En menos de un mes, las escuelas de educación básica en México deberán restringir el uso de teléfonos celulares, dispositivos inteligentes y electrónicos personales durante toda la jornada escolar. Para docentes y familias, la medida puede favorecer el aprendizaje y la convivencia, pero el reto será acompañar a niñas, niños y adolescentes para que aprendan a utilizar la tecnología de manera responsable dentro y fuera de las aulas.
Por: Alondra Angel Rodriguez / @AlondraAngelRo
A partir del 3 de noviembre, las escuelas de educación básica en México deberán restringir el uso de teléfonos celulares, dispositivos inteligentes y electrónicos personales durante toda la jornada escolar. Esta medida busca promover el aprendizaje, la convivencia y el desarrollo integral de niñas, niños y adolescentes.
Sin embargo, una acción encaminada hacia un bien común implica ir más allá de la restricción: enseñar a las infancias a relacionarse de manera responsable con la tecnología, acompañarlas y definir el papel que tendrán docentes y familias en este proceso.
Monserrat España Huerta, licenciada en desarrollo educativo por parte de la Universidad de Guadalajara, menciona que la regulación del uso de teléfonos celulares en las escuelas de educación básica era necesaria y no la entiende únicamente como una prohibición, sino como una respuesta a una problemática que se ha acumulado durante años alrededor del uso de dispositivos digitales por parte de niñas, niños y adolescentes.
“Yo sí considero como una persona que estudió la mayoría de la universidad en línea, porque fue una generación a la que nos tocó ver la tecnología evolucionar a pasos agigantados En nivel básico tenemos muchos temas de problemas de aprendizaje. Creo que no es como un solo motivo, una sola causa, una sola persona o una sola regla, la verdad es que trae este consigo muchas cosas”, expresa Monserrat.
Para España Huerta, uno de los principales problemas se encuentra precisamente en la dificultad de supervisar qué hacen niñas y niños con un teléfono cuando tienen acceso libre a estos dispositivos.
“La verdad es que trae este consigo muchas cosas. El que los niños usen el teléfono en la escuela sin supervisión y ahí tenemos casos de bullying, acoso y todo ese tipo de cosas este que infringen al estar en un aula con muchos alumnos y creo que eh tenemos como un problema de baja supervisión en lo que están viendo los niños”, comenta.
La discusión sobre el uso de celulares en las escuelas también atraviesa a las familias. Para algunas madres y padres, el dispositivo representa una herramienta para mantener la comunicación con sus hijas e hijos durante la jornada escolar, especialmente cuando trabajan y necesitan saber que pueden localizarlos.
“El único beneficio que yo le veo es que muchos chicos mamá y papá trabajan y el dispositivo es la única manera que tienen de o de decirles que ya salieron de la escuela, que ya están en casa y que llegaron bien”, expresa Jazmín, madre de familia.
Alicia, otra madre de familia añade:
“Sí, sirven bastante por el hecho de que puedes investigar con mucha facilidad, pero también hay muchos libros y lugares donde puedes consultar cosas. Nosotros antes no teníamos teléfono ni tecnología y hacíamos todo eso. Siento que, así como tienen un lado bueno también tienen un lado malo”.
Lo anterior coincide con la postura de España Huerta. La docente considera que la discusión no debe reducirse a si el celular o los dispositivos electrónicos son buenos o malos, sino a las condiciones bajo las cuales se utilizan.
“Tenemos que buscar la manera de conectar con los alumnos y de hacer equipo con la tecnología. Más que cancelarla o decir que es mala realmente la tecnología es parte de nuestra vida diaria, es necesaria y es importante aprender a utilizarla”, comenta la especialista.
Según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2024, en ese año 79.7% de las personas de entre 6 y 11 años utilizó Internet y registró un promedio de 2.6 horas diarias de uso. Entre adolescentes de 12 y 17 años se llegó a 95.1%, con un promedio de 4.5 horas diarias.
Lo anterior permite dimensionar que sacar el celular de la escuela no significa sacar la tecnología de la vida de las niñas, niños y adolescentes, ya que el uso continuará en sus hogares, espacios de convivencia, videojuegos, redes sociales y otros entornos digitales.
Montserrat insiste en que retirar el celular del aula no debería significar que la escuela abandone la enseñanza relacionada con la tecnología. Al contrario, considera que el personal docente tiene la posibilidad de utilizar otras herramientas digitales para desarrollar actividades educativas.
“Tenemos muchísimas herramientas ahora los maestros para hacer el aula tecnológica y atractiva: el proyector, el Kahoot, que si los juegos, que si los vídeos, todo ese tipo de cosas a lo mejor puede ayudar a que sea más atractiva para los alumnos”, agrega.
Esta distinción aparece en el acuerdo de la SEP, aunque restringe los dispositivos personales durante la jornada escolar en educación básica, permite utilizarlos cuando exista alguna finalidad pedagógica previamente programada y bajo orientación del docente. Además, plantea acciones formativas para desarrollar capacidades que permitan a niñas, niños y adolescentes comprender los beneficios, riesgos e implicaciones del uso de tecnologías digitales.
Para la educadora, enseñar a utilizar la tecnología también implica trabajar con las familias. Considera que parte de la responsabilidad no puede trasladarse únicamente a las escuelas, pues los hábitos digitales continúan fuera de ellas.
“Creo que la regulación debería traer también un compromiso con los papás de enseñarles a los hijos, que es el respeto hasta dónde llega la libertad y como libertad de usar el celular”, comenta.
Lo anterior coincide con algunos de los sentipensares de madres y padres de familia. Isabel, madre de familia, comenta:
“Tenemos que controlarles el tiempo que usan los dispositivos, así como también estar al pendiente de lo que juegan y con quien hablan, porque, así como se necesita y puede tener muchas cosas buenas también cosas malas. Está bien que aprendan, que los sepan usar, pero también hay que tener restricciones y moderarles el tiempo en que lo usan”.
Para España Huerta, una de las dificultades está en pensar que restringir el dispositivo dentro de la escuela resolverá por sí mismo los problemas asociados con la tecnología, por lo que considera que es primordial que, más allá de una prohibición, se genere una regulación.
Bajo un contexto donde niñas, niños y adolescentes consideran internet parte de su vida cotidiana, el desafío para las escuelas no solo consiste en recuperar espacios de atención y convivencia sin pantallas, sino también en contribuir a que desarrollen herramientas para desenvolverse en los espacios digitales a los que continuarán teniendo acceso.
Una vez planteada esta restricción y después de preguntar tanto a infancias, padres de familia y personal docente, queda la pregunta: ¿y después qué?
España Huerta se mantiene firme y hace hincapié en que, más allá de una prohibición, se necesita una regulación, ya que esto significa no abandonar la tecnología, sino aprender a relacionarse con ella de otra manera:
“No es como que tengamos a los niños alejados de ella y decir ‘no, ellos no tienen que saber nada de internet, ellos no tienen que saber nada de la tecnología’. Tal vez sí, sí necesitan saber, pero con una amplia y basta regulación con una buena supervisión y con un horario”, comenta.
Si bien esta restricción pudiera sentirse como un retroceso, España Huerta no lo considera así, sino como una buena oportunidad para comenzar a educar a niñas y niños sobre el uso de las tecnologías y cómo utilizarlas a nuestro favor para el desarrollo pleno de ellas y ellos y garantizar sus derechos.
***
Únete a nuestra campaña de donaciones solidarias:


