La mudanza

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Luego de una búsqueda azarosa, puedo decir que sobreviví: entré al Infierno de buscar una propiedad en renta en la zona metropolitana de Guadalajara, revisé N cantidad de anuncios, mandé X cantidad de mensajes, me ganaron un par de propiedades, fui ignorado en repetidas ocasiones pero, al final del día, repito, sobreviví: encontré un buen lugar, bien ubicado, espacioso, con una renta razonable y un arrendador accesible. El único que hasta la fecha no se ha dado cuenta de que logramos el objetivo es el algoritmo: un mes después, todavía tengo mi feed lleno de anuncios de propiedades en renta y servicios de mudanza. Supongo que es cuestión de tiempo para que el ente que escucha mis conversaciones y lee mis mensajes identifique el patrón de mis nuevas necesidades y comience a bombardearme con nuevos contenidos. Ya se verá.

¿Cuándo termina la mudanza? Imposible saberlo. En Los Increíbles (Pixar, 2004), Helen (Elastic Girl) le informa a Bob (Mr. Increíble) que, luego de tres años —tiempo que tardó en desempacar la última caja—, ya era oficial la mudanza. Mi caso es diferente: no hay cajas apiladas ni arrinconadas esperando para ser abiertas y sus cosas, acomodadas. En cambio, hay una lista de cosas por conseguir a la que todos los días se le suma un elemento nuevo: no deja de sorprenderme cuántas cosas tenía tan al alcance de la mano y que empecé a echar en falta hasta que ya no las tuve, y que ahora hay que conseguir. Contrario a lo que ocurre con Elastic Girl, mi mudanza no consiste en sacar cosas de las cajas, sino en adquirir las cosas y meterlas a la casa nueva. Supongo que algún día terminaré.

Pero la mudanza no es sólo sacar las cosas de una casa, subirlas a una camioneta y bajarlas para meterlas en otra casa. También es habituarse: al nuevo lugar, a las nuevas calles, a los nuevos ruidos, a las nuevas rutinas, a las nuevas caras. Llegué a un barrio que conozco desde niño y que me es cotidiano desde hace un par de años. Pero no es lo mismo conocer un rumbo que habitarlo, saberse parte. No me acuerdo cuándo y dónde leí que la música nueva no era la que se había grabado recién, sino aquella que recién descubrías. Creo que lo mismo puede decirse de las calles: no importa qué tan viejas sean o qué tantas veces hayas pasado por ellas en un trayecto: se convierten en nuevas cuando comienzas a caminarlas, a padecerlas, a habitarlas, pues.

Mi nueva casa tiene una ventana enorme por la que entra mucha luz: la del sol, durante el día, y la de las ambulancias durante la noche —todas las noches; toda la noche. Vivo en una casa en cuyos alrededores hay gente que no tiene un techo donde pasar las noches. Como en casi toda la ciudad, cuando llueve atípicamente la calle se convierte en arroyo caudaloso. En el crucero de la esquina constantemente fallan los semáforos y en uno de los grupos que me aparecen en Facebook —ah, la geolocalización involuntaria— el otro día leí que es porque los viene-viene se roban el cableado para vender el cobre. Quizá como acto de expiación, son los mismos viene-viene los que organizan el flujo vehicular del crucero cuando los semáforos están fuera de servicio. En la esquina hay un Oxxo pero prefiero ir a la tiendita, como siempre. Y bueno, aquí también se están construyendo departamentos, de todos los tamaños y todas las alturas. Sí: también sale agua apestosa de la llave.

Poco a poco he dejado de escuchar los ruidos —de las motos, de los carros, de los camiones, de la gente— no porque estén desapareciendo, sino porque me he ido habituando a ellos. Eso también va incluido con la mudanza. Hay una sola cosa a la que espero no habituarme, porque cada vez que pasa me reconforta de una manera que no les puedo explicar: todos los días, entre las 3 y las 5 de la tarde, el aire se llena con el aroma del pan recién horneado.

Habitar una nueva casa, habituarse a un nuevo barrio, provoca que uno esté más atento que de costumbre. La mente está ocupada todo el tiempo, ya sea pensando en lo que falta conseguir o registrando una nueva dinámica barrial.

Eso no significa que uno no se dé tiempo para que la mente salga disparada detrás de una idea aleatoria. El otro día, por ejemplo, buscando una dirección en Google Maps, me topé con esto: un punto en el mapa que dice “Drop Off-Fearless Masculinity”, a pocos metros del mausoleo del Cara de Bagre, digo, del así llamado santuario de los mártires. Como recordarán, Fearless era el nombre del mentado congreso incel que hubo hace unos meses en la ciudad, que tuvo como sede el citado mausoleo, fue cobijado por la iglesia católica y bendecido con recursos públicos.

Di clic en el punto y me desplegó una imagen en la que puede verse… nada. La ventana de información muestra una foto de un baldío con dos tinacos cisterna sin miedo y muy masculinos. Pero el detalle está en la información que adjuntan: ponen un sitio web, al que fui a curiosear y me encontré esto: la construcción de una plataforma que busca congregar a “hombres que rinden cuentas y no te dejan solo” para que vivan “retiros” que consisten en “fines de semana intensivos de sanación, propósito y hermandad —en México, Estados Unidos y España”. Todo parece indicar que la machósfera está encontrando tierra fértil en Guadalajarita —eso, y que al parecer los inceles no usan las tildes, que han de ser cosas de chads. Me pregunto: ¿irán a construir un Centro Internacional Incel en el cerro del Tesoro? ¿En los terrenos de quién? ¿Financiado por quiénes? 

En esas andaba yéndose mi mente cuando caí en cuenta de que no estaba caminando en las calles de siempre, sino en las nuevas, de las cuales la perra también se está aprendiendo sus nuevas formas, olores y texturas. Porque cuando uno llega a un nuevo lugar, también las mascotas tienen que habituarse a todo lo nuevo que las rodea.

Eso también es la mudanza.

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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