Contra la literatura útil

La Otra Historia

Por José Baroja /@jose_baroja / @laotrahistoriamx (IG)

“Que signifie littérature utile sinon traiter les hommes en matière humaine?”
Georges Bataille

Cada cierto tiempo alguien me pregunta para qué sirve leer literatura. Muchas veces la pregunta surge dentro del salón de clases, aunque sería injusto atribuírsela únicamente a los estudiantes, porque, sinceramente, los adultos llevamos mucho tiempo haciéndonos exactamente la misma pregunta con algo más de cinismo. De ahí que, como asalariados del gremio, queramos saber qué habilidades desarrolla una novela, de qué manera la poesía mejora la comprensión lectora, cuánto aumenta el vocabulario de una persona que lee, qué relación existe entre la ficción y la empatía, e incluso hemos aprendido a defender los libros mediante estadísticas, estudios y resultados educativos capaces de demostrar que quienes leen poseen alguna ventaja frente a quienes no lo hacen. Entiendo la necesidad de esas investigaciones y conozco también las razones pedagógicas que las vuelven necesarias; sin embargo, cada vez que escucho una defensa de este tipo siento cierta comezón, como si hubiéramos sentado a la literatura ante un tribunal y le correspondiera ahora demostrar que merece seguir existiendo.

Cuando un estudiante me pregunta para qué le servirá leer una novela, un poema o cualquier otro género guardado en el maletín curricular, bien podría recurrir al repertorio habitual y explicarle que la lectura enriquecerá su lenguaje, fortalecerá su capacidad de interpretación, estimulará su pensamiento crítico o ampliará su conocimiento del mundo. Son afirmaciones razonables que, de tanto repetirse, han comenzado a parecerse a la publicidad de un suplemento alimenticio. Por eso, algunas veces prefiero admitir que desconozco qué hará dentro de él una página leída hoy, cuándo regresará una frase aparentemente olvidada o por qué una escena que en este momento apenas comprende puede acompañarlo durante veinte años. Creo que esa incertidumbre se parece mucho más a mi propia experiencia como lector.

Estoy cansado. Vivimos bajo una idea de utilidad que ha extendido sus dominios hasta espacios que durante siglos mantuvieron cierta resistencia frente a ella. Dormimos para rendir mejor, caminamos para contabilizar pasos, meditamos para aumentar nuestra concentración, aprendemos idiomas pensando en el currículo y organizamos el ocio con una disciplina que habría desconcertado a generaciones anteriores. Incluso el descanso parece obligado a justificar su existencia so pena de sentirnos culpables en caso de no hacerlo. En ese contexto, dedicar varias noches a una novela cuyo efecto no podemos anticipar adquiere algo de gesto sospechoso. La lectura lenta comienza a parecer una pérdida de tiempo y entonces acudimos, con las mejores intenciones, a demostrar que esa “pérdida” terminará produciendo alguna ganancia.

Hace años que temo que dentro de esa lógica se produce una concesión demasiado grande. Cuando aceptamos que todo debe acreditar su utilidad, la discusión ya se encuentra en un terreno que le resulta particularmente fatigoso a la literatura. Kant formuló algo relacionado con esto cuando, en la Crítica del juicio, describió la experiencia estética mediante aquella conocida formulación de una “finalidad sin fin” (Zweckmäßigkeit ohne Zweck). La formulación sigue siendo provocadora: existen experiencias cuyo valor disminuye cuando intentamos subordinarlas por completo a un propósito exterior. Una pintura puede enseñarnos algo, una obra musical puede modificar nuestro estado de ánimo y un poema puede producir conocimiento, pero ninguna de esas consecuencias agota lo ocurrido.

La literatura conoce bien ese territorio. Si alguien me preguntara qué enseñanza práctica obtuve de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, me sería difícil responder sin traicionar el libro. A lo mejor podría hablar de la memoria mexicana, del caciquismo, de la violencia rural, de las formas de poder que sobreviven a quienes las ejercieron; temas que podemos encontrar en la novela y que, ciertamente, pueden estudiarse con provecho dentro del plan de estudio. Sin embargo, sigo creyendo que Pedro Páramo comienza verdaderamente cuando Comala deja de servirnos como ejemplo de algo y se convierte en ese lugar donde los muertos continúan hablando porque nadie consiguió enterrarlos del todo. La novela permanece precisamente porque las explicaciones nunca alcanzan a cerrarla.

Me ocurre algo parecido con La amortajada, de mi querida María Luisa Bombal. Resulta posible leerla desde la condición de las mujeres, el matrimonio, el deseo, las convenciones sociales de una época; esas aproximaciones tienen fundamento teórico y permiten entrar en la obra desde ángulos diferentes. No obstante, quien haya acompañado a Ana María mientras contempla, desde su propio cadáver, a quienes se acercan a despedirla, sabe que en esa novela hay algo que se resiste a quedar reducido a una mera explicación. Bombal coloca la conciencia en un sitio desde el cual la vida ya terminó y, aun así, continúa reclamando interpretación. La muerte ilumina los afectos sin volverlos transparentes.

Me interesan cada vez menos los libros de los que podemos extraer cinco enseñanzas; qué decir de la autoayuda (aunque ese será trigo de otro costal). Cuando encuentro en las redes alguna fórmula como “las siete lecciones que nos deja tal novela”, “lo que este clásico puede enseñarnos sobre liderazgo”, “cinco ideas de Kafka para mejorar tu vida”, tengo la impresión de asistir a una pequeña operación de taxidermia. El libro queda limpio, clasificado, disponible para el consumo y finalmente inmóvil. Hemos conseguido hacer productivo a Kafka y, en el proceso, hemos dejado fuera aquello que vuelve insoportable y fascinante a El proceso: Josef K. nunca comprende del todo el orden que lo juzga; tampoco recibe una explicación que permita acomodar la experiencia dentro de una moraleja administrable.

Que una obra no tenga que justificar su existencia por sus resultados no significa que carezca de consecuencias. Esa insistencia en domesticar la literatura tiene también una dimensión política que a veces preferimos evitar. Existe una comodidad muy extendida en afirmar que la literatura debería mantenerse lejos de la política, como si los libros pudieran habitar una zona neutral, instalada fuera de la historia y de las relaciones de poder; como si escribir y leer no implicaran también decidir qué voces llegan hasta nosotros y cuáles permanecen en los márgenes. La pretensión de pureza estética suele aparecer justamente cuando una obra incomoda: cuando toca una jerarquía o altera la imagen que una comunidad conserva de sí misma. A veces basta con colocar frente al lector una experiencia que preferiría mantener fuera de su campo de visión para que esa supuesta neutralidad comience a resquebrajarse.

Para mí, la literatura es política. Esto no significa que crea que toda novela deba convertirse en un panfleto de tal o cual partido, habitual defensa de quienes se oponen a esta idea, ni que un poema tenga que presentar un programa político. Una literatura sometida a esa exigencia terminaría siendo tan pobre como aquella que se presenta a sí misma como completamente ajena a su tiempo. La cuestión es menos cómoda. Toda obra circula dentro de una sociedad determinada y emplea una lengua atravesada por la historia. Al escribir, alguien decide desde dónde habla y qué lugar concede a las voces de los demás; también deja algo fuera. Incluso la literatura que proclama su indiferencia política termina tomando parte en esa distribución. 

Jacques Rancière desarrolla en Política de la literatura una idea que me resulta especialmente fértil: la política de la literatura no depende únicamente de las opiniones políticas del escritor ni de los temas explícitos que aborda una obra; también se juega en la manera en que reorganiza lo visible, lo decible y lo pensable. Es una idea que me interesa porque permite escapar de una discusión demasiado elemental, esa que reduce la cuestión a saber de qué lado estaba un autor, qué causa respalda una novela o cuál sería su supuesto “mensaje político”. La literatura puede intervenir políticamente antes de llegar a cualquiera de esas declaraciones, sencillamente porque concede voz a quien estaba destinado al silencio o porque vuelve visible una experiencia que el orden habitual prefería mantener fuera de escena.

En América Latina esto resulta especialmente difícil de ignorar. El llano en llamas, de Rulfo, no necesita pronunciar un discurso sobre la desigualdad para que el mundo campesino mexicano aparezca marcado por la violencia y el abandono. Tampoco Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, necesita convertirse en un tratado político para hacer visible la precariedad de quienes viven en los márgenes. Encontramos en esas páginas una experiencia social que ningún informe podría sustituir. Algo semejante podemos hallar en Gabriela Mistral cuando escribe sobre la infancia y la educación, con José María Arguedas cuando intenta hacer convivir dentro del castellano una experiencia quechua que la cultura oficial había subordinado, o con Diamela Eltit cuando escribe desde los márgenes de la dictadura chilena. En cada caso, la literatura desplaza la mirada y modifica, aunque sea por un instante, el lugar desde el que escuchamos determinadas voces. No hace falta que una obra formule una consigna para que produzca ese desplazamiento.

Por eso me desconcierta la insistencia en pedirle neutralidad. Nunca exigimos la misma neutralidad a los discursos que ya coinciden con el orden establecido. Solo comenzamos a preocuparnos por la politización cuando un texto desplaza aquello que parecía natural. Antonio Gramsci, en los Cuadernos de la cárcel, entendió que la cultura forma parte de la disputa por el sentido común, por aquello que una sociedad llega a considerar evidente. Esa intuición sigue siendo incómoda porque obliga a reconocer que una novela leída en la escuela también participa, de maneras mucho menos controlables que un manual, en la formación de una sensibilidad. La escuela ocupa entonces un lugar delicado. Durante años he visto cómo la literatura escolar corre el riesgo de quedar atrapada entre dos formas de empobrecimiento. Por un lado, el libro se convierte en objeto de evaluación: identificar personajes, reconocer figuras retóricas, distinguir narradores, memorizar datos sobre movimientos literarios. Por otro, aparece la tentación de volver cada lectura inmediatamente pertinente, cercana, actual, fácil de justificar frente al estudiante. Ambas operaciones pueden terminar neutralizando aquello que intentaban proteger: la posibilidad de que un texto produzca una experiencia que no sabemos de antemano cómo evaluar ni para qué sirve.

Pienso que la escuela debería conservar para los estudiantes el derecho a encontrarse con libros difíciles, extraños e incluso irritantes. No todo texto tiene que reflejar la experiencia inmediata de los estudiantes. Leer también significa atravesar una distancia. Un adolescente mexicano puede entrar en La amortajada sin haber vivido en el Chile de Bombal y una estudiante chilena puede recorrer Comala sin haber conocido el México rural de Rulfo. En esa distancia ocurre algo fundamental: el mundo propio deja de presentarse como la única medida disponible. Esto supone asumir también que algunos libros disgustarán. Durante mucho tiempo, la educación literaria ha intentado resolver esa carga mediante contextualizaciones que, aun siendo necesarias, pueden convertirse en una forma de anestesia que termina en un examen. Explicamos la época, aclaramos las referencias, proporcionamos las claves necesarias y, sin darnos cuenta, terminamos entregando al estudiante una obra que ya viene interpretada. Prefiero que algunas preguntas permanezcan abiertas, que una lectura produzca desacuerdo, incluso rechazo, siempre que exista el espacio para discutirlo con rigor.

Paulo Freire, a quien suelo recurrir como autor de cabecera, insistió en La importancia de leer y el proceso de liberación en que la lectura de la palabra está vinculada con la lectura del mundo. La frase ha sido repetida tantas veces en educación que corre el riesgo de perder su filo. Leída con atención, conserva una exigencia bastante radical: leer nunca consiste únicamente en descifrar signos, porque toda lectura ocurre desde una posición en el mundo y puede modificar la manera en que ese mundo se vuelve inteligible. Desde ahí se entiende mejor por qué ciertos sectores reaccionan con tanta intensidad ante determinados libros dentro de las escuelas. Si la literatura fuera verdaderamente inocua, nadie se preocuparía demasiado por prohibirla o incluso vigilarla. La contradicción aparece entonces con bastante claridad. Se nos dice con frecuencia que los jóvenes leen poco y que, por eso, debemos fomentar el hábito lector. Sin embargo, cuando un libro introduce preguntas incómodas sobre el poder, el género, la pobreza o la memoria, aparece de inmediato el deseo de controlar esa lectura. Queremos lectores siempre que la lectura no produzca demasiadas preguntas.

Georges Bataille llevó la discusión sobre la utilidad por otro camino. En La parte maldita pensó las sociedades a partir del gasto y de las formas de energía que escapan a la lógica productiva; en La literatura y el mal reflexionó sobre escritores para quienes la literatura tocaba regiones incompatibles con una función social respetable y bien definida. Reconozco algo en esa intuición que sigo encontrando fértil: una cultura que únicamente sabe justificar aquello que puede traducirse en resultados cuantificables termina volviéndose incapaz de comprender el despilfarro. Como diría una tía poco dada a la literatura, esta está llena de despilfarro: horas dedicadas a personajes inexistentes; días empleados en acontecimientos que jamás sucedieron; semanas enteras escogiendo palabras para producir una frase cuya necesidad práctica resulta perfectamente discutible. Y yo aplaudo todo eso.

Lo reconozco también desde la escritura. Escribir ficción implica aceptar durante mucho tiempo que uno trabaja en algo cuyo destino desconoce: una frase puede ser eliminada, un cuento puede terminar olvidado en una carpeta o en el papelero, un libro puede encontrar pocos lectores o, si la suerte o el amiguismo acompañan, convertirse en un best seller. Hay una parte de esa experiencia que permanece fuera de cualquier cálculo razonable. De ahí que me inquiete cierta transformación del escritor en productor de contenidos, una expresión aparentemente inofensiva que introduce de inmediato otra lógica: el contenido debe circular y atraer atención, competir por ella y demostrar rápidamente por qué merece unos minutos de nuestra vida. Una novela puede demorarse cien páginas antes de revelarnos siquiera cuál era la pregunta que estaba formulando. El cuento, en cambio, puede ocupar apenas unas páginas y tardar años en decirnos qué hizo con nosotros. Por eso aún elijo el cuento.

En The Space of Literature, Maurice Blanchot escribió páginas difíciles, en ocasiones exasperantes, acerca de esa región extraña donde la obra se desprende incluso de las intenciones de quien la escribió. La idea contradice una de nuestras fantasías contemporáneas más persistentes: creer que todo texto debe poder explicarse mediante su objetivo. Preguntamos qué quiso decir el autor, buscamos el mensaje del cuento, la enseñanza del poema o su lugar dentro de la historia, como si detrás de cada obra existiera una oficina encargada de redactar su propósito general. La literatura suele tener una relación mucho menos disciplinada con las intenciones.

Esto también debería importar en la escuela. Enseñar literatura exige algo más que transmitir un canon o despertar el gusto por la lectura. Supone introducir a los estudiantes en una tradición de preguntas que muchas veces contradice las respuestas tranquilizadoras de la época. Una buena clase de literatura puede convertirse en uno de los pocos lugares donde un joven encuentre una voz que no intenta venderle nada ni ofrecerle una recompensa inmediata. También puede ser el lugar donde descubra que una sociedad nunca habla con una sola voz.

Nietzsche, en Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida, cuestionó una cultura saturada de conocimiento histórico cuando ese conocimiento había perdido su relación con la existencia. El título mismo conserva una tensión importante: algo considerado valioso puede volverse estéril cuando se transforma en acumulación. Con la literatura ocurre algo parecido cuando la enseñanza se limita a la información cultural. Saber quién fue Rulfo o en qué año nació Gabriela Mistral, reconocer las características del realismo mágico o memorizar las vanguardias latinoamericanas puede ser útil para una evaluación y, al mismo tiempo, dejar intacta nuestra relación con los libros. Por supuesto, también me resisto a una defensa demasiado edificante de la lectura: los libros no vuelven automáticamente mejores a las personas. George Steiner exploró con particular crudeza esa contradicción en En el castillo de Barba Azul, cuando se preguntó cómo la alta cultura europea pudo convivir con la barbarie. Haber leído a Goethe jamás constituyó una vacuna contra Auschwitz. Conviene recordarlo cada vez que atribuimos a la literatura virtudes morales automáticas, porque de otro modo terminamos convirtiéndola en una especie de catecismo secular.

Leer puede perturbarnos, confirmar prejuicios, producir placer, aburrirnos o abrir una pregunta que después no sabemos cerrar. A veces un libro cambia una vida; muchas otras apenas acompaña una tarde. No encuentro ninguna indignidad en eso. Hemos terminado exigiendo tanto a la literatura que parece insuficiente decir que una novela merece ser leída porque está extraordinariamente escrita o porque durante unas horas nos permitió habitar una conciencia ajena. En La utilidad de lo inútil, libro que leímos en la escuela para una prueba, Ordine reunió una defensa apasionada de saberes y obras amenazados por una concepción mercantil de la existencia. Comparto buena parte de aquel impulso, aunque la expresión misma encierra una dificultad: todavía parece obligarnos a demostrar que lo inútil posee, en alguna dimensión secreta, una utilidad superior. A mí me interesa admitir que ciertas experiencias pueden carecer de rentabilidad o de aplicación inmediata sin necesidad de someterlas después a una rehabilitación.

Cuando pienso en los libros que me han acompañado durante años, rara vez recuerdo qué aprendí exactamente de ellos. Recuerdo una atmósfera, una incomodidad, una frase, la sensación de haber entrado durante unas horas en una conciencia que no era la mía. Igualmente recuerdo libros que en su momento creí no comprender y que mucho después comenzaron a decirme algo distinto. La lectura trabaja a destiempo. Esa temporalidad resulta difícil de aceptar en una educación obsesionada con los resultados inmediatos, porque nadie puede introducirla limpiamente en una rúbrica de Consejo Técnico Escolar.

Sigo colocando libros frente a mis estudiantes aun sabiendo que algunos los olvidarán, muchos no los leerán y otros recurrirán a ChatGPT por un resumen. No puedo garantizar qué hará una novela con aquellos que sí la lean y tampoco me interesa convertir esa incertidumbre en una deficiencia pedagógica. Aún existe algo profundamente educativo en entregar una obra cuya recepción no controlamos del todo, en permitir que el estudiante discuta con ella, que la contradiga, que incluso la rechace después de haberla leído con atención. Cuando alguien vuelva a preguntarme para qué sirve la literatura, podré hablar de lenguaje, memoria, imaginación o pensamiento, aunque sé que ninguna de esas palabras resolverá la cuestión. Sigo leyendo porque muchos libros hicieron conmigo cosas que no supe reconocer cuando los terminé. Algunos llegaron tarde; otros todavía no sé qué hicieron o qué harán. En una época que pretende convertir casi cada minuto de la existencia en inversión, rendimiento o dato, sentarme a leer una novela continúa siendo una manera de sustraer unas horas de ese cálculo. No tengo mucho interés en demostrar que esas horas serán recuperadas después.

REFERENCIAS

Bataille, Georges. «La littérature est-elle utile?». En Œuvres complètes, t. XI: Articles I, 1944–1949. París: Gallimard, 1988.

Bataille, Georges. La literatura y el mal. Trad. Lourdes Ortiz. Madrid: Nortesur, 2010.

Bataille, Georges. La parte maldita. Trad. Julián Fava y Lucía Ana Belloro. Buenos Aires: Las Cuarenta, 2007. 

Blanchot, Maurice. The Space of Literature. Trad. Ann Smock. Lincoln: University of Nebraska Press, 1982.

Freire, Paulo. La importancia de leer y el proceso de liberación. México: Siglo XXI Editores, 1984.

Gramsci, Antonio. Cuadernos de la cárcel. Edición crítica de Valentino Gerratana; trad. Ana María Palos. México: Ediciones Era y Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 1999. 

Kant, Immanuel. Crítica del juicio. Traducción de Manuel García Morente; edición de Juan José García Norro y Rogelio Rovira. Madrid: Tecnos, 2007.

Nietzsche, Friedrich. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Edición, traducción y notas de Germán Cano. Madrid: Biblioteca Nueva, 1999. 

Ordine, Nuccio. La utilidad de lo inútil. Manifiesto. Trad. Jordi Bayod Brau. Barcelona: Acantilado, 2013.

Rancière, Jacques. Politique de la littérature. París: Galilée, 2007.

Steiner, George. En el castillo de Barba Azul: aproximación a un nuevo concepto de cultura. Trad. Alberto Luis Bixio. Barcelona: Gedisa, 2020.

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