Farmear aura: ¿y si cuidar también diera puntos?

En Pie de Paz

Por Tanya Méndez Luévano*

Hace algunos días comencé a escuchar una expresión que, como muchas otras, parecía haber llegado de pronto a todas partes: farmear aura.

Para quienes no estamos siempre al día con el lenguaje de TikTok, farmear aura podría explicarse más o menos así: hacer algo que aumenta simbólicamente nuestros puntos frente a los demás. Tener estilo sin esforzarse demasiado. Hacer algo inesperadamente admirable. Resolver una situación con seguridad. No perder la compostura. Hacer algo que, por alguna razón difícil de explicar, “da aura”.

También se puede perder.

Tropezarte justo cuando querías verte interesante: menos aura. 

Mandar un mensaje y que no te respondan: menos aura. 

Intentar impresionar y que se note demasiado que lo intentabas: muchísima menos aura.

El juego parece ser divertido y esté en auge, pero también es profundamente social. Porque si existe algo como “ganar aura”, vale la pena preguntarnos: ¿qué cosas estamos premiando colectivamente?

Ahí la broma deja de ser tan pequeña.

Vivimos en un momento en el que muchas formas de reconocimiento pasan por parecer invulnerables: que nada te importe demasiado, no demostrar que algo te dolió, tener siempre una respuesta rápida, ganar una discusión, ridiculizar antes de ser ridiculizadx, exponer a alguien, conseguir el comentario más cruel y, de ser posible, convertirlo en meme.

La indiferencia también parece dar puntos.

Cuidar, en cambio, suele tener menos espectacularidad.

Preguntar “¿estás bien?” cuando nadie está mirando. Reconocer que nos equivocamos. Cambiar de opinión después de escuchar a alguien. Intervenir cuando un grupo convierte a una persona en objeto de burla. Decir “eso no me parece gracioso”. Pedir perdón sin agregar inmediatamente un “pero”.

Aunque también habría que decir algo: cuidar no siempre significa ser amable.

A veces cuidar implica poner un límite. Decir que no. Hacer una pregunta incómoda. Señalar una violencia cuando hubiera sido mucho más sencillo guardar silencio. Acompañar a alguien aun cuando hacerlo nos coloque en una posición poco cómoda frente al resto.

Porque si confundimos la paz con portarnos bien, corremos el riesgo de convertirla en obediencia.

Y quizá ese sea uno de los problemas.

Hemos construido imaginarios donde la fuerza suele representarse como dominio y donde la vulnerabilidad todavía puede leerse como debilidad. Aprendemos muy pronto qué emociones podemos mostrar, cuáles debemos esconder y qué comportamientos nos permiten conservar reconocimiento frente a los demás.

Y esto también tiene género.

La seguridad puede leerse como liderazgo en un cuerpo y como arrogancia en otro. El enojo puede interpretarse como autoridad en algunos hombres y como exageración en muchas mujeres. La sensibilidad puede celebrarse en ciertos espacios y castigarse en otros. Incluso el derecho a mostrarnos vulnerables está distribuido de manera desigual.

El aura, como casi todo lo que parece individual, también responde a reglas sociales.

Por eso valdría la pena jugar un poco con ellas.

  • +1000 de aura por detener una conversación que está humillando a alguien.
  • +500 de aura por admitir que no sabes algo.
  • +2000 de aura por cambiar una conducta después de que alguien te dijo que le lastimaba.
  • Aura infinita por hacer algo bueno cuando sabes que nadie va a enterarse.

Puede parecer una tontería. Pero las sociedades también se construyen con estas pequeñas pedagogías: con aquello que celebramos, aquello de lo que nos reímos, aquello que repetimos y aquello que, poco a poco, aprendemos a considerar deseable.

Y quizá ahí podamos hablar de paz.

Porque la cultura de paz no se construye solamente en grandes acuerdos, declaraciones internacionales o talleres sobre resolución de conflictos. También se construye en algo mucho más cotidiano: en aquello a lo que decidimos darle valor.

Educar para la paz tendría entonces que ayudarnos a reconocer otras formas de fuerza.

  • La de quien puede escuchar sin preparar inmediatamente una defensa. 
  • La de quien pone un límite sin necesidad de humillar. 
  • La de quien reconoce una violencia aunque hacerlo implique cuestionarse a sí mismx.
  • La de quien decide no participar de la crueldad, aunque la crueldad dé likes.
  • Y también la de quien se atreve a incomodar cuando todo el mundo prefiere guardar silencio.

Porque construir paz no significa evitar el conflicto. Tampoco significa ser siempre conciliadorxs, agradables o pacientes. Hay conflictos que necesitamos tener. Hay límites que necesitamos poner. Hay injusticias frente a las que la incomodidad no solamente es legítima: es necesaria.

Quizá una cultura de paz comienza justamente ahí: cuando dejamos de admirar únicamente a quien gana y empezamos a reconocer también a quien cuida, repara, escucha, pone límites y hace posible que otras personas puedan habitar un espacio sin miedo.

Tal vez necesitamos farmear otro tipo de aura.

Una que no se mida por cuánta atención conseguimos ni por cuántas personas miraron lo que hicimos, sino por qué dejamos en las personas después de pasar por sus vidas.

Y esa, sospecho, sí debería dar muchísimos puntos.

***
Doctora en Cooperació y Bienestar Social, Maestra en Terapia Familiar, Licenciada en Psicología, Diplomado en Violencia de Género y Narrativas. Pertenece al Cuerpo Académico “Derechos Humanos, Políticas Públicas y Cultura”. Es integrante del Centro de Estudios de Paz (CEPAZ) del Instituto de Justicia Alternativa (IJA). Profesora de la Universidad de Guadalajara
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