Lo inmarcesible de mi vida:

Habitar

Por Paola Mercado Antillón /  @clinica_de_la_palabra

Escribir es un acto donde lo personal y lo político está jugándose, en todo momento. Así que esta entrada será sobre el tiempo, el duelo de los años y el cuerpo. Mi cuerpa, como dicen mis queridas amigas y compañeras feministas, y la insoportable levedad del ser, al estilo de Milán Kundera. Porque esta entrada tiene que ver con los cambios, pero también con lo que permanece, lo inmarcesible. 

¿Existe algo que no se pueda marchitar en el trascurso de los años? 

Tenemos la idea que el tiempo siempre desgasta, que el tiempo desintegra, incluso que el tiempo puede “curar”, como quitar algo (dolores, heridas, traumas). No es así… a veces somos muy ingenuos como humanidad, pero parece que tomamos al tiempo como esa promesa de muerte, algo definitivamente va a morir en el tiempo. 

Es cierto, pero ¿qué otras cosas puede hacer el tiempo, que no sea solo poner la muerte en primer plano?

Tengo el recuerdo de mi abuela que siempre mintió sobre su edad, no le gustaba que le preguntaran su edad y siempre se quitaba algunos años. Cuando cumplió 80 le pregunté, ¿Cómo te sientes Tita por cumplir 80 años?, ella me dijo, no pensé que iba a vivir tanto tiempo. El asombro de su cara aún lo tengo presente. Hoy mi abuela tiene 91 años, vive con demencia, ya no se acuerda de mí, ni de muchas cosas de su vida. Es otra. 

Yo estoy por cumplir 37 años. ¿En qué momento estoy sintiéndome envejecer? Nunca he tenido problemas con que me digan señora, incluso es un sustantivo que me gusta. Cuando estoy con mis hijos siempre me dicen señora, cuando estoy en la calle, sin ellos, pocas veces. Considero que ese efecto es porque creemos que la maternidad es un acto de señoras, de la vida de las mujeres: con ese acto, se pasa a ser señoras, sin importar si tienes 15 o 30 años. 

Veo mi cuerpo diferente, mi metabolismo ya no es el mismo, mi cara está cambiando, me reconozco en ella, pero algo parece nuevo. No es la misma que hace algunos años, se asoman más las arrugas, estoy en la espera de mis primeras canas. A veces me pongo en el espejo y caigo un poco en juzgar mis cambios corporales.  No es algo que pueda parar, mi cuerpo está cambiando. Y va a seguir cambiando. Tengo que estar advertida de no ser dura con mi propio cuerpo, de ser lo más tierna posible con mis cambios…

La fantasía del cuando seas grande

En el consultorio escucho a mis pacientes que están en los 20s preocupadas y preocupados por los 30s. Hacer ese brinco de los 20s a los 30s, parece un acto donde las fantasías del cuando sea grande se quiebra, ¿ya se es grande?, ¿a qué edad somos grandes, aquello que se dice adulto?, ¿en qué momento la vida se resolvió? Esa fantasía del cuando seas grande serás alguien que te de un feliz desarrollo de tu personaje y un fin. Felices para siempre, nos aferramos a esa idea como si no hubiera de otra. 

La pregunta de, ¿qué quieres ser cuando seas grande?… Me parece una pregunta tan hermosa. La niñez suele emocionarse cuando les preguntan eso, muchas veces piensan en no solo una cosa, en dos o tres. En ser policías, maestras, modelos, mamás, papás, etc.

¿Y si el cuándo seas grande nunca se termina hasta que se termina la vida?… no hablo de esa vida física, hablo del deseo de vivir la vida en nuestro tiempo. En el tiempo que nos toca en el presente. 

Pienso en esto porque por muchos momentos me he sentido atrasada, como si a mis 37 años algo me dice que tendría que estar haciendo más, siendo más. Como si existiera una edad determinada en la vida para que todo esté resuelto, listo. No hay nada más que hacer, ya se tiene o se es todo lo que se podía ser. La escena perfecta del fin…Después me detengo a pensar en esa palabra, ¿por qué me siento atrasada?, ¿será estar atrás de qué o quién?… 

No quiero sentirme atrás de nadie, ni de nada, ni de una demanda o imaginario social; quiero vivir mi existencia dándole la cara a lo que venga. Por lo tanto, quizá si me posiciono en esa pregunta, ¿qué quiero ser cuando sea grande?… la resistencia inmarcesible que puede tener esa pregunta. El porvenir tiene tanta esperanza, esa pulsión de vida que nos mueve para vivirla. Desear seguir preguntando por el porvenir de la vida…

¿Qué es lo inmarcesible de la vida?

Paradójicamente esta es la etapa donde más me he gustado. Física e intelectualmente. Esta etapa es donde más he disfrutado de mi sensualidad, de mi cuerpo, de mis espacios, de mis vínculos, de todas mis posiciones en la vida (madre, amiga, psicoanalista, hija, hermana, escritora, artesana, etc.), donde más libre me he podido sentir, como todo un ser que se inventa y que puedo definir qué soy. Una inventada. No busco gustarle a alguien, no intento parecerles inteligente, ni quiero ser la más… los años tienen esa ventaja cuando nos hacemos en el tiempo y se toman decisiones apostándose a una misma, esa ventaja y también peso… todo tiene un costo, sé perfectamente que de eso no me libraré, pero lo asumiré.

Milán Kundera escribe en La insoportable levedad del ser lo siguiente:

“No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representara su obra sin ningún tipo de ensayo. 

Pero, ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma?

Por eso la vida parece un boceto. Pero ni si quiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro”.

Kundera con su libro me hace pensar que se hace camino al andar, aunque no sepamos muy bien el fin, solo andando se hace un camino con fe.

 ¿Qué quiero ser cuando sea grande? es una pregunta en forma de metáfora, que implica inventarnos un porvenir sabiendo que se hace camino al andar, pero también al preguntarnos eso, podemos responder y seguir haciendo lo que se hace. La reafirmación del deseo. Deseo seguir practicando esta postura de vida, deseo seguir amándote, deseo seguir con esto… o cambiar por, deseo ser o hacer otra cosa de la vida. 

Así que, lo inmarcesible de la vida, para mí, es seguir preguntándonos. No tenerles miedo a las preguntas, incluso cuando muchas, lo sé, no tendrán respuesta…aún o quizá nunca. 

El poeta francés Antonin Artaud decía: “Vivir no es otra cosa que arder en preguntas”. Porque preguntarse es poder vivir en un estado de asombro, curiosidad, búsqueda y fuerza. Y en un mundo donde las certezas son casi siempre genéricas, que podamos preguntarnos es un acto de rebeldía. 

Si espero algo de vida es seguirme preguntando. Dándole cara a las respuestas… y más a las preguntas sin respuesta. Hasta que el cuerpo alcance. 

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Paola Mercado Antillón es psicoanalista, mamá, activista y directora de Maternando AC (@maternandoac / IG).

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