El agua “gritando”

Historias Cotidianas

Por Víctor Ulín

Fotografía de portada Diana Morán / @diana.moraan

La señora abre la llave de su cocina, pero también puede ser la del baño o el patio, y el agua sale enturbiada o a veces negra, y en las últimas imágenes de escenas similares, con diminutas figuras retorciéndose. Parecen bebés lombrices viendo la luz del cielo por primera vez. Los metales que circulan y que quizá ya ingerimos, también no pueden verse a simple vista, como lo han revelado estudios de especialistas.
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El reportero está a cuadro mostrando lo que sale de la llave y al fondo la vecina que ha dejado de hacer hasta los quehaceres porque el agua dejó de estar transparente y ahora puede incluso matarnos a sorbos.
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El agua está tan sucia que ni la podemos usar para el excusado.
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El agua está muriendo. Es como si estuviera exhalando sus últimos gritos y ahora estén haciendo eco en las gargantas y pies de quienes han salido a marchar para exigir que el agua salga limpia, “no puerca”.  Nadie los había motivado tanto como para salir de todas partes, por voluntad propia, a concentrarse primero -antes de las otras-, en la Glorieta de La Minerva, testigo privilegiada que así estrenaba su nueva faceta más democrática, para caminar gritando “no al agua puerca” y exigiendo solución a los que hoy gobiernan. Pero que atestigua también la violencia de los uniformados contra los manifestantes que no se doblegan ni se doblegarán. Volverán a marchar.
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Antes el agua estaba a nuestras espaldas, pero la teníamos de frente todos los días: al bañarnos, lavarnos las manos, los trastes, regando las plantas y limpiando nuestros pisos, o simplemente echándole al polvo de la calle o la banqueta. Somos agua. A veces de tanto vernos nos olvidamos que somos agua. El despertar es abrupto. Abrimos el paso de la llave y sale agua negra con lo que parecen gusanos.
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Nos damos cuenta que el agua es necesaria para que la vida siga, sigamos, sin detenernos como ahora que nos sentimos impotentes viendo y escuchando cómo las autoridades prometen lo que ya fue prometido por otros: que ahora sí se atenderá el problema del agua dándole mantenimiento a la infraestructura, saneando los ríos y haciendo que las presas funcionen bien y a tiempo.
El grito del agua ha traspasado las paredes de las casas pero también el de las escuelas: la conciencia se activó cuando nos dimos cuenta que lo que estábamos viendo en los vídeos virales estaba ocurriendo ya en casa.
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El agua ha hecho salir la realidad de los móviles y nos recuerda que no hay nada que la supere: podrá ser el móvil más inteligente, pero sin agua nadie es.
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No hay nada más sagrado que el agua. Nos bautizan con agua bendita y calmamos nuestra sed con agua sin que corramos el riesgo de llenar nuestras venas con azúcar o químicos. El futuro que aún no llega y que vivirán, eso esperamos, nuestros nietos, solo es posible con agua. La especie misma en términos darwinianos salió del agua que también por supuesto nos alimenta.
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Para donde miremos está el agua. Y no la queremos puerca. La queremos sana, transparente, como debe ser. No solo porque la pagamos, -hace poco subió la tarifa-, sino porque es un derecho humano que no hay que olvidar ni aún después de que vuelva a correr por nuestro cuerpo y tierras llanas.
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Hoy quizá nos estamos entrenando para esa guerra que no queremos, pero que amenaza con llegar y de estallar en todas partes: por los recursos naturales, por esta agua que debemos salvar, defender, incluso con nuestra vida. Es por nosotros y por los que aún no nacen.
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