La trampa de las masculinidades pacificadas: Rabia retributiva y el monopolio de la fuerza

Red de Masculinidades Antipatriarcales

Por Josué Lavandeira – MEJORESHombres / Red de Masculinidades Antipatriarcales /  @MEJORESHombres (IG) / @redmasculinidadescriticas (IG)

El discurso contemporáneo sobre las (mal) llamadas “nuevas masculinidades” o “masculinidades alternativas” ha cumplido una función pedagógica innegable: desmontar el imperativo de que ser hombre equivale a ser un violentador en potencia que cumple el rol hegemónico de provisión, protección y dominio. Se nos invita, con justa razón, a transitar hacia la empatía, el cuidado, la vulnerabilidad y la gestión pacífica de los conflictos. Sin embargo, en este proceso de desmantelamiento estético, se ha colado una lectura profundamente tramposa y domesticadora. Al canonizar un modelo de masculinidad estrictamente pacificado, dócil y reactivo, el sistema parece exigirnos una renuncia absoluta a la fuerza, despojándonos de cualquier capacidad de respuesta combativa y creando un modelo de “pacifismo cosmético” que beneficia al opresor.

Aquí radica la paradoja: mientras que a los hombres conscientes se les educa en una suerte de desarme emocional y físico absoluto, las estructuras del poder —regidas por la masculinidad hegemónica y tradicional— no han soltado un solo milímetro de sus privilegios ni de sus armas. El resultado es un reparto asimétrico de los roles de poder. Por un lado, una masculinidad tradicional que retiene el monopolio legítimo e ilegítimo de la fuerza y del ejercicio de las violencias; por el otro, una masculinidad disidente relegada a un rol pasivo, un mero receptor de agresiones que asume el golpe moral o físico sin la posibilidad de blandir la fuerza en retribución. Se promueve la idea de que la no-violencia es una evolución espiritual, cuando en la práctica, muchas veces opera como una parálisis política impuesta.

Asumir de forma automática que cualquier manifestación de agresividad o fuerza física es intrínsecamente “patriarcal” e indeseable es un error de diagnóstico histórico. Existe una diferencia abismal entre la violencia opresora —aquella que somete, humilla y explota para mantener un statu quo— y la rabia retributiva, que surge como un mecanismo de autodefensa y dignidad ante la opresión. Cuando el marco de las “nuevas masculinidades” prohíbe esta última, lo que hace es blindar al opresor y brindarle el monopolio de-facto sobre el ejercicio del poder mediante la fuerza. Si los hombres que buscan romper con el mandato tradicional se autolimita al pacifismo absoluto, la masculinidad hegemónica se vuelve intocable. Perdemos por default.

La rabia, históricamente, no ha sido únicamente un combustible de la barbarie; también ha sido una herramienta indispensable para desarmar la impunidad. La fuerza combativa posee una dimensión pedagógica que el agresor suele entender mucho mejor que cualquier manifiesto teórico: el recordatorio de que sus actos conllevan un costo directo. Negar la legitimidad de esa contraofensiva es condenar a quienes se resisten a ser mártires perpetuos.

Los grandes avances en materia de derechos humanos y deconstrucción de poderes despóticos no se lograron pidiendo permiso ni ofreciendo la otra mejilla de manera indefinida. Cuando las vías del diálogo institucional se revelan como un monólogo del opresor, la rabia organizada se vuelve necesaria. La historia está plagada de ejemplos donde la fuerza combativa fue el único idioma capaz de resquebrajar la soberbia del tirano:

  • Malcolm X y el Partido Pantera Negra: Frente al pacifismo integracionista de otros sectores, Malcolm X comprendió que el racismo estructural y el patriarcado blanco estadounidense no responderían a apelaciones morales. Su consigna “Por cualquier medio necesario” y las patrullas armadas de los Panteras Negras no buscaban el caos por el caos, sino ejercer el derecho constitucional a la autodefensa. Al devolver la mirada amenazante al Estado opresor, desmitificaron la vulnerabilidad de sus comunidades.
  • Las Feministas Suffragettes: En el Reino Unido, el ala militante de las sufragistas encabezada por Emmeline Pankhurst adoptó la estrategia de “hechos, no palabras”. Ante la burla y la cerrazón del Parlamento, recurrieron al sabotaje, la quema de propiedades públicas y el enfrentamiento directo con la policía. Sabían que para ser escuchadas necesitaban romper la paz social de los opresores.
  • Los disturbios de Stonewall: La liberación LGBTQ+ moderna no nació de un desfile pacífico, sino de una revuelta violenta la noche del 28 de junio de 1969. Hartos del acoso policial sistemático, mujeres trans afroamericanas y latinas, drag queens y jóvenes gays lanzaron ladrillos y botellas contra las fuerzas del orden. Ese estallido de rabia retributiva fue el catalizador que detuvo, de golpe, la impunidad con la que operaba el Estado.
  • Nelson Mandela y la lanza de la nación (Umkhonto we Sizwe): Tras décadas de resistencia pacífica que solo resultaron en la masacre de Sharpeville y una mayor brutalidad del régimen del Apartheid, Mandela y el Congreso Nacional Africano concluyeron que la no-violencia era una estrategia suicida. La creación de su brazo armado demostró que para desarmar un Estado violento, a veces es imperativo sabotear sus estructuras por la fuerza.

Todos estos movimientos entendieron que la violencia del oprimido no busca replicar la lógica de dominación del opresor, sino romper el tablero de juego. En palabras de Martin Luther King: “Las revueltas son el lenguaje de los desoídos”.

La ausencia, deslegitimación y estigmatización de la justa rabia retributiva —incluso cuando toma la forma de violencias combativas dirigidas a frenar la agresión del verdugo— no purifica la sociedad; únicamente trabaja en beneficio de quienes detentan el poder.

Configurar las masculinidades del siglo XXI bajo el imperativo de la total pasividad es una victoria cultural del patriarcado más rancio. Si el modelo de “hombre consciente” se reduce a sujetos incapaces de ejercer una fuerza defensiva o de canalizar la indignación mediante una confrontación radical, se les está convirtiendo en cómplices involuntarios de su propia subordinación.

Desmantelar la masculinidad tradicional no debe significar el desarme político de los sujetos. La rabia, cuando es justa y retributiva, es un afecto político legítimo. Estigmatizarla bajo la etiqueta uniforme de “violencia machista” sólo garantiza que los verdaderos agresores sigan blandiendo su poder con total impunidad, seguros de que el bando contrario ha renunciado, por prescripción estética, a defenderse. Romper el monopolio de la violencia implica asumir que, en ocasiones, la única forma de desarmar al opresor es obligarlo a enfrentar las consecuencias físicas y políticas de su propia tiranía.

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