#ZonaDeOpinión
Por Anashely Elizondo / @Anashely_Elizondo
La lluvia moja el azulejo de la banqueta y perfume con su tacto la tierra y yo puedo verlo, yo puedo olerlo.
El sol quema mi piel, deja mi cara enrojecida y en mis brazos ha dejado su marca, cambiando de tonalidad el color de mi dermis y yo puedo sentirlo, puedo observarlo.
Los pájaros cantan, la música de Violeta suena en la bocina: Gracias a la vida que me ha dado tanto, y yo puedo escucharla, comprenderla.
¿Es acaso lo mundano y cotidiano lo que nos ayuda a sobrellevar la vida? ¿Es el ver al otro con la ternura que no nos tenemos a nosotros mismos? ¿Qué es lo que hay qué agradecerle a la vida que nos patea, nos sacude y nos muestra, en cada oportunidad, que no tenemos control de nada, de nadie?
La respuesta es: todo. Agradecer incluso el dolor de la pérdida porque nos muestra que alguna vez hubo algo. Agradecer el tráfico, la punzada en el estómago, el calor del verano, la tormenta que inunda, el frío de la mañana, el “no” de quién nos quiere. Agradecer la templanza, agradecer a quién acompaña y también a quién abandona.
Decirle gracias al abrazo de mamá, a las pastillas que nos ayudan a levantarnos, a los amigos que preguntan y escuchan, a la luz que ilumina el baño oscuro, agradecer a quién contesta el teléfono, a quién te obliga a comer, a quién te hacer sentir fuerte pero también a quién puedes mostrarle tu debilidad. Gracias a la comida. Gracias al aire que entra en mis pulmones, gracias a la gravedad que me mantiene con los dos pies en el suelo.
Porque agradecer es parte de apreciar y en apreciar está la fórmula para no aburrirse de la vida.
Ya lo decía Mary Oliver:
Instrucciones para vivir una vida: Prestar atención. Asombrarse. Contarlo.
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