En Pie de Paz
Por Luis Rodrigo Díaz Thomé *
Hay algo que me cuesta entender: protestar por la saturación en los salones de clase y terminar incendiando escuelas. Reclamar la falta de docentes mientras docentes resultan agredidos. Exigir que una voz sea escuchada mientras la violencia comienza a sustituir al argumento.
Esto está ocurriendo en Francia. Lo que comenzó con estudiantes reclamando por la falta de docentes, la saturación de las aulas, las condiciones de la infraestructura y los recursos destinados a la educación ha terminado, en algunos lugares, con escuelas incendiadas, enfrentamientos y agresiones. Hasta el momento se reportan 65 trabajadores de la educación heridos, entre ellos 40 directores.
Y entonces me surge una primera pregunta: ¿en qué momento el derecho a disentir puede terminar rompiendo aquello que pretendía transformar?
Hace 58 años, Francia vivió otro movimiento encabezado por jóvenes. El llamado Mayo francés formó parte de un 1968 que desbordó las fronteras francesas. En Estados Unidos estaban las protestas contra la guerra de Vietnam y las luchas por los derechos civiles; Checoslovaquia vivía la Primavera de Praga; México tendría su movimiento estudiantil y la represión de Tlatelolco.
Eran movimientos distintos, surgidos de circunstancias diferentes. Pero dejaron, entre otras cosas, una discusión que permanece: el derecho de las personas a cuestionar a la autoridad, protestar y disentir, sin que el conflicto tenga que convertirse en violencia.
Pero ¿en qué momento el disenso fracturó la paz?
Karl Popper planteó una conocida paradoja sobre la tolerancia. Una sociedad tolerante enfrenta un problema cuando debe decidir hasta dónde puede tolerar a quienes rechazan la propia tolerancia. El asunto es más complicado de lo que parece, porque llamar “intolerante” al otro también puede convertirse en una forma de justificar nuestra propia intolerancia.
Yo quisiera plantear el problema desde otro lado. ¿Qué sucede cuando quienes reclaman el derecho a ser escuchados dejan de escuchar? ¿Qué ocurre cuando quienes han experimentado exclusión o intolerancia terminan siendo excluyentes o intolerantes?
A esto podríamos llamarlo la intolerancia de los intolerados.
El escenario actual en Francia me lleva a pensar en esta paradoja. Por un lado, el gobierno atribuye parte de la violencia a la intervención de sectores de la izquierda radical, particularmente La France Insoumise (LFI). Por el otro, LFI rechaza esas acusaciones y cuestiona la respuesta gubernamental a las demandas de los jóvenes. Incluso los informes disponibles muestran un movimiento mucho más heterogéneo: hay estudiantes que reclaman mejores condiciones educativas y grupos que parecen acudir a las movilizaciones con otros propósitos.
Mientras tanto, escuelas han sido incendiadas, profesores y estudiantes han resultado heridos y la respuesta policial también ha sido cuestionada por las lesiones sufridas por algunos menores.
Ahora el mayo francés ni es mayo ni es francés.
Pero la contradicción permanece.
Una causa que consideramos justa, ¿convierte automáticamente en justo cualquier medio utilizado para defenderla? Y si respondemos que no, aparece otra pregunta: ¿en qué momento se fractura la paz?
Quizá la paz no se rompe cuando aparece el conflicto. El conflicto forma parte de cualquier sociedad donde existen intereses, ideas y formas de entender el mundo diferentes. La fractura puede comenzar cuando dejamos de reconocer mecanismos para procesar esas diferencias y la violencia comienza a ocupar el lugar del argumento.
Disentir no significa destruir. Tolerar tampoco significa aceptar. Y construir paz no significa renunciar al conflicto. Tal vez hemos confundido estas tres cosas.
Puedo considerar absurda una idea y reconocer el derecho de alguien a expresarla. Puedo considerar injusta una decisión y protestar contra ella. Puedo cuestionar a una autoridad sin pretender destruir aquello que representa. También puedo exigir que mi voz sea escuchada sin obligar a los demás a pensar como yo.
Una sociedad en paz necesita personas capaces de disentir. Pero también necesita que quienes disienten reconozcan el derecho de los demás a hacer exactamente lo mismo.
Porque si para hacer escuchar mi voz necesito silenciar la tuya, he dejado de reconocer en ti el mismo derecho a disentir que reclamo para mí.
Construir paz exige aprender a disentir sin destruir, sin agredir y sin silenciar.
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Luis Rodrigo Díaz Thomé: Científico social especializado en comportamiento sociopolítico actitudinal y conductual. Miembro del CEPAZ. Investigador del Centro de Investigaciones Pedagógicas y Sociales (CIPS) y de la Escuela Judicial del Supremo Tribunal de Justicia del Estado de Jalisco.


