Romper el pacto

Oxímoron

Por Andy Hernández Camacho /@andybrauni,  coordinadora de La Mamá Cósmica / @lamamacosmica

Mi hijo tiene siete años y por las mañanas suele pedirme una manzana, pero con una condición muy específica: que no se oxide. Tengo que cortarla casi en el último momento porque no le gusta verla ponerse café y, mientras espera, suele contarme alguna cosa que acaba de descubrir, quizá sobre un país, una galaxia o alguno de esos datos que almacena con una facilidad que todavía me sorprende. Después se come los pedazos con esa concentración absoluta que tienen los niños para las cosas que durante unos minutos son todo su mundo.

Hace unos días estaba sentado frente a mí haciendo exactamente eso mientras yo leía en el teléfono una historia que llevaba horas apareciendo una y otra vez en mis redes. Era la denuncia vinculada a los 7 de Cornell y, entre todo lo que se decía alrededor del caso, había algo que no conseguía quitarme de la cabeza: la presencia de otros hombres alrededor de la violencia, la pertenencia a un grupo, los mensajes compartidos entre ellos y esa forma de complicidad que hace que una se pregunte no solamente por quien cruza un límite, sino también por quienes permanecen cerca y callan cuando eso ocurre.

Yo seguía deslizando la pantalla mientras mi hijo vigilaba que su manzana no empezara a ponerse café y, en algún momento, levanté la mirada y lo vi.

Entonces pensé que algún día mi hijo será un hombre.

La idea me incomodó, no porque lo mirara con miedo ni porque pudiera reconocer en ese niño una amenaza futura, sino porque de pronto intenté abarcar todo lo que cabe entre un niño de siete años preocupado porque su manzana se oxide y el adulto que algún día habrá aprendido determinadas formas de relacionarse con las mujeres, con otros hombres, con su propia vulnerabilidad, con el poder y con los límites. Pensé en todo lo que podré enseñarle dentro de casa y también, quizá por primera vez con tanta claridad, en todo aquello que aprenderá lejos de mí.

Hasta ahora una parte de mi tarea como mamá de un niño me había parecido más o menos evidente. Quiero que comprenda que ningún cuerpo le pertenece, que un “no” no necesita explicaciones y que querer a alguien nunca te da derecho sobre su tiempo, sus decisiones ni su cuerpo. Quiero que pueda reconocer lo que siente y encontrar palabras para expresarlo, que pueda llorar sin sentir que algo en su identidad queda amenazado por hacerlo, antes de que alguien le enseñe que la rabia es una de las pocas emociones que a los hombres se les permite mostrar sin vergüenza.

Sigo queriendo todo eso, por supuesto, pero mientras leía sobre Cornell empecé a sentir que esa lista, incluso con todas sus buenas intenciones, se quedaba corta. Porque quizá algún día el problema no sea lo que él esté dispuesto a hacer, sino aquello que esté dispuesto a permitir para seguir perteneciendo.

Tal vez por eso ya no me basta pensar que necesitamos enseñar a los niños a convertirse en hombres capaces de decir “yo nunca haría eso”. Claro que importa, pero hay otra pregunta que empieza justamente después: qué harán cuando quien lo haga sea su amigo, el compañero con el que crecieron, alguien a quien admiran o ese hombre cuya aprobación necesitan para sentirse parte del grupo.

La pregunta se quedó conmigo y después empezaron a llegar otras historias, quizá porque hay noticias que no aparecen solas, sino que abren cajones donde una había intentado guardar las anteriores. Pensé en los Porkys de Veracruz, en La Manada de Pamplona, en Gisèle Pelicot y en tantos hombres que entraron a su casa mientras ella no podía consentir. También recordé otras violencias, distintas entre sí, protagonizadas por muchachos muy jóvenes, y esos espacios donde la misoginia, el resentimiento o la crueldad pueden encontrar algo parecido a una comunidad.

No quiero hacer de todas esas historias una sola ni fingir que hablan de lo mismo. Sería injusto con quienes las han vivido y también demasiado sencillo para un problema que no lo es. Lo que me inquieta es otra cosa: cada vez que intento separarlas por el país, la edad, la clase social, la familia de origen o la forma concreta de violencia, vuelvo a encontrarme pensando en los hombres que estaban alrededor, en quienes participaron, quienes sabían, quienes se rieron, quienes prefirieron mirar a otro lado y quienes encontraron en el grupo una manera de volver tolerable aquello que quizá, a solas, habría resultado impensable.

Ahí la idea de pertenencia empieza a incomodarme de otra manera.

Porque puede llegar un día en que la pregunta para mi hijo no sea si él sería capaz de violentar a una mujer, sino qué hará si quien cruza el límite es alguien a quien quiere. Entonces decir “no” puede costarle algo muy concreto: dejar de ser invitado, convertirse en el exagerado, ser quien arruinó la broma o quien decidió contar aquello que, según los demás, debía quedarse entre ellos.

Romper el pacto rara vez se siente heroico desde adentro.

A veces quizá empiece con algo tan pequeño como no reírse cuando todos ríen, negarse a compartir una fotografía, preguntar si alguien está bien cuando los demás ya decidieron que exagera o incomodar al grupo señalando un límite que nadie más parece dispuesto a nombrar. Puede significar detener a alguien a quien se quiere y entender que la amistad no obliga a acompañarlo en todo ni a justificarlo todo.

El pacto tampoco necesita formularse en voz alta. Basta con aprender que entre hombres ciertas cosas no se cuentan, que exponer a un amigo es peor que preguntarse a quién lastimó, que la lealtad consiste en proteger al grupo incluso cuando alguien fuera de él paga el precio. Con el tiempo, no haber participado directamente puede parecer suficiente para sentirse ajeno, aunque alrededor haya habido una risa, un mensaje reenviado, un silencio o unos ojos que vieron lo necesario para intervenir.

Y entonces, casi sin querer, la pregunta vuelve a nosotras. Siempre encuentra la manera de volver…

Cuando un hombre ejerce violencia, el camino hacia su madre suele ser sorprendentemente corto. Queremos saber quién lo crio, qué le permitió, qué no vio, dónde estaba mientras él aprendía a comportarse así. La maternidad se convierte en una especie de escena del crimen a la que volvemos buscando la falla original y, sin darnos cuenta, terminamos hablando otra vez de una mujer cuando deberíamos estar preguntándonos por los actos y las decisiones de un hombre.

No quiero escapar de mi responsabilidad utilizando ese argumento. Soy mamá y mis palabras, mis silencios, la manera en que pongo límites y aquello que normalizo dentro de casa importan. Pero reconocerla no puede significar aceptar una culpa anticipada por el adulto que él será ni fingir que soy la única persona que está participando en su crianza. Porque no soy la frontera del mundo. Cada mañana hay una puerta que se abre y del otro lado empiezan todos los demás.

Mi hijo también aprende cuando observa a su papá, al abuelo, a otros hombres, cuando convive con sus compañeros de la escuela, cuando escucha una conversación que los adultos creemos que no está escuchando y cuando descubre qué comportamientos producen admiración entre otros niños. Con los años llegarán espacios que hoy todavía no conozco, otros grupos, otras pantallas, otros referentes y seguramente contenidos a los que yo no tendré acceso. Habrá personas capaces de mostrarle formas hermosas de ser hombre y habrá otras que intentarán convencerlo de que para pertenecer tiene que endurecerse, dominar, burlarse de aquello que parece vulnerable o demostrar que nunca está del lado de quien rompe el código.

Por eso no quiero que esta conversación ocurra solamente entre madres e hijos. Los hombres también están criando a los hombres, incluso cuando nunca han cambiado un pañal, preparado una lonchera o llevado a un niño de la mano a la escuela. Los crían cuando un padre muestra qué hace con su enojo, cuando un maestro decide si una humillación es solamente una broma, cuando un adolescente le dice a otro que eso no está bien y cuando un grupo elige qué conductas celebra y cuáles ya no está dispuesto a tolerar. También los crían las instituciones cuando actúan o callan, las comunidades que encuentran en internet y las personas adultas que preferimos no intervenir porque creemos que ciertas conversaciones son cosas de hombres, de adolescentes o de amigos.

Quizá ahí está lo que más me inquieta de pensar en el pacto. No quisiera que la aspiración fuera únicamente formar hombres que nunca violenten a una mujer y puedan dormir tranquilos sabiendo que ellos no fueron quienes lo hicieron. Quisiera que vivieran en comunidades donde la violencia de otro también los interpele, donde querer a un amigo no signifique protegerlo de las consecuencias de aquello que decidió hacer y donde señalar un límite no los deje fuera.

Eso implica algo más complejo que enseñar obediencia o repetir que hay hombres buenos y hombres malos. Significa preguntarnos qué herramientas necesita un niño para soportar el costo de disentir de quienes quiere, cómo aprende que cuidar a alguien también puede significar detenerlo y de qué manera construimos vínculos donde la pertenencia no dependa del silencio. Tal vez la valentía que hace falta no siempre tenga que ver con enfrentarse a un extraño, sino con ser capaz de mirar a un amigo y decirle que no, incluso cuando alrededor todos esperan otra cosa. No basta con no ejercer la violencia si para seguir siendo parte del grupo necesitamos volvernos incapaces de interrumpirla.

Mientras escribo esto vuelvo a pensar en la mesa de aquella mañana. Mi hijo tiene siete años y todavía hay algo profundamente pequeño en sus preocupaciones, una manzana que comienza a cambiar de color, un país cuya bandera acaba de aprender, alguna pregunta que aparecerá de pronto y nos llevará a hablar de otra cosa. No quiero mirar a ese niño buscando al hombre que será, como si su niñez existiera solamente en función de nuestras preocupaciones adultas. Quiero acompañar a quien tengo enfrente ahora y seguir haciendo la parte que me corresponde, sabiendo también que habrá cada vez más mundo entre él y yo.

Mañana probablemente volveré a cortarle una manzana justo antes de que se la coma y tendremos alguna conversación que nada tendrá que ver con todo esto. Yo estaré ahí, en esa escena pequeña, sabiendo que no puedo decidir por adelantado a quién encontrará ni qué hará cuando yo no esté a su lado.

Pero quizá por eso mismo la pregunta ya no puede quedarse dentro de mi casa.

Si de verdad queremos hablar de los hombres que estos niños serán algún día, tendremos que mirar también el mundo en el que están creciendo y preguntarnos qué formas de pertenencia estamos construyendo alrededor de ellos, tal vez entonces romper el pacto empiece mucho antes de que exista algo que denunciar, en los espacios donde un niño aprende que pertenecer nunca debería tener como precio su silencio, la dignidad de otra persona o la propia.

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Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicóloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Actualmente, reflexionando en tribu sobre maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados a través del proyecto La Mamá Cósmica. También es maestrante en gestión y desarrollo social.

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