En Pie de Paz
Por Francisco Javier Lozano Martínez / francisco.lozano@academicos.
Cada 21 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Paz. Para algunas personas esta puede parecer una de esas fechas que aparecen en el calendario, se mencionan durante un día y después desaparecen entre tantas otras preocupaciones. Pero siempre vale la pena detenernos un poco más en ella, para pensar y hablar de paz. La conmemoración nos da la razón perfecta para eso.
Hablar de paz en un país como México no debería ser un mero ejercicio de buenos deseos. La palabra paz adquiere otro significado cuando vivimos en una sociedad donde la violencia forma parte de las conversaciones cotidianas, las noticias del día o las experiencias cercanas. Cuando conocemos a alguien que ha sido víctima de un delito, o cuando sale un nuevo reel de una familia que busca a una persona desaparecida, o cuando vemos que una comunidad modifica sus prácticas o celebraciones públicas por miedo al crimen, o cuando atestiguamos a través de los medios que demasiadas zonas del país viven bajo condiciones particularmente complejas y de una atroz violencia, hablar de paz deja de ser una idea, un concepto o un anhelo. Se convierte en una necesidad.
Por eso me parece relevante que exista un día dedicado a la paz, cuando normalmente las agendas suelen estar ocupadas por lo urgente o lo pasajero. Hablamos de los hechos violentos cuando ocurren, de las cifras cuando se publican, de las decisiones de los gobiernos cuando generan polémica. Es lo común en la mesa con los amigos, cualquier clase de política en el aula o una reunión con los colegas. Pero la paz, en cambio, suele recibir mucha menos atención porque no siempre produce noticias o reels virales. Pero es cierto que la paz necesita ser pensada, discutida y construida más allá de lo que las agendas mediáticas, o incluso el algoritmo, proponen.
Además, habría que preguntarnos qué entendemos cuando decimos “paz”, porque a veces la imaginamos simplemente como el momento en que dejan de ocurrir enfrentamientos. Que logramos algo de paz porque superamos o eludimos el conflicto, o porque ignoramos otras dimensiones de la realidad. Pero una sociedad puede tener relativamente “pocos conflictos visibles” (aunque en México tenemos grandes y muy visibles) y, al mismo tiempo, mantener profundas desigualdades, exclusiones, abusos o condiciones que generan nuevas formas de violencia. Ahí ni todos los medios observan, ni todos hablan al respecto, ni es tan popular evocarlo. Pero lo cierto es que allí hay muchas violencias.
Es verdad que la paz tiene que ver también con la manera en que resolvemos nuestras diferencias. Hoy hablamos de los medios alternativos para solucionar los conflictos, con la posibilidad de acudir a instituciones o instancias que funcionen. Relacionamos la cultura de paz con la confianza, con la justicia, con la participación de las personas y con la capacidad de una comunidad para enfrentar sus conflictos sin que la violencia termine convirtiéndose en la respuesta habitual.
Y todo esto es importante para nuestra sociedad y la manera en que administramos la paz, la prevención o la solución de conflictos. Pero también es verdad que no podemos hablar de paz ignorando la violencia que atraviesa distintas regiones y comunidades del país. Los homicidios, las desapariciones, la violencia contra las mujeres, el desplazamiento, la presencia de grupos criminales y otros problemas relacionados con la inseguridad que forman parte de una realidad demasiado concreta para miles y miles de personas.
El panorama es complejo, pero justo por eso necesitamos hablar de paz con más intención en todos los espacios posibles. Y pudiera parecer contradictorio, pero un país que enfrenta altos niveles de violencia necesita discutir con mayor seriedad cómo construir paz. No para ocultar el problema, suavizarlo o sustituir las demandas de justicia. Hoy vemos que los gobiernos tienden a esto cuando frente al gran problema de las violencias, esconden parte de la realidad en aras de la legitimidad. Les da miedo hablar con la verdad por temor a los próximos resultados en las urnas o por el escrutinio descalificador de la ciudadanía o de otras sociedades.
Pero esconder o minimizar la realidad jamás será la vía para afrontar el problema, al contrario. Pensar en paz implica preguntarnos qué estamos demandando o haciendo antes de que aparezcan las violencias, cómo respondemos cuando ocurre y qué condiciones necesitamos construir para que determinados conflictos no terminen produciendo nuevas víctimas o más violencias. El círculo parece interminable. ¿Cuánto más tenemos que hablar, investigar, confrontar o debatir al respecto? No hay respuesta a esa pregunta en realidad, es retórica. Pero desde donde escribo aparece una pregunta que considero especialmente importante: ¿vale la pena hablar de paz en las universidades? Creo que sí. Y no solamente porque las universidades tengan la obligación de recordar determinadas fechas internacionales. Hay algo más profundo en ese asunto.
Como vivo gran parte de mi profesión en las aulas, donde se forman muchas de las personas que posteriormente tomarán decisiones, dirigirán instituciones, diseñarán políticas públicas, trabajarán en organizaciones sociales, investigarán problemas o estarán frente a grupos y comunidades, creo que lo que aprendan sobre violencia, conflicto, seguridad, derechos humanos, justicia y convivencia puede tener consecuencias mucho después de que terminen sus estudios. Procuro y espero que tenga grandes alcances. Que en el presente los haga pensar, pero que también los confronte con lo que hacen ahora o quieren hacer en el futuro. Siempre digo a los estudiantes que estudiar la universidad pone en sus hombros una gran responsabilidad social y política, y siempre espero que eso haga eco en sus conciencias y sus decisiones profesionales futuras. Pero la realidad es que rara vez uno ve que eso propiamente tenga un efecto. Pero decirlo, hablarlo y ponerlo sobre la mesa ya lo hace que valga la pena, porque por lo general si estamos aprendiendo sobre misiones de paz, cultura de paz institucional o el análisis de las violencias en contexto, obligatoriamente nos lleva a hablar de paz en sí misma y la necesidad de buscarla y construirla.
Podemos guiar a que un estudiante de seguridad ciudadana pueda preguntarse por qué una determinada política no logra prevenir la violencia; o que una estudiante de derecho pueda interesarse por los mecanismos de justicia y reparación; o que alguien que estudia relaciones internacionales pueda analizar los procesos de construcción de paz en otros países; o que un futuro docente pueda preguntarse cómo se aprende a convivir con quienes piensan distinto; o que una potencial investigadora pueda estudiar por qué determinadas comunidades consiguen resolver conflictos de manera distinta a otras, etc. Me gusta mi profesión docente y de investigación porque siempre se abren estas posibilidades, es sumamente emocionante cada nueva generación o grupo, porque siempre está la posibilidad de encontrar al más inquieto o la más interesada en la transformación política o social. Esa búsqueda es una gran motivación. Estoy seguro que mis colegas no me dejarán mentir.
Creo que la universidad puede ser ese espacio donde estas preguntas se pueden tomar en serio. Es mejor tener muchas preguntas para experimentar un buen modelo pedagógico. Quizá es vieja escuela en los días de la inteligencia artificial, pero creo que allí existe todavía una beta que ni se agota con las nuevas tecnologías. Aunque ciertamente no ignoramos (y lo digo en plural porque lo hemos hablado entre colegas y compañeros de profesión) que las generaciones son cada vez menos críticas, que les preocupa más la inmediatez y hacer el menor esfuerzo posible por pasar sus estudios y conseguir buenos empleos. Pero en esto también entra el rol de la investigación académica, porque investigar la paz no significa escribir solamente sobre valores, buenos deseos o convivencia. Significa estudiar la realidad, y cuando los estudiantes aceptan seriamente ese desafío, es increíble el alcance. Lo hemos visto en algunos estudiantes inquietos y con grandes aspiraciones profesionales (nuevamente hablo en plural).
La investigación nos lleva a buscar, analizar e interpretar qué está provocando los conflictos y la violencia, qué políticas funcionan, cuáles fracasan, qué instituciones tienen capacidad para intervenir, cómo participan las comunidades y qué experiencias pueden ofrecer aprendizajes para otros contextos. Creo que en un país como México hace falta mucho de eso, y creo también que en la universidad tenemos la libertad, los recursos y las herramientas posibles para seguirlo haciendo, motivando a nuevas generaciones enseñándoles que la investigación también puede ser una vía de desarrollo profesional. Nuestro país requiere seguir apostándole a invertir con seriedad en la educación, la investigación y el desarrollo de la ciencia.
Desde allí, también hace falta recuperar una idea sencilla en relación al tema de la paz como centro de esta reflexión: la paz se construye, no llega sola. No depende únicamente de que las personas tengan buenas intenciones. Requiere instituciones, políticas públicas, educación, participación ciudadana, justicia, oportunidades y comunidades capaces de enfrentar problemas serios. Requiere también reconocer que los conflictos forman parte de la vida social y que el verdadero desafío está en encontrar maneras de procesarlos sin que terminen en violencia. Por eso creo que el Día Internacional de la Paz puede tener un lugar en nuestras agendas. No como una fecha decorativa ni como una oportunidad para publicar una frase bonita en redes sociales. Puede servir para detenernos un momento y preguntarnos qué estamos haciendo, desde nuestro propio espacio, para comprender y enfrentar la violencia que nos rodea.
En México, hablar de paz no significa cerrar los ojos frente a la violencia ni darle la vuelta al conflicto. Significa justamente lo contrario: mirarla de frente y preguntarnos qué tendría que cambiar para que vivir sin miedo deje de ser una aspiración y pueda convertirse en una experiencia cotidiana para más personas. Y creo que ahí está una de las tareas fundamentales de la universidad. Estudiar la violencia, sí. Comprender el conflicto, también. Pero atreverse a estudiar la paz, discutirla y pensar cómo construirla. Porque si queremos una sociedad distinta, necesitamos algo más que diagnosticar aquello que está mal. También necesitamos imaginar, investigar y trabajar sobre aquello que queremos construir.
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Profesor universitario. Certificado Internacional en Cultura de Paz y Gestión de Paz Vinculativa. Miembro del Cuerpo Académico UDG 1097 “Cultura de paz y participación ciudadana”. Integrante del Centro de Estudios de Paz (CEPAZ) del Instituto de Justicia Alternativa de Jalisco (IJA)


