Oxímoron
Por Andy Hernández Camacho / @andybrauni, coordinadora de La Mamá Cósmica / @lamamacosmica
Desde que nació mi sobrina, mirar a mi hermana atravesar sus primeros días como mamá ha devuelto mi propio puerperio a lugares del cuerpo donde creía que ya no estaba. No porque su experiencia sea la mía, sé que cada mujer llega a ese territorio con una historia, un cuerpo, una red y circunstancias distintas. Pero hay escenas capaces de abrir la memoria: una recién nacida en brazos, los días medidos en horas de sueño, las conversaciones que empiezan a organizarse alrededor de cuánto comió, cuánto durmió, cuánto pesó.
Yo misma me descubro entrando en esa órbita. Pregunto primero por la bebé, quiero saber cómo pasó la noche, celebro cada pequeño cambio. Después miro a mi hermana y recuerdo que ahí también hay alguien que acaba de nacer.
Entonces aparece otra pregunta:
¿Y tú cómo estás?
Parece sencilla, pero no siempre llega a tiempo.
Casi cuatro años atrás publiqué en este mismo espacio una columna titulada La madre recién nacida. En ella escribí que, después del parto, las madres desaparecemos para el sistema de salud. Durante el embarazo nuestros cuerpos son observados, medidos, pesados, tocados, intervenidos. Hay citas, estudios y preguntas, pero una vez que nace la criatura, casi toda la atención cambia de sitio y la mujer que acaba de parir puede convertirse rápidamente en acompañante, alimento, agenda y medio de transporte hacia las revisiones pediátricas.
Lo escribí recordando a la mujer que fui durante mi puerperio: profundamente enamorada de mi hijo y, al mismo tiempo, desbordada por una vida que ya no reconocía como propia. Necesitaba que alguien me preguntara cómo estaba yo y que permaneciera cerca el tiempo suficiente para escuchar la respuesta verdadera.
Estos meses, mientras acompaño el nacimiento de mi sobrina, tres historias distintas me obligaron a volver a aquella frase.
No deberían ponerse en la misma balanza, hacerlo sería irresponsable. Una habla de una mujer que nombró públicamente su depresión posparto y enfrentó consecuencias laborales. Otra corresponde a un juicio por el asesinato de tres niñeces, en el que se discute la posible presencia de una enfermedad psiquiátrica. La tercera reconstruye un delito cometido en México después de varias pérdidas gestacionales y bajo una enorme presión por convertirse en madre.
No son historias equivalentes, pero se iluminan incómodamente entre sí. Las tres revelan algo sobre el momento en que decidimos mirar el sufrimiento de una mujer y, sobre todo, lo que tuvo que ocurrir antes de que consideráramos importante hacerlo.
Hayden Panettiere hizo aquello que constantemente aconsejamos a las mujeres: habló y buscó ayuda.
Después del nacimiento de su hija, en 2014, atravesó una depresión posparto. Ingresó a tratamiento y decidió contar públicamente lo que estaba viviendo, años después explicó que nunca había sentido deseos de dañar a su hija; experimentaba una enorme dificultad para vincularse con ella, además de ansiedad, desesperanza y una sensación persistente de no poder reconocerse.
En una entrevista publicada en mayo de este año, Hayden recordó que Neutrogena, la empresa de la que había sido imagen durante una década, quiso terminar su relación laboral después de que ella hablara sobre su depresión. Su representante logró impedirlo en ese momento, pero el contrato no fue renovado al año siguiente y nadie de la compañía volvió a comunicarse con ella.
La semana pasada, Hayden murió a los 36 años. La causa oficial de su muerte continúa bajo investigación y sería profundamente irresponsable relacionarla con un diagnóstico ocurrido más de una década atrás. Su historia no necesita esa especulación para resultar dolorosa, basta detenerse en lo que ella misma contó: cuando decidió hablar con honestidad sobre una enfermedad, la empresa que durante años había utilizado su rostro consideró que esa verdad podía volverla inconveniente.
Solo después de su muerte, y ante la indignación pública, Neutrogena reconoció que la había hecho sentir desamparada durante un momento difícil.
Otra vez, llegar tarde.
Les decimos a las madres que deben pedir ayuda, que tienen que romper el silencio, confiar en profesionales, nombrar lo que sienten. Sin embargo, rara vez hablamos del precio que todavía puede tener esa honestidad. Una mujer que admite no sentirse feliz después del nacimiento de su criatura se arriesga a ser considerada desagradecida y si reconoce que no logra vincularse como esperaba, aparece la sospecha sobre su capacidad para maternar. Cuando los pensamientos se vuelven oscuros, puede callar por miedo al juicio, a perder su trabajo, a que alguien cuestione si debería conservar la custodia o a ser recordada únicamente por el peor momento de su vida.
Queremos que hablen, pero esperamos que lo hagan sin incomodarnos demasiado…
En Massachusetts, el juicio contra Lindsay Clancy ha puesto la salud mental materna en un territorio todavía más complejo. El 24 de enero de 2023, Clancy mató a sus tres hijos: Cora, de cinco años; Dawson, de tres; y Callan, de ocho meses, después intentó suicidarse y quedó paralizada. Sus hijos tienen nombres y fueron víctimas de un acto irreparable. Ninguna conversación sobre la salud mental de su madre debería borrarlos ni convertirlos en una nota al margen. Sin embargo, la defensa sostiene que Lindsay atravesaba una psicosis posparto, que escuchaba voces y que no podía comprender plenamente sus actos. La fiscalía disputa esa versión, los especialistas reconocen la presencia de depresión y ansiedad, pero afirman que no existía psicosis y que ella sabía que estaba haciendo algo incorrecto. Al momento de escribir estas líneas, el juicio continúa y todavía no hay un veredicto.
No me corresponde diagnosticarla ni resolver desde una columna aquello que un jurado escucha acompañado de pruebas, testimonios y peritajes. Tampoco me interesa convertirla exclusivamente en víctima o utilizar una enfermedad como una explicación que borre su responsabilidad, pero negarnos a hablar de la psicosis posparto por miedo a que parezca una justificación también tiene consecuencias.
La depresión posparto y la psicosis posparto no son lo mismo. La primera puede aparecer en forma de tristeza profunda, ansiedad, agotamiento, desesperanza, culpa, aislamiento o dificultad para realizar actividades cotidianas. La segunda es mucho menos frecuente y puede provocar delirios, alucinaciones, paranoia, confusión y pérdida del contacto con la realidad, es una emergencia psiquiátrica que requiere atención inmediata.
Confundirlas refuerza la idea falsa de que una mujer con depresión posparto representa un peligro para sus hijos e hijas. Esa asociación aumenta el miedo, el silencio y el estigma. La enorme mayoría de las mujeres que atraviesan depresión posparto no daña a sus criaturas. Necesitan atención, no sospecha. La precisión también es una forma de cuidado.
El caso de Lindsay obliga a sostener más de una verdad al mismo tiempo. Cora, Dawson y Callan merecen ser nombrados y la justicia debe investigar y determinar la responsabilidad de su madre. Pero hay que nombrarlo; la psicosis posparto existe, puede presentarse como una emergencia grave y necesita ser reconocida antes de que una sala judicial intente reconstruir, años después, lo que ocurrió dentro de la mente de una mujer.
Hablar de las condiciones que preceden a una tragedia no equivale a justificarla, significa aceptar que la condena moral, por sí sola, no protege a ninguna niñez ni evita que algo semejante vuelva a ocurrir.
La tercera historia apareció en una pantalla.
Un hijo propio, el documental de Maite Alberdi, reconstruye el caso de Alejandra Marín, una mujer mexicana que atravesó varias pérdidas gestacionales, fingió un embarazo durante meses y, en 2009, sustrajo a una bebé recién nacida del Hospital General de México. La bebé fue recuperada y Alejandra recibió una sentencia de más de catorce años de prisión. Aquí también hay una víctima cuyo dolor no puede quedar escondido detrás del intento de comprender a quien cometió el delito. La presión social, la pérdida o el sufrimiento emocional no sustrajeron a la bebé. Alejandra lo hizo. Sin embargo, el documental coloca sobre la mesa una pregunta que el relato policial había dejado fuera: ¿qué puede llevar a una mujer a construir durante meses una mentira de esas dimensiones y a sostenerla incluso cuando empieza a destruir su vida?
Alejandra había perdido embarazos. A su alrededor, la maternidad aparecía como destino, validación y prueba de que era una mujer completa, la familia esperaba una criatura, su matrimonio parecía descansar sobre esa promesa. Nadie supo, quiso o pudo acompañar todo lo que estaba ocurriendo detrás del vientre que ella fingía. Preguntarnos por ese contexto no cancela el delito. Permite mirar el terreno sobre el que fue creciendo.
Existe una violencia que parece pequeña porque se repite todos los días. Vive en las preguntas insistentes sobre cuándo tendrá hijos una mujer, en la lástima dirigida hacia quien no puede concebir, en la sospecha sobre quién no desea hacerlo, en la idea de que una pareja sin descendencia está incompleta y de que una pérdida gestacional debe superarse en silencio para intentar de nuevo cuanto antes. También aparece en el mandato que comienza después del nacimiento: ya eres madre, ahora tienes que sentirte feliz.
En México, la Secretaría de Salud estima que 2 de cada 10 mujeres presentan depresión durante el embarazo o durante el primer año posterior al parto. 3 de cada 4 no reciben diagnóstico ni tratamiento. La cifra por sí sola debería bastar para tratar la salud mental materna como un asunto de salud pública y no como una fragilidad privada.
La Norma Oficial Mexicana para la atención durante el embarazo, parto y puerperio establece que el personal de salud debe identificar señales de depresión y de otros trastornos relacionados con la salud mental. La obligación está escrita, pero la experiencia de muchas mujeres sigue contando otra historia.
Detectar no consiste únicamente en entregar un cuestionario, marcar una casilla o preguntar rápidamente si todo está bien mientras la puerta del consultorio permanece abierta. Requiere tiempo, privacidad, personal capacitado, rutas claras de atención y seguimiento. Implica reconocer que la salud mental perinatal también está atravesada por el sueño interrumpido, las condiciones económicas, la violencia, la falta de red, la desigualdad en los cuidados, los antecedentes de salud mental, las experiencias del parto y los duelos gestacionales.
La biología, la historia personal y las condiciones materiales conviven dentro del mismo cuerpo. Reducirlo todo a las hormonas es tan insuficiente como suponer que una red amorosa puede sustituir la atención profesional.
Nuestra imagen de la buena madre tampoco ayuda…
La buena madre puede decir que está cansada, siempre que después asegure que todo vale la pena, confesar que tuvo un día difícil, siempre que lo cierre con gratitud, pedir ayuda, siempre que no altere demasiado la vida de nadie, llorar, pero no tanto, extrañar quién era antes, aunque debe aclarar inmediatamente que ama a sus hijos por encima de todo.
Le permitimos cierto margen de fragilidad mientras siga pareciendo funcional, pero fuera de ese límite aparecen palabras como egoísta, exagerada, inestable, desagradecida o mala madre. Bajo esas condiciones, callar puede convertirse en una estrategia para sobrevivir al juicio. De hecho, muchas mujeres aprenden a responder “bien” antes de preguntarse qué sienten realmente.
Por eso la salud mental materna no puede descansar solamente sobre la capacidad individual de pedir ayuda. Hay momentos en los que una mujer no reconoce lo que le ocurre, no encuentra palabras para explicarlo o teme las consecuencias de pronunciarlas. El cuidado también tendría que consistir en observar sin invadir, preguntar sin interrogar y actuar sin esperar a que quien está sufriendo organice además la respuesta para salvarse.
Hace falta tamizaje durante el embarazo y seguimiento más allá de las primeras semanas después del parto, personal de salud capaz de distinguir una depresión, un trastorno de ansiedad, pensamientos intrusivos y una emergencia psicótica, atención digna después de una pérdida gestacional. Licencias suficientes, corresponsabilidad en los cuidados, redes comunitarias y servicios accesibles que no dependan del dinero, el lugar de residencia o la fortuna de tener una familia disponible.
Las redes familiares importan, por supuesto, a veces sostienen aquello que las instituciones abandonan, pero no deberían cargar solas con una responsabilidad que también corresponde al sistema de salud, a los espacios laborales y al Estado.
Cuando miro a mi hermana no veo un diagnóstico ni una tragedia esperando ocurrir. Veo a una mujer aprendiendo a reconocer a su hija y a reconocerse dentro de una vida nueva. No quiero convertir el amor en vigilancia, quiero estar disponible preguntarle cómo está y quedarme cerca para escuchar algo más que la respuesta automática, cargar a la bebé para que pueda comer, acompañarla sin llenar el silencio de consejos, recordarle que no necesita demostrar fortaleza para merecer cuidado.
Mi sobrina cumplió dos meses. El mundo la mira, como debe ser. Yo también la miro y me conmueve cada gesto diminuto, cada sonido, cada manera nueva de ocupar nuestros brazos y nuestra familia.
Después muevo un poco la mirada y vuelvo a encontrar a mi hermana.
Quiero mantenerlas a las dos dentro del cuadro.
Tal vez llegar a tiempo empieza ahí: en negarnos a permitir que una madre desaparezca mientras todas las personas a su alrededor celebran un nacimiento, en construir espacios donde decir “no estoy bien” encuentre atención antes que juicio y escuchar el dolor cuando todavía habla en voz baja, sin exigirle que se convierta en escándalo, delito o muerte para considerarlo verdadero.
La salud mental materna no debería importarnos solamente después de que algo se rompe.
Para entonces, ya llegamos tarde.


