Una vida vivible

En Pie de Paz

Por Gabriela Hernández Ruiz* / @gabshdzruiz  @conversaccion_gabs (IG)

Una vida no es vivible si el mundo es inhabitable. 

Judith Butler

Septiembre es el mes en el que se conmemora el Día Internacional de la Paz y también está dedicado a la prevención del suicidio. En este contexto,  la frase de Butler resuena de manera especialmente pertinentemente para cuestionarnos sobre el tipo de vida que estamos construyendo y los impactos que los modelos imperantes tienen en la salud mental de las personas. 

Hay dolores que no nacen en el interior de las personas, sino que tienen domicilio postal.  Estudios sobre las conductas suicidas y su vinculación con las condiciones sociales y ambientales reflejan que el suicidio no es únicamente un fenómeno individual o biológico, sino resultado de complejas interacciones con el entorno socioeconómico. Las condiciones de vulneración económica, la conflictividad en relaciones familiares y comunitarias e incluso las condiciones climáticas, el diseño urbano, el acceso a la infraestructura de salud pública e incluso el entorno informativo representan factores de riesgos específicos, particularmente para América, en donde la OMS ha registrado incremento en las tasas de suicidios, tragedia que afecta no sólo a las personas, sino también a sus familias y vínculos cercanos, con tasas que se concentran en hombres adultos de 30 a 44 años y en jóvenes de 15 a 29 años. 

La precarización de la vida, sumada a narrativas tendientes a la individualización del cuidado, puede hacernos interpretar el sufrimiento como un fracaso personal, cuando la mirada debería ampliarse para observar las condiciones que habitamos. Se habla ya de la urgencia de transitar los modelos centrados exclusivamente en la atención institucional y biomédica hacia otros que incluyan la construcción de redes comunitarias centradas en las personas y en la garantía de sus derechos humanos vinculándose con pilares como son la vivienda, educación, empleo y protección social.  

De ahí que resulte esperanzadoras propuestas como la de Friendship Bench en Zimbabwe o el Listening Lab de Nueva York, en los cuales se fortalecen las capacidades de las personas de las propias comunidades para ofrecer un espacio de escucha y conversaciones estructuradas en bancas o espacios públicos de fácil acceso. También resulta valiosa la iniciativa local de Psicobarrio, propuesta que busca acercar la salud mental a la vida cotidiana desde una perspectiva comunitaria y crítica, desarrollando proyectos que fortalecen pertenencia, vínculos y bienestar emocional desde los propios barrios. 

En este mismo sentido, resulta relevante la dimensión ética que aporta la filósofa italo-australiana Rosi Braidotti al darle lugar a la vulnerabilidad compartida entre los seres humanos y el mundo no humano, dando lugar a que, frente a las amenazas que ponen en riesgo la vida, se active la construcción de alianzas comunitarias transversales basadas en la resistencia y la solidaridad local, en donde la imaginación activa permite generar otras narrativas que antes parecieran imposibles, sustituyendo el miedo por el deseo de un futuro compartido. Lo anterior resuena también con la “Imaginación Moral” de Lederach, que plantea que construir paz requiere la capacidad de imaginar algo que todavía no existe, haciéndolo sin desconectarnos de la complejidad de las relaciones reales. 

También me parece necesario incorporar la mirada de Yayo Herrero, quien desde el econfeminismo cuestiona la fantasía neoliberal del individuo autónomo y nos recuerda que somos interdependientes y ecodependiente, por lo que dependemos de condiciones materiales, ambientales y relacionales para sostener la vida, lo que amplía la narrativa tradicional de “pedir ayuda” llevándonos hacia la pregunta ¿estamos construyendo comunidades donde sea posible pedir y recibir ayuda?

Sabiendo que la paz no es solamente la ausencia de violencias directas, sino que requiere de la existencia de condiciones de justicia, dignidad, participación y cuidado que permiten sostener la vida, entendemos que prevenir el suicidio es otra forma de construir paz.

Tal vez septiembre amarillo pueda servirnos para algo más que recordarnos que debemos hablar sobre el suicidio, poniendo fuerza en que sostener la vida es una responsabilidad colectiva y que hoy más que nunca es urgente hacer frente a una cultura que insiste en convertirnos en individuos autosuficientes, productivos y consumidores. 

Quizá comience a invitarnos a colaborar todos los días para hacer habitable el mundo, construyendo comunidades, instituciones y relaciones capaces de generar y cuidar espacios en los que habitar la vida pueda sea una experiencia gozosa.

*Diseñadora de experiencias para conectar con nuestra humanidad compartida y generar entornos de paz.

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"Es una columna que busca colocar en el debate público la relevancia de la cultura y la educación para la paz. Esta columna es escrita en colaboración con las y los integrantes del Centro de Estudios para la Paz (Cepaz) del Instituto de Justicia Alternativa del Estado de Jalisco”.

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