La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
Por lo general, soy un pésimo consumidor cuando se trata de cosas que habitualmente no compro. No importa cuánto necesite tal o cual utensilio, cuánto me guste este autor o aquella autora, cuántas ganas tenga de ir a tal o cual concierto: cuando se trata de hacer ese tipo de compras, le doy vueltas y vueltas y vueltas al asunto. No hace mucho, Vero estuvo a punto de dejarme abandonado en el súper después de estar casi dos horas deliberando si valía la pena o no comprar ese horno/freídora de aire que tenía un atractivo descuento. Luego de respirar profundo, agarré el chingado horno y nos fuimos a la caja. Pero no siempre es así, sino todo lo contrario: «Luego lo compro», me digo convencidamente, aunque luego me arrepienta y me lamente. (En el caso del horno hay que decir que tuvo un final feliz: luego de mil vueltas por los pasillos del súper, agarré la caja, fuimos a pagar y confirmamos que, efectivamente, sí valía la pena comprarlo.)
Cuando se trata de compras en línea, soy todavía peor. Desconfío sistemáticamente de todos los anuncios de Facebook. Aunque suelo comprar esporádicamente en Amazon, apenas hace poco comencé a tomarle confianza a Mercado Libre. Fuera de eso, casi no compro en línea a menos que sea una tienda de mi entera confianza o una apuesta más o menos garantizada, como cuando compré en la página de Facebook de Mi Primer Día en el Salón de la Fama un ejemplar de colección de la edición especial que la revista Vuelta le dedicó a Jorge Ibargüengoitia, o como cuando vi en la cuenta de LaRedSocialAntesConocidaComoTwitter que la cuenta de Librería El Gallo Viejo vendía un ejemplar de La calle de las arrebatadoras, libro de Boris Vian que había buscado, sin encontrarlo, durante mucho tiempo.
En resumen: siempre me había considerado un tipo atento a los sitios fraudulentos. Pero dicen que a cada guajolote le llega su Navidad y, como Kate del Castillo, pues caí, amigues. ¿Qué les puedo decir?
El asunto de la mudanza de la que escribí acá la semana pasada me ha tenido con las defensas bajas. En la nueva casa faltan tantas cosas, que tuve que ahorrarme toda la deliberación interna y el discernimiento para comprar ese paquete de sartenes que se ofertaba a un precio engañosamente bajo, y que llegó en perfecto estado; también tuve que sucumbir, sin darle tantas vueltas, a ese escurridor de trastes; confié ciegamente en que todo iba a salir bien con ese librero coquetón que también se anunciaba con un descuento irresistible. Todo llegó bien, todo llegó en orden. Todo iba bien hasta que llegamos al sofá.
Los anuncios me aparecieron en Facebook y los revisé una y otra y otra y otra vez. Lo pensé, le di vueltas, pedí opiniones y luego de todo eso, volví a revisar una y otra y otra y otra vez y seguí pensándolo durante varios días. Revisé la página de Facebook, los post, el sitio web. Todo parecía en orden, todo parecía en regla. Yo necesitaba un sofá y este prometía llegar en una caja, desdoblarse y en menos de 24 horas estar listo para usarse. Volví a revisar todo una y otra y otra y otra vez y una noche, con las defensas bajas y sabiendo que lo necesitaba, lo compré.
O bueno: creí comprarlo.
El cobro se hizo de inmediato y al instante llegó la confirmación del cobro a mi correo electrónico, casi al mismo tiempo que llegó la confirmación de mi compra. «Recibimos tu pedido. Hola Édgar, soy Rocío, del equipo de MUNA, y voy a estar al pendiente de tu pedido de principio a fin. Ya recibimos tu pago y todo quedó en orden», decía el correo. Alerta de spoiler: Rocío no existe, como tampoco existen Jorge ni Andrea ni ninguna de las personas que habría de darle seguimiento a mi pedido.
En los días siguientes recibí correos de actualización de mi pedido: me notificaron cuando entró a producción en una manufacturera China, cuando terminó el proceso de armado y cuando salió embarcado para recorrer los Siete Mares antes de llegar hasta la sala de mi nueva casa. «Tu sofá ya viene en camino. Hola Édgar, quería avisarte que tu MUNA ya salió rumbo a México por barco. Son unos 9 días de travesía. Te voy contando cómo avanza hasta que llegue a puerto», me escribió la inexistente Rocío.
Mientras mi inexistente sofá navegaba como el marinero que se fue a la mar y mar y mar, me llegó un correo en el que me informaban: «Acabamos de mejorar nuestro sistema de correos — es posible que algunos avisos anteriores no te llegaran; una disculpa. A partir de ahora recibirás cada etapa de tu pedido aquí, en tu correo. Cualquier duda, a la hora que sea — te contesta una persona, no un bot: Escribirle a Jorge por WhatsApp».
Jorge nunca me contestó, pero hasta mi correo llegó, un par de días después, el aviso de que mi sofá ya estaba en la aduana de Veracruz, con una salvedad: «Hola Édgar, te escribo para ser clara contigo: tu MUNA está en aduana y el trámite está tomando unos días más de lo normal. Lo estamos gestionando por la vía que te evita un impuesto de importación adicional, así que prefiero tomarme esos días y ahorrarte ese costo. No hay ningún riesgo con tu pedido; solo te pido un poco de paciencia. Calculo la entrega en unos 35 a 40 días. En cuanto salga de aduana te mando la guía para que lo rastrees hasta tu casa. Yo te aviso, no tienes que estar revisando».
Pero ya saben: cuando alguien, aunque no exista, te dice que no tienes que estar revisando, lo primero que hay que hacer es estar revisando. Sobre todo porque un par de días después llegó otro correo: «Nueva fase, nueva línea directa. ¡Hola Édgar! A partir de hoy te atiende Andrea en Sofás MUNA para esta nueva fase de tu pedido. Tu pedido está en su fase de tránsito —tu guía FedEx ya está cerca. Cambiamos nuestro número de WhatsApp de atención. El anterior ya no está activo — guarda el nuevo y mándale un hola a Andrea para que tu chat quede a la mano: por ahí te llega cada etapa de tu pedido, incluida tu guía FedEx, y te contesta una persona real, rápido».
Le escribí a Andrea, que sí me contestó —aunque yo creo que no existe— y me dijo que mi sofá «aproximadamente te tiene que llegar el 15 de este mes». Cuando le pedí la guía de la mensajería para el rastreo, me contestó, la cínica: «En cuanto la tengamos te lo mando». Spoiler: la guía no me llegó. Tampoco el sofá. Y dejaron de responder los mensajes. Ayer por la mañana, vi que otra usuaria estaba denunciado lo mismo: su sofá no llegó. Cuando pidió la devolución de su dinero, le dieron largas y luego dejaron de responderle. Se puso a postear pantallazos de su conversación por WhatsApp. En un arrebato de frustración, comencé a dejar comentarios en las publicaciones confirmando que, efectivamente, Muna es una estafa. Ya por la tarde no me aparecía la página de Facebook y mis mensajes de inbox no se envían. Por WhatsApp siguen sin contestar y en sí rastrear mi pedido en su sitio web, me informa que este se encuentra en producción.
Me avergüenza confesar que caí en una estafa tan tonta. Me avergüenza más que si tuviera que confesar que tengo alguna adicción o una parafilia inconfesable, creo. Si me aguanto la vergüenza es para advertirles que no caigan en la tentación y recordarles que tienen que ser desconfiados por naturaleza: no bajen sus defensas, por más que las mudanzas los tengan agotados.
Y para pedirles que si aparece Muna Sofás en sus muros, les mienten la madre de mi parte.


