo, aunque estas acciones son necesarias, para tener sociedades pacíficas no es suficiente reducir delitos, sino que es imprescindible fortalecer los vínculos comunitarios.
La pedagogía social concibe a toda la comunidad como un espacio de aprendizaje: una colonia, un parque, un mercado, una institución pública, un centro cultural o una organización vecinal son escenarios en donde cada encuentro deja aprendizajes sobre confianza, participación, corresponsabilidad y cuidado mutuo; ahí se construyen cotidianamente las formas en las que nos relacionamos. Desde esta perspectiva, resulta fundamental diseñar experiencias donde las personas ejerciten aquellas habilidades que deseamos fortalecer: el diálogo, la cooperación, la participación y la toma colectiva de decisiones; se busca que en estos espacios las personas experimenten la posibilidad de construir acuerdos, escuchar perspectivas distintas y descubrir que el conflicto puede transformarse sin recurrir a imposiciones de poder o fuerza.
Esta propuesta resulta especialmente necesaria en contextos donde pareciera que disentir implica romper vínculos, la diferencia suele interpretarse como amenaza y el espacio público se llena de discursos que privilegian la confrontación e imposición antes que la deliberación. En estos escenarios, la pedagogía social ofrece herramientas y tecnologías sociales para recuperar algo profundamente democrático: la posibilidad de aprender a convivir sin violencia con quienes tenemos diferencias.
Hablar de pedagogía social para la paz también es un asunto de gobernanza, lo cual representa una ruptura con el paradigma tradicional de la verticalidad institucional, en el cual las administraciones públicas diseñan, deciden e implementan soluciones para una ciudadanía concebida de forma pasiva como simple receptora de los efectos de sus políticas. Incorporar esta perspectiva demanda que las instituciones públicas también deben asumirse como organizaciones que aprenden, desarrollan capacidades para escuchar los saberes comunitarios, reconocen las experiencias y conocimientos construidos desde los territorios e incorporan la participación ciudadana como una fuente legítima de aprendizaje institucional que lleva a generar procesos permanentes de reflexión sobre sus propias prácticas.
En este sentido, gobernar desde y para la paz no consiste únicamente en ofrecer respuestas a los problemas públicos, sino también en crear las condiciones para que el Estado y la sociedad aprendan mutuamente a deliberar, cooperar y construir soluciones desde la corresponsabilidad a través de mecanismos para la participación ciudadana: ya sea con el presupuesto participativo, un consejo consultivo, un laboratorio ciudadano o ejercicios de diálogo comunitario, se abren oportunidades para la pedagogía social. Cuando estas experiencias son significativas y verdaderamente incluyentes, fortalecen la confianza social, generan corresponsabilidad, desarrollan capacidades para gestionar la conflictividad de manera no violenta y la construcción de comunidades solidarias.
Cada vez que una niña descubre que su opinión es reconocida; cuando un vecino participa por primera vez en una decisión comunitaria; si una persona servidora pública comprende que gobernar también significa dialogar o cuando una comunidad reconoce que las diferencias pueden ser una fuente de creatividad e innovación social en lugar de un punto de ruptura, se están fortaleciendo las capacidades sociales para la paz.
Desde una mirada de paz, la pedagogía social sirve para recordarnos que las comunidades resisten cotidianamente a la presencia de las violencias y también a las dinámicas que las legitiman; y reitera el valor que tienen los procesos compartidos de aprendizaje, en los que las personas y las instituciones son, al mismo tiempo, educadoras y aprendices en un camino permanente hacia la construcción de sociedades democráticas más solidarias y pacíficas. Así que si nos encontramos en un parque, un centro comunitario o en la calle, ya saben qué andamos haciendo.
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Diseñadora de experiencias para conectar con nuestra humanidad compartida y generar entornos de paz.


