Por Karla que pudo ser

Historias Cotidianas
Por Víctor Ulín
Ilustración de portada Facebook “Justicia para Karla”

Me pregunto cuántas vidas pudo salvar Karla a lo largo de su carrera profesional. Cuál había sido su último sueño cuando estaba estudiando lo que había querido. Cuál sus últimas palabras a sus padres, hermanos y amigos, antes  de que ya no respondiera a las llamadas. Antes de que todos conociéramos su nombre.

En la foto que comenzó a circular el día que desapareció, Karla está sonriendo. Mirando a todos, a los que no pudo conocer y que ya se saben su nombre. Que corean su nombre por las calles de Guadalajara y se paran frente a Palacio de Gobierno a pedir justicia.

Me pregunto en qué pensaba Karla cuando le tomaron la foto que se volvió icónica. Qué feliz estaba. Con su bata blanca. Con una pose de doctora que no necesitaba simular. Con sus inseparables lentes. Su franca sonrisa. Su mundo delante.

Karla ya era doctora. Bastaba su vocación. Sus ganas de hacer el bien. De estar en un hospital, día o o noche, a cualquier hora entregada a salvar vidas ajenas.

Había llegado a Guadalajara con una alegría que se quedó grabada y un sueño en su maleta. Lo venía cobijando todos los días. Procurando. Alimentando.

En Guadalajara no era una extraña, mucho menos una foránea. Hijos de la misma tierra nadie puede ser un extraño o de otro lado. Karla era una mexicana y no hubiera reparado a qué lugar debía ir si necesitaban un médico. Habría dicho yo, alzando la mano y viajando en lo que sea, a dónde sea, como lo hizo cuando llegó de Irapuato, Guanajuato, a Guadalajara, a estudiar medicina en la universidad Cuauhtémoc.

Solo nos queda su nombre. Su historia de 22 años. Un legado de convicción, de estudio, de sacrificio.

Me pregunto qué estaría diciendo Karla ahora que convocados también por su hermano Carlos, jóvenes y padres denuncian y exigen castigo para el hombre que le quitó la vida. La que nos la quitó.

Ahora que ciudadanos y los estudiantes  demandan seguridad en las inmediaciones de donde la encontraron, en un sembradío, camino a Nextipac, en Zapopan, cerca del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias (CUCBA de la Universidad de Guadalajara (UDG) que conoce el dolor de perder estudiantes. Que los ha escuchado. Que los protege.

Nada ha sido en vano. Sin Karla, los universitarios estarían más solos, más indefensos. Les dio voz, valor, para decir lo que no habían dicho ni menos pedido. Amplificó su resistencia y su exigencia de frenar los asesinatos de mujeres aquí y en todas partes.

Sin estar, sigue estando. Su nombre es hoy un estandarte. Un ejemplo. Ha trascendido la tragedia que a todos nos duele, nos hace sentir tan vulnerables, pero al mismo tiempo tan dispuestos a poner el pecho por los estudiantes, los hijos, los amigos y hasta desconocidos. Somos tan necesarios todos. Nadie sobra, nadie debe ser un extraño.

Hasta el último día de su vida, Karla fue generosa. Un ser humano sensible, amorosa.

Karla era una salvavidas nata. Solo podía salvar. Estaba hecha para salvar vidas.

Me pregunto en qué hospital se veía atendiendo al prójimo de por vida. Ayudando. Sirviendo. Sonriendo. Y no solo durante el internado que realizaba en el Hospital General de Zapopan.

Y aún así, hubiésemos preferido no conocer su nombre. Solo coincidir con ella en un hospital, o en un parque. No salir a las calles ni pedir justicia en su nombre. Solo ir un día, cualquier día, a una cita en el hospital, y preguntar por el consultorio de la doctora Karla Margarita Pérez Jiménez, y darle las gracias por sanarnos, salvarnos.

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