La calle del Turco
Por Édgar Velasco / @Turcoviejo
Creo que cualquier persona conoce el refrán: «No hagas leña del árbol caído». Aunque es muy popular, estoy seguro de que todes hemos caído —algunos de nosotres más de una vez— en la tentación de cebarnos en la desgracia ajena. Supongo que, llegados a este punto, ya no vale la pena lamentarse por haberlo hecho, sino más bien hacer propósito de no volverlo a hacer. O intentarlo, al menos.
Pienso en el refrán mientras veo, desde el auto, un árbol caído. Es enorme. Su tronco, que hasta hace unas horas apuntaba al cielo con sus ramas, ahora descansa en el asfalto y sus ramas llegan hasta la fachada del edificio de enfrente. Aunque el árbol es enorme, apenas alcanzó a acariciar las paredes durante su caída. Eso sí, se cargó todos los cables de la cuadra, dejando incomunicadas y sin energía eléctrica a buena parte de las propiedades que lo rodean. No cayó sobre ningún auto y, afortunadamente, tampoco cayó sobre ninguna persona.
Cada año la temporada de lluvias es, también, la temporada de la caída de los árboles. No sé si es mi imaginación o un error de percepción, pero tengo la impresión de que desde hace un par de años cada vez son más los árboles que se caen durante las típicas lluvias atípicas que caen sobre la zona metropolitana de Guadalajara. La tormenta del lunes, por ejemplo, se cargó varios. Bastantes. Uno de ellos cayó en el edulcorado parque Rojo, pero lamentablemente no le hizo nada al insípido mural de mosaicos. Sí, lo escribí: lo lamento. Ojalá lo hubiera dañado al punto de que fuera imposible restaurarlo, para que les regresaran a esas paredes su vocación contestataria. Pero no pasó.
Hace unas semanas, se cayó un árbol, enorme también, en la colonia donde viven mis padres y donde yo crecí. No recuerdo cuándo plantaron ese árbol en el parque, pero estoy seguro de que crecimos juntos. Éramos de la edad, vaya. Era enorme y en su caída sí daño unos autos y también se cargó todos los cables. Mis padres y sus vecinos estuvieron casi 48 horas sin energía eléctrica.
Cada árbol se vuelve irremplazable. En principio, porque deben pasar varios, muchos, a veces demasiados años para que un nuevo árbol logre crecer y realice las funciones del caído: limpiar el aire y servir como refugio para las aves. Pero, sobre todo, porque no hay una política de reforestación urbana: los gobierno municipales están demasiado ocupados autorizando torres de departamentos y, junto con ellas, autorizando el derribo de más árboles, que se suman a los que se caen por su propio peso producto de las lluvias.
Cada árbol que cae deja un hueco que no volverá a ser llenado porque al gobierno no le interesa, por más promesas que hagan en sus discursos. Para muestra, hay que darse una vuelta por la carretera a Chapala de Periférico al aeropuerto. Y ya amenazaron que van por más.
Cada vez que me detengo a contemplar un árbol caído me invade una sensación que me resulta complicado poner en palabras. Ver el enorme tronco con esas largas ramas y su follaje de hojas me hace sentir pequeño e indefenso. Obviamente nunca he estado al lado de un gigante, pero creo que así debe sentirse. Me estremece caminar alrededor del cuerpo que hasta hace todavía poco proyectaba su sombra sobre la calle. Cada vez caen más árboles y cada vez tenemos menos sombra. A nadie parece importarle que se caigan los árboles —seguramente piensan que ahora va a haber menos basura—, pero en mayo todes nos quejamos del calor.
Cada que un árbol cae se crea una esfera de silencio alrededor. Como si la naturaleza toda estuviera de luto. Pero el silencio es fugaz, sobre todo en la ciudad: casi de inmediato comienzan a sonar de nuevo los motores de los autos y los cláxones de los conductores desesperados que no tienen tiempo de detenerse para despedir al árbol caído. Si los vecinos tienen suerte, más pronto que tarde llegará la cuadrilla de Parques y Jardines con sus sierras y la trituradora para cortar el árbol y liberar la avenida.
Para hacer leña del árbol caído, vamos.
Cuando la cuadrilla se retire, dejarán la calle como si nada hubiera pasado. Aunque, lo sabemos, eso es mentira: ahí en la calle habrá un hueco que será imposible de llenar porque un árbol caído es imposible de reemplazar.
Así ha sido y así será.


