Habitarnos de nuevo: La trampa de la razón, la soledad masculina y el retorno al sentir

Red de Masculinidades Antipatriarcales

Por César Alejandro Mejía Cuadros / El corazón del hombre / @corazon_hombre (IG) / Vatos trabajando /Red Latam Antipatriarcal / @redmasculinidadescriticas (IG)

Hace tiempo leí a Fritjof Capra y a Morris Berman, autores que exponen cómo la racionalidad cartesiana rompió la relación con la naturaleza, imponiendo modelos protorrobóticos del cuerpo humano y explicaciones mecanicistas de la vida. Esta postura empujó a la sociedad a creer que el «pienso, luego existo» debía ser, a partir de ese momento, la única forma de encarnar la realidad.

Dichas teorizaciones de René Descartes y sus deducciones sentaron las bases para desconectarnos del cuerpo, de la naturaleza, de la cooperación con la vida y del sentir. «De lo único que estoy seguro es de mi pensamiento» fue tal vez la losa que los científicos herederos de esta epistemología hemos venido cargando desde hace muchos años: un refugio en el método científico para comprobar que nuestra forma de «pensar» es la correcta, torciendo la realidad hasta el punto de hacerla encajar con la propia teoría.

En ese momento, yo no reconocía la necesidad de mirar esto con perspectiva de género; ni cerca estaba de aterrizar las consecuencias de esa forma de mirar la realidad. Hoy veo que, a partir de la Revolución Científica y la consolidación de la racionalidad moderna, la cultura occidental construyó una poderosa fantasía: «podíamos domesticar la naturaleza y ponerla incondicionalmente a nuestro servicio».

No es casualidad que hayan sido históricamente los hombres quienes ocuparon y monopolizaron esos lugares del conocimiento. Al autoproclamarse guardianes de la razón, convirtieron el saber científico y filosófico en una estructura de poder para dominar la naturaleza,las mujeres y a cualquier forma de vida considerada “irracional“. Sin embargo, el precio de habitar la cima de eso fue devastador: para ser los administradores del control externo, los hombres tuvimos que someter nuestro propio mundo interno a rígidos mandatos de invulnerabilidad, autosuficiencia y rendimiento. La búsqueda de dominio sobre el mundo exigió, como tributo obligatorio, la mutilación de nuestra propia condición humana.

Fue así como, para obedecer la orden social de controlar y no mostrar jamás debilidad, nos vimos obligados a apagar el sentir. Nos convencimos de que lo único valioso es la razón y de que el cuerpo o el territorio son meros recipientes pasajeros. Al despojar de su dimensión afectiva a la existencia humana, fracturamos la posibilidad de sostener un vínculo vivo con las mujeres, la naturaleza y la comunidad; no porque hayamos dejado de interactuar con ellas, sino porque ese contacto se volvió superficial, instrumental y distante.  Si el mundo exterior es solo una herramienta, la mujer un sujeto a dominar y el propio cuerpo un simple vehículo, no hay razón para cuidar de ninguno. Se colocaron así los primeros cimientos de la soledad moderna, siendo el hombre de ciencia uno de los primeros en separarse epistemológicamente del mundo.

Pienso en una analogía: estar parados frente a un espejo, era pertenecer a la naturaleza. Después del nacimiento del positivismo, ese espejo se rompió, impidiéndonos reconocernos en el exterior y obligándonos a habitar la razón desde la soledad de no ser entendidos ni comprendidos, desconociendo y desconfiando de todes ahí afuera. Creo que esto potenció la crisis de soledad masculina en su cara más compleja: al estar sometidos al mandato de la autosuficiencia, pedir ayuda o necesitar de otres se convirtió en algo prohibido, haciendo de la desconexión somática y relacional la norma.

Cuando la mente es el único lugar seguro que te queda, la realidad empieza a ser sustituida por los pensamientos, las fantasías y demás procesos mentales. Es en ese aislamiento donde proliferan las ideas de control, la pornografía violenta y el deseo de dominación hacia todas las formas de vida. Se construyen realidades artificiales para tapar un vacío enorme: el miedo a sentir y el pánico a estar solo.

Por eso, cuando a un hombre se le cuestionan sus machismos o sus formas de actuar, su respuesta suele ser tan agresiva y violenta. No se trata de un simple debate de ideas; para alguien que vive atrincherado en su mente y desconectado de su piel, que le cuestionen su forma de pensar se siente como si vinieran los granaderos a sacarlo de su propia casa. La violencia y la defensiva surgen del pánico a perder el único mandato que le da sentido a su identidad: el del control absoluto y la razón infalible.

Esto no justifica la violencia jamás, pero nos muestra claramente dónde está la salida. El problema no se va a resolver acumulando más discusiones teóricas ni ganando debates intelectuales. Lo que necesitamos con urgencia es aprender a habitar el cuerpo y el entorno. Necesitamos recordar que nuestro propio cuerpo es esa primera naturaleza sagrada que exige ser escuchada y tratada con tregua.

A lo mejor por eso el impulso de escapar a la naturaleza o de caminar el monte ha cobrado tanta fuerza en estos tiempos. Pero no desde la moda del fitness, el conteo de pasos en el reloj inteligente ni la retórica del “desarrollo personal” que —respondiendo al mismo mandato de rendimiento— pretende vendernos la montaña como otro escenario para optimizarnos o competir. Hablo de una búsqueda interior profunda y abiertamente espiritual —entendiendo la espiritualidad no como un dogma religioso ni como otra doctrina de control, sino como la capacidad primordial de sentirnos conectados con la red viva de la que formamos parte—; un grito visceral por silenciar el ruido mental y la urgencia de reconocernos (como en el espejo). Quien busca el bosque desde esa sed real no va a rendir ni a “trabajar en su mejor versión”: va a quitarse el peso de la productividad, a sentir el suelo bajo sus pies, a respirar sin prisa y a recordar que pertenece a algo sagrado. La naturaleza no califica tu valor, no exige métricas ni te pide que seas invulnerable: frente al monte, la razón por fin da tregua y el cuerpo vuelve a existir en presencia.

Sin embargo, ese retorno al sentir no se sostiene en el aislamiento. La trampa de la razón y el mandato de la autosuficiencia nos hicieron creer que podíamos salvarnos solos, pero la sanación exige territorio compartido. Necesitamos habitar la comunidad sagrada a través de espacios donde sea seguro bajar la guardia, soltar la exigencia del rendimiento y recordar cómo se siente cuidar y ser cuidado. Proyectos y redes de articulación colectiva —como Vatos Trabajando o la Red Latam Antipatriarcal— cobran un sentido fundamental en este escenario: no son solo trincheras de debate político, sino refugios afectivos y espacios de reconexión espiritual donde los hombres podemos tejer sostén, desobedecer la coraza de la autosuficiencia y aprender a mirarnos a los ojos sin la necesidad de competir o dominar. Es ahí, en la tribu que acuerpa, donde el espejo roto empieza a reconstruirse.

Sanar la soledad y desmantelar la violencia requiere un acto de valentía muy simple pero revolucionario: atrevernos a salir de la trinchera de la cabeza para volver a instalarnos en la piel, descubriendo que nunca fuimos mentes aisladas intentando dominar el mundo, sino partes de una misma red viva que necesita, ante todo, ser sentida, cuidada y compartida. Tal vez sea momento de nombrar esta reconexión por su nombre: una espiritualidad encarnada, comunitaria y sin dogmas, que devuelva a los hombres la capacidad de volver a pertenecer a la vida.

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